Pagar para jugar
Preocupado por el tiempo que estaban desperdiciando mis hijos viendo la televisión, recientemente los he matriculado en una escuela de deportes. Por supuesto, que esta decisión tiene un costo económico considerable, pero es el precio que pagamos algunos "padres de ahora" para que nuestros hijos puedan patear una pelota mientras estamos trabajando.
Inmediatamente me puse a hacer memoria, y no recordaba que mis padres hubiesen tenido que pagar jamás para que mis hermanos o yo pudiéramos jugar. Tuve la dicha de criarme en calle primera San Felipe, en el Casco Viejo. Para muchos niños la Plaza de Francia fue el único estadio donde alguna vez pudieron jugar béisbol o fútbol. El parque de Las Bóvedas y el paseo Esteban Huertas fueron los coliseos por los que cientos de muchachitos vivieron jornadas inolvidables de la lata y compañerito pío pío.
Ciertamente no éramos unos santos, eran inevitables las peleas de pandillas y algunas que otras travesuras (créanme que nunca pasaron de ser faltas administrativas leves), pero el juego consumía casi la totalidad de nuestras energías físicas y mentales; salvo casos muy excepcionales, no había interés alguno por dedicarnos a fumar canyac o asaltar al chino de la tienda.
Parece increíble como nuestras ganas de divertirnos hacían que el ingenio y la creatividad no tuviesen límites... una lata vacía, un palo de escoba viejo o un pedazo de papel forrado con una cinta adhesiva eran suficientes para empezar una buena birria. Realmente éramos felices. Sí, a pesar de nuestras carencias materiales y de los complejos problemas que experimenta una familia de barrio, éramos felices, el juego siempre supo como aliviar nuestras tristezas.
En la actualidad, con dolor hay que admitirlo, en nuestros barrios populares las risas y el bullicio de chiquillos jugando por todas partes han sido sustituidos por la mendicidad de los "bien cuidao"o", la prostitución, la violencia de las bandas, la vagancia, y otra avalancha de males y antivalores con los que día a día tienen que lidiar nuestros niños. La triste realidad es que la diversión ha sido cruelmente reemplazada por la superviviencia.
Lo paradójico e imperdonable de esta realidad, es que existiendo un Ministerio especializado en el área de la niñez y después de haberse organizado una Cumbre Internacional, donde precisamente fue ese el tema de fondo, solamente exista el programa "Verano Feliz" para atender la necesidad de diversión que demandan tantos niños. Debemos reconocer el aporte de este programa, pero el mismo no necesariamente está diseñado en función de la importancia que tiene el juego y el deporte en el desarrollo integral del menor y solamente beneficia a unos cuantos infantes de la capital.
Pero lo que realmente indigna, es que se estén desperdiciando los recursos y voluntades que aisladamente se han venido dedicando a la atención de la infancia, por no existir aún una "Política de Estado" dirigida precisamente al desarrollo integral del menor, como parte de la "Estrategia Nacional de Desarrollo", teniendo en cuenta que hoy, a través de los niños, podemos visualizar las condiciones morales, cívicas, políticas, físicas y mentales de los ciudadanos panameños que tendrán a su cargo la conducción y destino de este país en un futuro mucho más próximo de lo que imaginamos.
La falta de acceso al juego y a la diversión está condenando a muchos niños a un fracaso prematuro. Con nuestra desidia e insensibilidad los estamos catapultando desde los semáforos a las cárceles, prostíbulos, tinacos, manicomios y cementerios. Los adultos somos los únicos responsables de esta encrucijada siniestra e incierta en la que se ha convertido el día a día de los niños que no pueden pagar para jugar, sin embargo, también tenemos la capacidad de corregir esta tremenda injusticia; basta solamente un poco de voluntad, solidaridad, ingenio, liderazgo, pero sobre todo fe. Fe en estas criaturas, porque a pesar de las lombrices, piojos, bofetadas e insultos, todavía tienen corazoncitos que pueden ser tocados, y en ellos aún podemos encontrar luz, alegría, ilusiones y perdón.
