Panamá en el umbral de su destino
La Nación es la expresión viva del alma de un pueblo, su ritmo, es el pulso de lo que habita, y quienes la sostienen, otorgan permanencia y le dan contenido a su expresión de ser, son sus gentes.
La Historia, en su caprichoso recuento de hechos, fechas, nombres, es más que una sucesión del tiempo o la suma de todos esos haberes realizados, porque en el laberinto de espejos o en el túnel de la esperanza, hay acontecimientos que quedan huérfanos de padre y madre, al menos un tiempo, y lo más profundo del ser nacional vive con la herida a flor de piel, en el centro del corazón.
Hay patrias que nacieron en azhares tan profundos como su propio destino, vuelan con el ala rota la distancia que va de una angustia a otra, y parecieran condenadas a buscar una aguja en el pajar, en medio del viento huracanado de la pequeña historia.
El mayor peso de la historia de Latinoamérica recae, quizás desde la independencia del coloniaje español hace poco menos de dos siglos, pero para Panamá -tierra de encrucijada, eslabón de continentes, cruce de razas y mercancías y comunión de geografías, especies y plantas- este siglo que se despide en los próximos 200 días, ha terminado por transformar no sólo la vida en el Istmo, sino su propio destino como nación.
La literatura ha sido, las más de las veces, miope y corta de imaginación con la rica historia de aventuras y colosales descubrimientos en Panamá, país de piratas, mercaderes e ingenieros soñadores con unir los océanos y continentes, como en efecto lo hicieron para beneficio del comercio internacional. Sin embargo, los países con vocación y destino inequívocos, como los sueños de sus grandes hombres y mujeres y la tenacidad de sus pueblos, siguen escribiendo la gran página con tinta indeleble, que más temprano que tarde, la propia Historia se encargará de transmitirla.
Perfeccionamiento es una palabra que la humanidad ha buscado en el diccionario de su más que milenaria historia, desde antes de los tiempos de la escritura que hoy conocemos.
En Panamá esa palabra se extiende a lo largo y ancho de la república mediatizada y como un fantasma real, se entronizó en la vida nacional, formó parte de una lucha generacional, de un santo y seña colectivo inconmovible a lo largo del siglo, que entre resoplidos y nuevos alientos, prepara su gran salto.
El Canal de Panamá, -construido en las entrañas de la naciente nación- comenzó a gravitar en el recién independizado departamento colombiano, el 18 de noviembre de 1903, día en que el francés Phillippe Bunau Varilla -en representación de Panamá- y John Hay, Secretario de Estado norteamericano, suscribieron un tratado a perpetuidad y que concedía los derechos de construcción de la vía interocéanica a Estados Unidos y una zona adyacente de 10 millas de ancho, de mar a mar.
Los sueños desde Carlos V, pasando por el Conde Fernando de Lesseps, el pionero frustrado de la construcción de la octava maravilla del mundo, al presidente Theodore Roosevelt, se materializaron a un costo de 375 millones de dólares, cuando un 15 de agosto de 1914, el vapor Ancón inauguró la vía transístmica, al cruzar las esclusas de Miraflores.
Sueños para otros convertidos en realidad, y para los panameños, más bien una quimera, que adquirirá sólo 85 años después la expresión viva de lo anhelado y recuperado.
Panamá es más que un Canal, y no es un eslogan publicitario. Hablar del istmo panameño, es imposible soslayar su posición geográfica, su principal activo desde el descubrimiento de América o Encuentro de dos culturas.
Hoy, este pequeño país de 75.517 kilómetros cuadrados, con casi 2 millones 800 mil habitantes, 2.490 kilómetros de costas, dos océanos a sólo 80 kilómetros de distancia, 480 ríos, cuenta con una de las economías más abiertas del mundo, la Zona de Libre Comercio más grande del hemisferio Occidental, y en cuyo territorio se ha establecido uno de los centros bancarios y financieros más importante del orbe, con 103 entidades.
