¿Panamá es ingobernable o difícil de gobernar?
No es cierto que Panamá sea un país ingobernable, como pareciera ser. Aceptemos, eso sí, lo difícil que es gobernar en Panamá. Porque el "arte de gobernar" -de gobernar con verdadero sentido democrático- es un proceso en el que interviene una serie de factores sociales y humanos que no pueden soslayarse. Es un proceso sociopolítico en el cual lo más importante es tener muy claros y definidos los objetivos que se desean alcanzar en el futuro inmediato y mediato de un determinado país (es una tarea para inteligentes y honestos, no para ignorantes y corruptos).
Es tan importante este aspecto del "arte de gobernar", como es para el navegante conocer de antemano el puerto de destino, el punto de partida y el rumbo que debe seguir; sin tales referencias no es posible navegar, aunque se posea un excelente navío equipado con los mejores instrumentos y piloteado por el mejor capitán. En tales condiciones se podrá llegar a cualquier parte, acaso a la menos deseada, permanecer a la deriva por tiempo indefinido, o en definitiva naufragar: pero nunca se llegará con éxito.
Para gobernar a Panamá se necesita ante todo y sobre todo, hombres de carácter, que no mujeres y hombres caprichosos, ignorantes e incapaces traídos por el azar y la política. Porque los problemas propios del gobierno del Estado no se resuelven tan sólo con buenos deseos, con imposiciones, caprichosamente, con componendas y frases supuestamente ingeniosas o demagógicas cuando el talento no va acompañado de una orientación fija, sostenida por el dominio soberano de la propia voluntad y de la ajena. He ahí el porqué resulta inútil insistir en lo peligroso que para Panamá significaría confiar sus intereses a mujeres y hombres caprichosos o sin firmeza de carácter, aunque fuesen aparentemente honestos, lumbreras del saber, pomposos diplomáticos y, al parecer, buenas personas.
Panamá sí es un país difícil de gobernar, nadie lo niega: muchos son los fenómenos de la índole política, económica, cultural y social que lo acreditan los ciudadanos panameños, por eso mismo, estamos obligados a escoger mejor a nuestros futuros gobernantes: hombres y mujeres de carácter firme, siempre generosos. Pero que de ninguna manera se confunda el carácter con la intransigencia, la tozudez, el empecinamiento, el encubrimiento o el fanatismo enfermizo. El hombre y la mujer de carácter firme no desvían nunca sus actos de la senda del bien que, consciente y metódicamente, difunde a su alrededor. Por eso es indispensable que nuestros gobernantes posean voluntad de hierro para que lleguen a ser buenos y virtuosos, para que puedan sustraerse a los tentadores halagos del culto a la personalidad, del vicio, de la codicia, del nepotismo, de la corrupción y de las malas pasiones fácilmente accesibles a temperamentos débiles (como ocurre de ordinario en este desgobierno mireyista).
Panamá es una nación susceptible de gobernar, y de gobernar bien, aunque el proceso sea difícil. Sólo necesita hombres y mujeres de carácter bien formado y de acciones que sean útiles a sí mismos, a sus semejantes y a su país. Ojalá que nuestros futuros presidentes de la República (comenzando con el que resulte elegido en mayo del 2004), ministros, legisladores, magistrados, controladores, alcaldes y jueces se ciñeran a la definición magistral del Juez Don Antonio Varas en 1857, cuando se incorporó a la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas de la Universidad de Chile: "El Juez, dijo Varas, está llamado a tomar parte en la Obra de Dios, haciendo reinar la Justicia sobre la Tierra".
Panamá, repetimos, sí es gobernable, pese al proceder contrario de los incapaces, de los caprichosos e impertinentes, de los groseros, fanáticos e ignorantes de los muchos que pululan en el actual gobierno de "Unión por Panamá", y que a todas luces constituyen, hoy por hoy, rémoras para el mejor desempeño de un buen gobierno, de un gobierno de justicia social, como bien lo merece nuestra Patria. ¡Presidenta Moscoso: Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!.
Es tan importante este aspecto del "arte de gobernar", como es para el navegante conocer de antemano el puerto de destino, el punto de partida y el rumbo que debe seguir; sin tales referencias no es posible navegar, aunque se posea un excelente navío equipado con los mejores instrumentos y piloteado por el mejor capitán. En tales condiciones se podrá llegar a cualquier parte, acaso a la menos deseada, permanecer a la deriva por tiempo indefinido, o en definitiva naufragar: pero nunca se llegará con éxito.
Para gobernar a Panamá se necesita ante todo y sobre todo, hombres de carácter, que no mujeres y hombres caprichosos, ignorantes e incapaces traídos por el azar y la política. Porque los problemas propios del gobierno del Estado no se resuelven tan sólo con buenos deseos, con imposiciones, caprichosamente, con componendas y frases supuestamente ingeniosas o demagógicas cuando el talento no va acompañado de una orientación fija, sostenida por el dominio soberano de la propia voluntad y de la ajena. He ahí el porqué resulta inútil insistir en lo peligroso que para Panamá significaría confiar sus intereses a mujeres y hombres caprichosos o sin firmeza de carácter, aunque fuesen aparentemente honestos, lumbreras del saber, pomposos diplomáticos y, al parecer, buenas personas.
Panamá sí es un país difícil de gobernar, nadie lo niega: muchos son los fenómenos de la índole política, económica, cultural y social que lo acreditan los ciudadanos panameños, por eso mismo, estamos obligados a escoger mejor a nuestros futuros gobernantes: hombres y mujeres de carácter firme, siempre generosos. Pero que de ninguna manera se confunda el carácter con la intransigencia, la tozudez, el empecinamiento, el encubrimiento o el fanatismo enfermizo. El hombre y la mujer de carácter firme no desvían nunca sus actos de la senda del bien que, consciente y metódicamente, difunde a su alrededor. Por eso es indispensable que nuestros gobernantes posean voluntad de hierro para que lleguen a ser buenos y virtuosos, para que puedan sustraerse a los tentadores halagos del culto a la personalidad, del vicio, de la codicia, del nepotismo, de la corrupción y de las malas pasiones fácilmente accesibles a temperamentos débiles (como ocurre de ordinario en este desgobierno mireyista).
Panamá es una nación susceptible de gobernar, y de gobernar bien, aunque el proceso sea difícil. Sólo necesita hombres y mujeres de carácter bien formado y de acciones que sean útiles a sí mismos, a sus semejantes y a su país. Ojalá que nuestros futuros presidentes de la República (comenzando con el que resulte elegido en mayo del 2004), ministros, legisladores, magistrados, controladores, alcaldes y jueces se ciñeran a la definición magistral del Juez Don Antonio Varas en 1857, cuando se incorporó a la Facultad de Leyes y Ciencias Políticas de la Universidad de Chile: "El Juez, dijo Varas, está llamado a tomar parte en la Obra de Dios, haciendo reinar la Justicia sobre la Tierra".
Panamá, repetimos, sí es gobernable, pese al proceder contrario de los incapaces, de los caprichosos e impertinentes, de los groseros, fanáticos e ignorantes de los muchos que pululan en el actual gobierno de "Unión por Panamá", y que a todas luces constituyen, hoy por hoy, rémoras para el mejor desempeño de un buen gobierno, de un gobierno de justicia social, como bien lo merece nuestra Patria. ¡Presidenta Moscoso: Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!.