Saltarin@sinfo.net
Inmediatamente me puse a hacer memoria, y no recordaba que mis padres hubiesen tenido que pagar jamás para que mis hermanos o yo pudiéramos jugar. Tuve la dicha de criarme en calle primera San Felipe, en el Casco Viejo. Para muchos niños la Plaza de Francia fue el único estadio donde alguna vez pudieron jugar béisbol o fútbol. El parque de Las Bóvedas y el paseo Esteban Huertas fueron los coliseos por los que cientos de muchachitos vivieron jornadas inolvidables de la lata y compañerito pío pío.
Ciertamente no éramos unos santos, eran inevitables las peleas de pandillas y algunas que otras travesuras (créanme que nunca pasaron de ser faltas administrativas leves), pero el juego consumía casi la totalidad de nuestras energías físicas y mentales; salvo casos muy excepcionales, no había interés alguno por dedicarnos a fumar canyac o asaltar al chino de la tienda.
Parece increíble como nuestras ganas de divertirnos hacían que el ingenio y la creatividad no tuviesen límites... una lata vacía, un palo de escoba viejo o un pedazo de papel forrado con una cinta adhesiva eran suficientes para empezar una buena birria. Realmente éramos felices. Sí, a pesar de nuestras carencias materiales y de los complejos problemas que experimenta una familia de barrio, éramos felices, el juego siempre supo como aliviar nuestras tristezas.
En la actualidad, con dolor hay que admitirlo, en nuestros barrios populares las risas y el bullicio de chiquillos jugando por todas partes han sido sustituidos por la mendicidad de los "bien cuidao"o", la prostitución, la violencia de las bandas, la vagancia, y otra avalancha de males y antivalores con los que día a día tienen que lidiar nuestros niños. La triste realidad es que la diversión ha sido cruelmente reemplazada por la superviviencia.
Lo paradójico e imperdonable de esta realidad, es que existiendo un Ministerio especializado en el área de la niñez y después de haberse organizado una Cumbre Internacional, donde precisamente fue ese el tema de fondo, solamente exista el programa "Verano Feliz" para atender la necesidad de diversión que demandan tantos niños. Debemos reconocer el aporte de este programa, pero el mismo no necesariamente está diseñado en función de la importancia que tiene el juego y el deporte en el desarrollo integral del menor y solamente beneficia a unos cuantos infantes de la capital.
Pero lo que realmente indigna, es que se estén desperdiciando los recursos y voluntades que aisladamente se han venido dedicando a la atención de la infancia, por no existir aún una "Política de Estado" dirigida precisamente al desarrollo integral del menor, como parte de la "Estrategia Nacional de Desarrollo", teniendo en cuenta que hoy, a través de los niños, podemos visualizar las condiciones morales, cívicas, políticas, físicas y mentales de los ciudadanos panameños que tendrán a su cargo la conducción y destino de este país en un futuro mucho más próximo de lo que imaginamos.
La falta de acceso al juego y a la diversión está condenando a muchos niños a un fracaso prematuro. Con nuestra desidia e insensibilidad los estamos catapultando desde los semáforos a las cárceles, prostíbulos, tinacos, manicomios y cementerios. Los adultos somos los únicos responsables de esta encrucijada siniestra e incierta en la que se ha convertido el día a día de los niños que no pueden pagar para jugar, sin embargo, también tenemos la capacidad de corregir esta tremenda injusticia; basta solamente un poco de voluntad, solidaridad, ingenio, liderazgo, pero sobre todo fe. Fe en estas criaturas, porque a pesar de las lombrices, piojos, bofetadas e insultos, todavía tienen corazoncitos que pueden ser tocados, y en ellos aún podemos encontrar luz, alegría, ilusiones y perdón.
Saltarin@sinfo.net