Panama-EUA: Ocaso de la "Relación Especial"
"La relación especial que existió durante casi un siglo con Panamá está llegando a su fin," afirmó el embajador Thomas McNamara, el 28 de julio de 1998, en su testimonio ante el Comité de Asuntos Internacionales del Congreso de Estados Unidos.
McNamara tenía la amarga tarea de informar a los legisladores que fracasaron las negociaciones para la creación de un centro de adiestramiento regional para la lucha contra el narcotráfico, el Centro Multilateral Antidrogas (CMA) en la antigua base aérea de Howard, un proyecto muy favorecido por el Congreso.
Apenas un año tras la clausura de las bases de Estados Unidos y de la reversión del Canal en cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter, el vaticinio del veterano diplomático se realizó cabalmente, según funcionarios diplomáticos y analistas de política exterior.
"Panamá, hoy, es un país más con el que mantenemos relaciones cordiales y constructivas, pero nada más ni menos", afirmó el Dr. Arturo Valenzuela, director para Latinoamérica del Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca, que este mes regresa a su cargo de director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la prestigiosa Universidad de Georgetown.
Esta sucinta frase, que caracteriza la política del departamento de Estado desde 1998, expresa una actitud muy distinta a la que anticipaba el canciller José Miguel Alemán que esperaba desarrollar una "relación estratégica" con Washington. Este proyecto era similar a la "relación especial" que un canciller anterior, Gabriel Lewis Galindo, quería cimentar con el gobierno de Estados Unidos.
Ambos chocaron con la fría realidad de que en esta era posguerra Fría, ni el presidente Bill Clinton ni ninguno de sus dos secretarios de Estado, Warren Christopher y Madeleine Albirght, demostraron tener el menor interés en cultivar relaciones particularmente intensas con Panamá o con los otros países centroamericanos. Sus prioridades se centraban en Europa y Asia.
Hoy, es evidente que las dos Cumbres de las Américas que fueron iniciativas del propio mandatario estadounidense para promover su plan de crear un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) para el año 2005, no tuvieron mayor resonancia en las relaciones políticas del hemisferio. No era de extrañar, entonces, que las relaciones con Panamá quedaran a la deriva, o a veces hasta experimentaron un leve retroceso.
Para justificar un episódico distanciamiento durante el gobierno de Ernesto Pérez Balladares, el equipo de la Casa Blanca esgrimió la excusa de que el mandatario panameños había "ofendido" a Clinton al declinar una invitación a una cumbre que éste había convocado en Costa Rica en 1996, pocos meses después de su reelección. Sólo faltaba la negativa del gobierno del PRD de firmar el acuerdo del CMA pareció sellar este enfriamiento, y algunos en el gobierno colocaron sus esperanzas en el cambio de gobierno. Esta impresión se reveló como engañosa, sostienen expertos del gobierno de Clinton, ya que la presidenta Mireya Moscoso o su canciller, José Miguel Alemán, podrían superar al gobierno del PRD en imprevisibilidad. Desde la llegada del gobierno arnulfista las relaciones fluctúan entre momentos de acercamiento como cuando Mireya Moscoso se reunió con el ocupante de la Casa Blanca a fines de 1998, y frecuentes períodos de palpable tirantez y desentendimiento, según los funcionarios.
Entre los episodios que fueron criticadas por su falta de sensibilidad hacia la opinión publica panameña se destaca la negativa de Clinton de asistir a las ceremonias de la transferencia del canal el 15 de diciembre de 1999, a pesar de los esfuerzos realizados por el embajador Simón Ferro y el asesor para Latinoamérica del Consejo Nacional de Seguridad, el Dr. Arturo Valenzuela, así como el secretario adjunto de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Peter Romero. Pero estos mismos funcionarios argumentan de que el gobierno de la presidenta Moscoso tampoco merece flores por iniciativas positivas para mejorar el clima político entre los dos países. Algunos confiaron que en Washington causó indignación las tentativas del gobierno panameño de exigir que Estados Unidos borre a Panamá de la "lista negra" de lavado de dinero como precio para otorgar asilo al jefe de seguridad peruano, Vladimiro Montesinos.
"Las relaciones entre Panamá y Estados Unidos quedaron marcando el paso," reconoció un asesor del gobierno de Clinton, íntimamente asociado con la política hemisférica de Washington. "Y la culpa la tienen ambas partes. Han habido episodios de franco amateurismo, el resultado de falta de experiencia por una parte, y a veces falta de coordinación y de comprensión por la otra. Esto significa que probablemente se perdieron importantes oportunidades para profundizar nuestras relaciones".
Los funcionarios estadounidenses citan tres espinosos problemas como irritantes en las relaciones bilaterales: 1) la decisión de Panamá de remitir la polémica de los polígonos de tiro a la Asamblea General de la ONU y a la Cumbre Iberoamericana; 2) la "ambiguedad" de Panamá se le solicitó el asilo para Montesinos; 3) la renuencia de Panamá de firmar un tratado de "fuerzas visitantes" que Estados Unidos tiene con varios otros países latinoamericanos. En el caso de los polígonos, varios funcionarios reconocieron que la postura del propio Pentágono fue "recalcitrante" a la vez que culparon al departamento de Estado de no hacer un mayor esfuerzo para lograr una posición más flexible ante el espinoso problema.
