Otro tipo de “guerra”
Todo indica que el atroz atentado del 11 de septiembre remitió al basurero de la historia el famoso concepto del general prusiano Karl von Clausewitz: “la guerra no es mas que la continuación de la política por otros medios”. Lo que hoy debemos recordar es que las guerras del siglo XIX eran luchas entre estados. Ahora el enemigo es una red de individuos que como fantasmas se introducen en las casas por la televisión, pero que los servicios de inteligencia más avanzados no son capaces de ubicar. Como al comienzo de la crisis lo reconoció el presidente Bush, para combatir al terrorismo no bastan los bombardeos. Más útiles que los poderosos arsenales que posee Estados Unidos (EU) vendrían a ser los talentos de un Sherlock Holmes o John Le Carre.
El reto inmediato es cómo detectar y desactivar las elusivas células de fanáticos que actúan como si vivieran en la Edad de Piedra. Lo terrible es que poseen técnicas de destrucción ultramodernas. Además, para lograr un retrato fehaciente de estos grupos es más pertinente leer las novelas de Dostoevsky y Joseph Conrad que los manuales de interrogación de la Escuela de las Américas. En este sentido, EU probablemente está en desventaja ante los otros miembros de la ‘coalición”. Con todo candor los funcionarios en Washington reconocen tener menos agentes de inteligencia compenetrados en cuestiones del Oriente Medio que las antiguas potencias coloniales como Gran Bretaña y Francia, o de países vecinos a Afganistán como Rusia y Pakistán. Bush, por cierto, atinó al calificar a los ataques lanzados por los seguidores de bin Laden como “un nuevo tipo de guerra” y, de hecho, los atentados se pueden interpretar como una versión más espectacular de las guerras que hemos presenciado durante la pasada década en los Balcanes, Oriente Próximo y ¡frica. Estas guerras son diferentes de la II Guerra Mundial, y ni hablar de lo que se imaginaba von Clausevitz. Lo acertado de la réplica de Bush es que se produce a dos niveles: ataques armados contra los autores del alevoso crimen que se sospecha se encuentran albergados en Afganistán mientras EU, con el apoyo de Londres y otros aliados, teje una vasta coalición diversos países que se comprometen a coordinar sus organismos de inteligencia para colaborar eficazmente en la lucha contra el terrorismo a nivel global.
El analista alemán de política internacional Theo Sommer, considera “ampliamente justificada” la respuesta de Bush a los atentados terroristas. “Es una guerra legítima, un acto de revancha y de autodefensa, reconocido por el Consejo de Seguridad de la ONU como un legítimo acto de retribución a un ataque, apoyado por la mayoría de las naciones del mundo, inclusive la mayoría de los países islámicos,” ( semanario “Die Zeit” de Hamburgo). “Es necesario hacer toda clase de esfuerzos, incluida la acción militar, para eliminar la red Al-Qaetar y desacreditar totalmente su atractivo. Pero dichos esfuerzos no se deben equiparar a una guerra a la antigua usanza. Si no conseguimos comprender esto, nos arriesgamos a un ciclo interminable de violencia y de terror”.
La lucha contra el terrorismo es difícil de acabar y difícil de contener. Por eso Bush y su Gabinete insisten que en ésta no se vislumbran victorias claras, pero sí el peligro de muchas derrotas para los que representan los valores de la humanidad y del bienestar humano. A muchos sorprendió cómo EU respondió al ataque con un costo de más de 6,000 vidas. No fue, como anticiparon algunos, por el envío intempestivo de centenares de bombarderos para aplanar el salvaje e inconquistable paisaje montañoso de Afganistán. No obstante, los críticos abundan.
“Sin ningún análisis sistemático, sin el habitual proceso de consulta y revisión entre los departamentos del Gobierno, EU ha adoptado una política exterior completamente nueva,” comenta el analista estratégico Edward Luttwak. “Al elevar la lucha contra el terrorismo -no sólo contra los terroristas que perpetraron el atentado del 11 de septiembre- a la mayor de todas las prioridades, cambia las premisas básicas de la política exterior estadounidense. Ante todo, esta política implica la formación de una nueva alianza antiterrorista con Rusia, China e India, así como con la OTAN, Japón y otros países que colaboren”. Esta alianza de grandes potencias a favor de un orden internacional no se había visto desde mediados del siglo XIX, cuando la amenaza transnacional procedía de revolucionarios liberales, en lugar de terroristas fanáticos. Inevitablemente, la nueva política exterior choca con las antiguas prioridades, ya sea respecto a los derechos humanos en lo referente a China, o la defensa contra misiles balísticos, que ya no se puede imponer a Rusia. La reacción rusa no fue una protesta contra las intimidaciones estadounidenses, sino, por el contrario, una inmediata oferta de cooperación, que se hacía más concreta cada día que pasaba, de forma que las tropas estadounidenses tienen acceso ahora a las bases ex soviéticas de Asia Central con pleno respaldo ruso. Sólo China podría haber intervenido para apoyar a Pakistán contra la presión estadounidense. Pero no lo hizo. Después de la reciente conferencia en Shanghai, el gobierno de Beijing se convirtió en otro aliado de Washington.
