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Pacto ético electoral


Difícilmente ha de firmarse un pacto ético electoral, puesto que hacerlo ya nos parece tardío. Son muchas las heridas que se han hecho mutuamente las diferentes tendencias de captación de votos por los sonoros y ácidos epítetos que han intercambiado los unos con los otros. Ellos han dejado heridas difíciles de cicatrizar y cada una de las partes, ya sin cura, espera lograr alivio, casi irremediablemente, sin más recurso que el de herir con el mismo hierro y con el mismo filo; por lo tanto, presentimos que proseguiremos contemplando una fogosa lidia de disputa avillanada que a nadie ayuda.

Deseamos estar equivocados y hasta lo esperamos fervientemente, pero según el cuadro que se nos ofrece, pareciera que la actitud de altura no es ingrediente apetecido en materia política electoral. Y ello es así, porque hay hombres que encajan a cabalidad en la frase aquella del filósofo alemán Nietzsche, quien llegó a decir que, "El que no aprende a bendecir que aprenda a maldecir."

En este laberíntico pugilato, hubo un político que se refirió al crítico de un candidato en términos sumamente mordaces y ofensivos. Y hubo otro que le contestó. Desventuradamente, no recordamos quién dijo de quien dijo que el que dijo lo que dijo no lo dijo como se dijo, porque el que lo dijo nada dijo.

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