Oye, Dios te habla
Oye, Dios te habla
Escucha, Dios te está hablando. Cuando vas a un hospital, sea de visita o como paciente, observa el dolor y la preocupación caminando por los pasillos, en las habitaciones y en el quirófano. Ves la vulnerabilidad del ser humano, su fragilidad a todas luces. La enfermedad, los tumores, las quebraduras de huesos, el corazón afectado, el hígado, el páncreas, cada enfermo presenta su dolencia, su calvario, su preocupación. Parecemos de hierro, pero qué poca cosa somos. Cualquier dolencia nos paraliza, nos desprograma, nos hace ver que no somos tan fuertes, seguros, y menos eternos. Que hay un Dios que sí lo es. Que hay un cielo y una eternidad, pero que no depende de nosotros, sino de nuestro Creador y Salvador. En verdad nos creemos dioses, pero somos hecho de barro, sostenidos por Dios.
Cuando escuchas las noticias que te hablan de guerras interminables, de matanzas y muchas viudas y huérfanos, de miles de hogares desechos, de ruinas humeantes y ciudades enteras destruidas y paralizadas, te das cuenta del odio y la ambición del ser humano, de la desobediencia al plan divino, de la crueldad y la capacidad cada vez más horrible de usar armas sofisticadas que arrasan por donde pasan. Y puedes escuchar el lamento de todo un Dios que llora al ver cómo el ser humano, rebelde al plan divino, se destruye a sí mismo, obedeciendo al maligno, que le ordena destruir todo a su paso. Y así como nuestros padres nos decían cuando cometíamos una torpeza y nos hacíamos daño, "te lo dije, te lo dije, que por ahí no fueras", El Señor nos advierte y nos reprende: "ese no era el camino, mira cómo se están destruyendo, cambien".
Cuando ves un niño dormido en brazos de su madre, una familia de paseo por un bosque, unos voluntarios repartiendo comida a pordioseros, un buen político trabajando por su pueblo, un juez impartiendo justicia de manera imparcial, un misionero predicando la Palabra, una comunidad alabando al Señor, un empresario dando sueldos justos a sus empleados, ves a Dios actuando, sonriendo, bendiciendo lo que hacen y diciéndonos, "ese es el camino, ánimo, sigan por ahí".
Dios nos habla hoy y de muchas maneras. En el silencio de la oración personal, en la vivencia eucarística, en la lectura de la Palabra, en la conversación fraterna de un amigo, en la contemplación de un atardecer, en el cumpleaños de un familiar, en el sepelio de un conocido. Dios nos habla de muchas maneras. Nos sigue diciendo que nos ama, que está con nosotros, que jamás nos abandonará, que detrás del sufrimiento y de la muerte está la vida eterna. Que el final será feliz y para siempre. Amén.