Preguntado si no le parecía que el Gabinete del presidente-electo George W. Bush tendrá mayor comprensión para Panamá, el representante de Clinton expresó: "¡Ni lo piense!"
McNamara tenía la amarga tarea de informar a los legisladores que fracasaron las negociaciones para la creación de un centro de adiestramiento regional para la lucha contra el narcotráfico, el Centro Multilateral Antidrogas (CMA) en la antigua base aérea de Howard, un proyecto muy favorecido por el Congreso.
Apenas un año tras la clausura de las bases de Estados Unidos y de la reversión del Canal en cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter, el vaticinio del veterano diplomático se realizó cabalmente, según funcionarios diplomáticos y analistas de política exterior.
"Panamá, hoy, es un país más con el que mantenemos relaciones cordiales y constructivas, pero nada más ni menos", afirmó el Dr. Arturo Valenzuela, director para Latinoamérica del Consejo Nacional de Seguridad de la Casa Blanca, que este mes regresa a su cargo de director del Centro de Estudios Latinoamericanos de la prestigiosa Universidad de Georgetown.
Esta sucinta frase, que caracteriza la política del departamento de Estado desde 1998, expresa una actitud muy distinta a la que anticipaba el canciller José Miguel Alemán que esperaba desarrollar una "relación estratégica" con Washington. Este proyecto era similar a la "relación especial" que un canciller anterior, Gabriel Lewis Galindo, quería cimentar con el gobierno de Estados Unidos.
Ambos chocaron con la fría realidad de que en esta era posguerra Fría, ni el presidente Bill Clinton ni ninguno de sus dos secretarios de Estado, Warren Christopher y Madeleine Albirght, demostraron tener el menor interés en cultivar relaciones particularmente intensas con Panamá o con los otros países centroamericanos. Sus prioridades se centraban en Europa y Asia.
Hoy, es evidente que las dos Cumbres de las Américas que fueron iniciativas del propio mandatario estadounidense para promover su plan de crear un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) para el año 2005, no tuvieron mayor resonancia en las relaciones políticas del hemisferio. No era de extrañar, entonces, que las relaciones con Panamá quedaran a la deriva, o a veces hasta experimentaron un leve retroceso.
Para justificar un episódico distanciamiento durante el gobierno de Ernesto Pérez Balladares, el equipo de la Casa Blanca esgrimió la excusa de que el mandatario panameños había "ofendido" a Clinton al declinar una invitación a una cumbre que éste había convocado en Costa Rica en 1996, pocos meses después de su reelección. Sólo faltaba la negativa del gobierno del PRD de firmar el acuerdo del CMA pareció sellar este enfriamiento, y algunos en el gobierno colocaron sus esperanzas en el cambio de gobierno. Esta impresión se reveló como engañosa, sostienen expertos del gobierno de Clinton, ya que la presidenta Mireya Moscoso o su canciller, José Miguel Alemán, podrían superar al gobierno del PRD en imprevisibilidad. Desde la llegada del gobierno arnulfista las relaciones fluctúan entre momentos de acercamiento como cuando Mireya Moscoso se reunió con el ocupante de la Casa Blanca a fines de 1998, y frecuentes períodos de palpable tirantez y desentendimiento, según los funcionarios.
Entre los episodios que fueron criticadas por su falta de sensibilidad hacia la opinión publica panameña se destaca la negativa de Clinton de asistir a las ceremonias de la transferencia del canal el 15 de diciembre de 1999, a pesar de los esfuerzos realizados por el embajador Simón Ferro y el asesor para Latinoamérica del Consejo Nacional de Seguridad, el Dr. Arturo Valenzuela, así como el secretario adjunto de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Peter Romero. Pero estos mismos funcionarios argumentan de que el gobierno de la presidenta Moscoso tampoco merece flores por iniciativas positivas para mejorar el clima político entre los dos países. Algunos confiaron que en Washington causó indignación las tentativas del gobierno panameño de exigir que Estados Unidos borre a Panamá de la "lista negra" de lavado de dinero como precio para otorgar asilo al jefe de seguridad peruano, Vladimiro Montesinos.
"Las relaciones entre Panamá y Estados Unidos quedaron marcando el paso," reconoció un asesor del gobierno de Clinton, íntimamente asociado con la política hemisférica de Washington. "Y la culpa la tienen ambas partes. Han habido episodios de franco amateurismo, el resultado de falta de experiencia por una parte, y a veces falta de coordinación y de comprensión por la otra. Esto significa que probablemente se perdieron importantes oportunidades para profundizar nuestras relaciones".
Los funcionarios estadounidenses citan tres espinosos problemas como irritantes en las relaciones bilaterales: 1) la decisión de Panamá de remitir la polémica de los polígonos de tiro a la Asamblea General de la ONU y a la Cumbre Iberoamericana; 2) la "ambiguedad" de Panamá se le solicitó el asilo para Montesinos; 3) la renuencia de Panamá de firmar un tratado de "fuerzas visitantes" que Estados Unidos tiene con varios otros países latinoamericanos. En el caso de los polígonos, varios funcionarios reconocieron que la postura del propio Pentágono fue "recalcitrante" a la vez que culparon al departamento de Estado de no hacer un mayor esfuerzo para lograr una posición más flexible ante el espinoso problema.
Preguntado si no le parecía que el Gabinete del presidente-electo George W. Bush tendrá mayor comprensión para Panamá, el representante de Clinton expresó: "¡Ni lo piense!"