A pesar de graves tensiones chino-estadounidenses que parecieron inaugurar un enfrentamiento directo cuando el gobierno de Bush llegó al poder en enero, el factor decisivo para China, como para Rusia e India, resultó ser la amenaza islámica: se han puesto bombas en autobuses de Pekín y se han producido atentados en Shinjiang. Independientemente de que Osama bin Laden resulte muerto o capturado en el proceso, el pueblo afgano y el mundo se beneficiarían enormemente de la derrota de los talibán, algo que vale la pena conseguir y que no habría conseguido EU por sí solo.
El reto inmediato es cómo detectar y desactivar las elusivas células de fanáticos que actúan como si vivieran en la Edad de Piedra. Lo terrible es que poseen técnicas de destrucción ultramodernas. Además, para lograr un retrato fehaciente de estos grupos es más pertinente leer las novelas de Dostoevsky y Joseph Conrad que los manuales de interrogación de la Escuela de las Américas. En este sentido, EU probablemente está en desventaja ante los otros miembros de la ‘coalición”. Con todo candor los funcionarios en Washington reconocen tener menos agentes de inteligencia compenetrados en cuestiones del Oriente Medio que las antiguas potencias coloniales como Gran Bretaña y Francia, o de países vecinos a Afganistán como Rusia y Pakistán. Bush, por cierto, atinó al calificar a los ataques lanzados por los seguidores de bin Laden como “un nuevo tipo de guerra” y, de hecho, los atentados se pueden interpretar como una versión más espectacular de las guerras que hemos presenciado durante la pasada década en los Balcanes, Oriente Próximo y ¡frica. Estas guerras son diferentes de la II Guerra Mundial, y ni hablar de lo que se imaginaba von Clausevitz. Lo acertado de la réplica de Bush es que se produce a dos niveles: ataques armados contra los autores del alevoso crimen que se sospecha se encuentran albergados en Afganistán mientras EU, con el apoyo de Londres y otros aliados, teje una vasta coalición diversos países que se comprometen a coordinar sus organismos de inteligencia para colaborar eficazmente en la lucha contra el terrorismo a nivel global.
El analista alemán de política internacional Theo Sommer, considera “ampliamente justificada” la respuesta de Bush a los atentados terroristas. “Es una guerra legítima, un acto de revancha y de autodefensa, reconocido por el Consejo de Seguridad de la ONU como un legítimo acto de retribución a un ataque, apoyado por la mayoría de las naciones del mundo, inclusive la mayoría de los países islámicos,” ( semanario “Die Zeit” de Hamburgo). “Es necesario hacer toda clase de esfuerzos, incluida la acción militar, para eliminar la red Al-Qaetar y desacreditar totalmente su atractivo. Pero dichos esfuerzos no se deben equiparar a una guerra a la antigua usanza. Si no conseguimos comprender esto, nos arriesgamos a un ciclo interminable de violencia y de terror”.
La lucha contra el terrorismo es difícil de acabar y difícil de contener. Por eso Bush y su Gabinete insisten que en ésta no se vislumbran victorias claras, pero sí el peligro de muchas derrotas para los que representan los valores de la humanidad y del bienestar humano. A muchos sorprendió cómo EU respondió al ataque con un costo de más de 6,000 vidas. No fue, como anticiparon algunos, por el envío intempestivo de centenares de bombarderos para aplanar el salvaje e inconquistable paisaje montañoso de Afganistán. No obstante, los críticos abundan.
“Sin ningún análisis sistemático, sin el habitual proceso de consulta y revisión entre los departamentos del Gobierno, EU ha adoptado una política exterior completamente nueva,” comenta el analista estratégico Edward Luttwak. “Al elevar la lucha contra el terrorismo -no sólo contra los terroristas que perpetraron el atentado del 11 de septiembre- a la mayor de todas las prioridades, cambia las premisas básicas de la política exterior estadounidense. Ante todo, esta política implica la formación de una nueva alianza antiterrorista con Rusia, China e India, así como con la OTAN, Japón y otros países que colaboren”. Esta alianza de grandes potencias a favor de un orden internacional no se había visto desde mediados del siglo XIX, cuando la amenaza transnacional procedía de revolucionarios liberales, en lugar de terroristas fanáticos. Inevitablemente, la nueva política exterior choca con las antiguas prioridades, ya sea respecto a los derechos humanos en lo referente a China, o la defensa contra misiles balísticos, que ya no se puede imponer a Rusia. La reacción rusa no fue una protesta contra las intimidaciones estadounidenses, sino, por el contrario, una inmediata oferta de cooperación, que se hacía más concreta cada día que pasaba, de forma que las tropas estadounidenses tienen acceso ahora a las bases ex soviéticas de Asia Central con pleno respaldo ruso. Sólo China podría haber intervenido para apoyar a Pakistán contra la presión estadounidense. Pero no lo hizo. Después de la reciente conferencia en Shanghai, el gobierno de Beijing se convirtió en otro aliado de Washington.
A pesar de graves tensiones chino-estadounidenses que parecieron inaugurar un enfrentamiento directo cuando el gobierno de Bush llegó al poder en enero, el factor decisivo para China, como para Rusia e India, resultó ser la amenaza islámica: se han puesto bombas en autobuses de Pekín y se han producido atentados en Shinjiang. Independientemente de que Osama bin Laden resulte muerto o capturado en el proceso, el pueblo afgano y el mundo se beneficiarían enormemente de la derrota de los talibán, algo que vale la pena conseguir y que no habría conseguido EU por sí solo.