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Panamá frente a la crisis


Ya hemos escuchado a los más connotados economistas y banqueros nacionales, incluyendo a Felipe Chapman y Olegario Barrelier, entre otros. Hemos seguido la evolución de la crisis económica originada en Estados Unidos y su infestación al resto del mundo. Hemos evaluado las opiniones de los más prestigiosos profesores y especialistas internacionales, y las hemos confrontado con las propias.

En Panamá da la impresión que nada pasa, como si no estuviera en el mundo. Mientras el Gobierno anuncia el más grande presupuesto de gastos en la historia y todos los centros comerciales y sitios de diversión son abarrotados, y las grúas de la construcción no se detienen, el resto del planeta atraviesa la mayor crisis de todos los tiempos. ¿Somos inmunes? No, no hay vacuna que evite la crisis; pero sí podemos atemperarla. Para empezar, el petróleo y sus derivados no serán ya tan caros. Ello hará que baje también la presión sobre los precios de otros artículos, abonado al cese especulativo de quienes hallaban en las compras a futuro un refugio para asegurar altos rendimientos. El acero, el cobre, el cemento y otras materias primas deben bajar de precio en los próximos meses.

Pero vendrán cosas malas, aparejadas con algunas buenas. El flujo de pensionados extranjeros y turistas disminuirá, igual que la actividad de los puertos y el tránsito por el Canal. No crecerán los empleos. También debe aminorar la venta de bienes raíces, lo que hará que se abaraten. El Gobierno debiera prepararse para asumir mayor protagonismo, como ocurre en el resto del mundo. Debiera ser más austero y acumular los mayores superávit posibles, mientras se supera la actual incertidumbre, prestos a ser aplicados adonde más se necesiten, en caso de desaceleración o para materializar grandes inversiones, fuera de la consabida ampliación del Canal, que nos viene al pelo. Seguimos siendo un país bendecido por Dios.

101 años de Panamá América

 
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