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Panamá: Mi amiga


La historia recuerda, entre los anales vetustos y un tanto olvidados del siglo XIX, a un grupo conocido como los Amigos del País que, sin reparar en politiquería de papeleta, tenía como objetivo el rechazo del centralismo absolutista colombiano en pro del laissez faire y las nuevas ideas del liberalismo económico.
La muerte de Bolívar infectó de odios a la población y así, esta amistad con Panamá, por estar teñida de matices liberales y federalistas, fue olvidada entre la tos de guerras desauciantes. El Istmo cayó en una dicotomía sangrienta: las pugnas entre liberales y conservadores por más de mil días inflamaron los suelos con dolor. Después de nuestra independencia, las ideologías del pasado se fragmentaron en un desorden bufonesco; entre estas mofas murió, sin elegías, la democracia representativa y de sus restos nació el caudillismo político, causante de los dos morbos que han devorado gran parte de nuestras visceras: el militarismo y la demagogia populista.
Pero ser amigo del país parecía una buena idea. La amistad era el anhelado denominador común, aquella prioridad que Octavio Paz calificó de esencial para que se dé la igualdad y la libertad: la fraternidad. El fraternizar con nuestro suelo es regar nuestras raíces, es sonreírle a nuestra cuna y es respetar a nuestro hermano conciudadano. Una relación de cooperación y de amistad con nuestro terruño que prescinda de intermediarios es necesaria, pues Panamá está sola e indefensa mientras que Mamón y sus asociados están muy bien asesorados.
Los partidos políticos, hoy en día, limitan la efervescencia de nuestro pensamiento y la voluntad de cambio. Nuevas generaciones, impulsadas por diatribas inerciales, pisan las huellas de patriarcas fallecidos para perpetuar décadas de intransigencia. Estamos próximos a cumplir un siglo de lineamientos partidistas y buenas intenciones; promesas que brillan como epifanías, pero que terminan asfixiadas en medio de pugnas fugaces. Son casi 100 años de bancadas republicanas que enarbolan críticas como estandartes, críticas que en muchos casos carecen de fundamento y que se repiten una y otra vez como discursos de barricada. Sus perspectivas van de lustro en lustro, sin reparar en el bienestar del país, sólo buscan abrir espacios políticos para sus afiliados. El partido busca el poder y cuando lo consigue, se convierte en foco de negocios y matraqueos. Panamá es una democracia de politburós: el partido lo es todo.
Los movimientos sindicales y estudiantiles tristemente se aferran a ideologías derretidas y no ofrecen una sana alternativa ante la improvisación de los bloques constituidos. Ellos, al buscar el brío y la originalidad, caen en el fanatismo al recurrir nostálgicamente a istmos derrotados por la realidad. El único istmo que debe tener cabida en nuestro ser es el idealismo; no el utópico, que desgraciadamente raya en lo absurdo y que nos ha costado varias revoluciones sangrientas, debe ser un idealismo sin compromisos, moderado y abierto a nuevas ideas.
Cabe destacar que el arte político es crucial en nuestro desarrollo como personas. Nuestra afiliación partidista o sindical es una herramienta en el ejercicio de este derecho que, según Aristóteles, es inherente a nuestras almas. Pero antes de identificar el corazón con otras banderas, hay que entablar un dialogo más personal con nuestros lares... debemos fraternizar con Panamá.
Por ello, creo que cada uno de nosotros, ciudadanos de este país, tenemos que hacer un examen de consciencia para buscar nuestra propia identidad, alejada del sofismo comunista, del populismo atrofiante y de la egolatría globalizante de la tradición partidista. Al ser bastiones de ideas y soluciones verdaderamente independientes, seremos testigos de una transformación; nuestras opiniones serán las aguas que dotarán de vida a un río, cuya vertiente, en continuo crecimiento, desembocará en el futuro... Nuestro futuro como nación.

101 años de Panamá América

 
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