Las llamadas empresas off shore, tienen un nicho de especial interés en Panamá, ya que constituyen una opción de alta rentabilidad para esas empresas que además gozan de un régimen fiscal libre de impuestos. El dólar, moneda de curso legal en Panamá desde principio de siglo, le ha otorgado un particular seguro a la inversión extranjera, permitiendo que la inflación sea la más baja en toda la historia latinoamericana. La banca internacional no tiene restricción alguna en cuanto a política monetaria se refiere o repatriación de divisas. El producto Interno Bruto -PIB- de Panamá en 1998, fue de 6.933.8 millones de dólares, y el PIB per cápita de 2.508 millones de dólares, a precios corrientes de 1982, de acuerdo con Cuentas Nacionales 1980-95 y cifras preliminares del PIB 1998, facilitadas por el Instituto de Estudios Nacionales de la Universidad de Panamá. Las exportaciones totales alcanzaron la suma de 8.051 millones de dólares en 1998 y las importaciones 8.901.3 millones.
Desde la conquista española, Panamá se ha convertido en una de las rutas más importantes del comercio mundial, plataforma que el istmo ha relanzado una y otra vez, a través de la maximización de sus ventajas comparativas, todas vinculadas con el sector servicio, portuario, canalero, de importación y reexportación de mercancías desde la Zona Libre de Colón hacia América Latina, principalmente, y ahora, el emporio de las áreas revertidas en pleno corazón de ciudad de Panamá, como el sector turismo que podría despegar en los próximos años.
Panamá está frente a su propio destino por primera vez en su historia republicana. La transferencia del Canal, uno de los principales activos económicos de la nación y pieza emblemática en la historia patria, junto con las áreas -que en un conjunto suman los 1432.2 kilómetros cuadrados de la llamada Zona del Canal-, forman parte de la agenda del siglo XXI del país canalero.
El país está próximo a entrar a una nueva era, plagada de desafíos, pero retos a sus propios recursos, fortalezas y debilidades, y está plenamente consciente que las oportunidades son irrepetibles en la historia accidentada de las naciones.
La Historia, en su caprichoso recuento de hechos, fechas, nombres, es más que una sucesión del tiempo o la suma de todos esos haberes realizados, porque en el laberinto de espejos o en el túnel de la esperanza, hay acontecimientos que quedan huérfanos de padre y madre, al menos un tiempo, y lo más profundo del ser nacional vive con la herida a flor de piel, en el centro del corazón.
Hay patrias que nacieron en azhares tan profundos como su propio destino, vuelan con el ala rota la distancia que va de una angustia a otra, y parecieran condenadas a buscar una aguja en el pajar, en medio del viento huracanado de la pequeña historia.
El mayor peso de la historia de Latinoamérica recae, quizás desde la independencia del coloniaje español hace poco menos de dos siglos, pero para Panamá -tierra de encrucijada, eslabón de continentes, cruce de razas y mercancías y comunión de geografías, especies y plantas- este siglo que se despide en los próximos 200 días, ha terminado por transformar no sólo la vida en el Istmo, sino su propio destino como nación.
La literatura ha sido, las más de las veces, miope y corta de imaginación con la rica historia de aventuras y colosales descubrimientos en Panamá, país de piratas, mercaderes e ingenieros soñadores con unir los océanos y continentes, como en efecto lo hicieron para beneficio del comercio internacional. Sin embargo, los países con vocación y destino inequívocos, como los sueños de sus grandes hombres y mujeres y la tenacidad de sus pueblos, siguen escribiendo la gran página con tinta indeleble, que más temprano que tarde, la propia Historia se encargará de transmitirla.
Perfeccionamiento es una palabra que la humanidad ha buscado en el diccionario de su más que milenaria historia, desde antes de los tiempos de la escritura que hoy conocemos.
En Panamá esa palabra se extiende a lo largo y ancho de la república mediatizada y como un fantasma real, se entronizó en la vida nacional, formó parte de una lucha generacional, de un santo y seña colectivo inconmovible a lo largo del siglo, que entre resoplidos y nuevos alientos, prepara su gran salto.
El Canal de Panamá, -construido en las entrañas de la naciente nación- comenzó a gravitar en el recién independizado departamento colombiano, el 18 de noviembre de 1903, día en que el francés Phillippe Bunau Varilla -en representación de Panamá- y John Hay, Secretario de Estado norteamericano, suscribieron un tratado a perpetuidad y que concedía los derechos de construcción de la vía interocéanica a Estados Unidos y una zona adyacente de 10 millas de ancho, de mar a mar.
Los sueños desde Carlos V, pasando por el Conde Fernando de Lesseps, el pionero frustrado de la construcción de la octava maravilla del mundo, al presidente Theodore Roosevelt, se materializaron a un costo de 375 millones de dólares, cuando un 15 de agosto de 1914, el vapor Ancón inauguró la vía transístmica, al cruzar las esclusas de Miraflores.
Sueños para otros convertidos en realidad, y para los panameños, más bien una quimera, que adquirirá sólo 85 años después la expresión viva de lo anhelado y recuperado.
Panamá es más que un Canal, y no es un eslogan publicitario. Hablar del istmo panameño, es imposible soslayar su posición geográfica, su principal activo desde el descubrimiento de América o Encuentro de dos culturas.
Hoy, este pequeño país de 75.517 kilómetros cuadrados, con casi 2 millones 800 mil habitantes, 2.490 kilómetros de costas, dos océanos a sólo 80 kilómetros de distancia, 480 ríos, cuenta con una de las economías más abiertas del mundo, la Zona de Libre Comercio más grande del hemisferio Occidental, y en cuyo territorio se ha establecido uno de los centros bancarios y financieros más importante del orbe, con 103 entidades.
Las llamadas empresas off shore, tienen un nicho de especial interés en Panamá, ya que constituyen una opción de alta rentabilidad para esas empresas que además gozan de un régimen fiscal libre de impuestos. El dólar, moneda de curso legal en Panamá desde principio de siglo, le ha otorgado un particular seguro a la inversión extranjera, permitiendo que la inflación sea la más baja en toda la historia latinoamericana. La banca internacional no tiene restricción alguna en cuanto a política monetaria se refiere o repatriación de divisas. El producto Interno Bruto -PIB- de Panamá en 1998, fue de 6.933.8 millones de dólares, y el PIB per cápita de 2.508 millones de dólares, a precios corrientes de 1982, de acuerdo con Cuentas Nacionales 1980-95 y cifras preliminares del PIB 1998, facilitadas por el Instituto de Estudios Nacionales de la Universidad de Panamá. Las exportaciones totales alcanzaron la suma de 8.051 millones de dólares en 1998 y las importaciones 8.901.3 millones.
Desde la conquista española, Panamá se ha convertido en una de las rutas más importantes del comercio mundial, plataforma que el istmo ha relanzado una y otra vez, a través de la maximización de sus ventajas comparativas, todas vinculadas con el sector servicio, portuario, canalero, de importación y reexportación de mercancías desde la Zona Libre de Colón hacia América Latina, principalmente, y ahora, el emporio de las áreas revertidas en pleno corazón de ciudad de Panamá, como el sector turismo que podría despegar en los próximos años.
Panamá está frente a su propio destino por primera vez en su historia republicana. La transferencia del Canal, uno de los principales activos económicos de la nación y pieza emblemática en la historia patria, junto con las áreas -que en un conjunto suman los 1432.2 kilómetros cuadrados de la llamada Zona del Canal-, forman parte de la agenda del siglo XXI del país canalero.
El país está próximo a entrar a una nueva era, plagada de desafíos, pero retos a sus propios recursos, fortalezas y debilidades, y está plenamente consciente que las oportunidades son irrepetibles en la historia accidentada de las naciones.