Panamá, ¿país del primer mundo?
DESDE hace mucho hemos escuchado que Panamá realiza ingentes esfuerzos, aunque no planificados ni organizados, para convertirse en un país digno del "primer mundo". Sin embargo, a pesar que se ha avanzado en muchos aspectos, en los básicos continuamos rezagados. Y con esto me refiero a la educación, a los principios que sostengan la existencia (plan de vida, le llaman algunos estudiosos) y los valores que orienten el proceso.
Esos fundamentos han sido ignorados desde hace mucho y nos han permitido entrar al "primer mundo". Sí, suena paradójico, pero no lo es; de ese modelo que queremos imitar hemos tomado lo negativo más rápido que lo positivo. Hemos copiado y, por lo tanto, adquirido, el estilo de vida de ese primer mundo; pero sin los fundamentos que sostienen a dichas sociedades mal llamadas desarrolladas. Hemos adquirido, adicionalmente, las enfermedades de ese mundo tal cual son y con todas sus consecuencias. Me refiero a las cardiovasculares, al cáncer, a la obesidad, a la anorexia y bulimia, la depresión y todas las formas que afectan al estado del ánimo y sobre todo, a la violencia y al suicidio. Aquí me detengo, pues en este problema radica la razón de mi escrito. Desde que existe el ser humano, existen las enfermedades orgánicas y posiblemente las mentales; pero también ha existido el suicidio. La opción de que la propia persona decida terminar con su existencia empleando una acción o medio planificado ha sido parte de la evolución humana; pero siempre esta opción ha estado ligada a la eliminación del dolor físico, del sufrimiento emocional, de la deshonra o pérdida del honor o para lograr una manera de trascender a la sociedad en la que se desenvolvía la persona.
En los tiempos actuales, a nivel mundial y en este país, observo con preocupación el aumento en el número de personas que acaban con sus vidas debido a problemas económicos (desempleo, pérdida del trabajo, pérdida o incapacidad para acceder a una vivienda digna, desvinculación del núcleo familiar para sobrevivencia de los menores de edad), así como enfermedades discapacitantes y/o crónicas, inexistencia de principios, valores o un plan de vida que guíe y dé sentido a la persona. Tras estas razones, inclusive de aquellas que no menciono, el verdadero problema es la existencia de una enfermedad no diagnosticada ni tratada por cuanto no es considerada como tal por esta sociedad por motivos educativos: la depresión.
Generalmente, las personas acuden al médico si consideran que poseen los síntomas que caracterizan al dengue, a la gripe, a la migraña, a la hipertensión, a los problemas cardiovasculares o a aquellos que pudieran sugerir el inicio de un cáncer. Sin embargo, nadie acude al médico porque considere que posee los síntomas que caracterizan a la depresión o a alguno de los trastornos del estado del ánimo. Y esto es así, porque desconocen cuáles son.
Nuestro sistema de salud ha descubierto que la prevención de las enfermedades infectocontagiosas y orgánicamente discapacitantes a través de la educación de la comunidad ahorra grandes costos al Estado, pero aún es del tipo "apaga fuegos" en lo que respecta a la prevención de las enfermedades psicológicas, llámense mentales, emocionales o del comportamiento. Se han realizado estudios en otros países que sugieren que hasta un 85% de las consultas de salud recibidas en Medicina General pueden tener base psicógena y no orgánica; esto es, ser causadas por estrés, ansiedad, angustia, sentimientos de culpa, traumas emocionales o sexuales, problemas de comunicación interpersonal, distorsiones del autoconcepto, de la sexualidad y de la personalidad de la persona que acude a consultarse.
Si ello es así, quiere decir que nuestra población inconscientemente clama por atención especializada de tipo psicológica. En los países del "primer mundo" es común y hasta bien visto que una persona tenga su médico y su psicólogo de cabecera. En Panamá, sin embargo, ir al psicólogo es sinónimo de aceptar que estás loco, es motivo de vergüenza o que debes estar en un manicomio. ¿Por qué nos negamos a aceptar que el ser humano no sólo se compone de la parte física u orgánica, sino que también posee un componente psicológico, otro social y otro espiritual? Si sólo se le presta atención a uno de los componentes de la persona, ¿cómo se espera que sobreviva a las exigencias de la sociedad actual?
Los jóvenes son especialmente vulnerables al suicidio dentro de la población por el padecimiento de una depresión no diagnosticada. Investigaciones demuestran que el origen de un eventual suicidio se instala en la adolescencia y se incuba por un período de 10 a 15 años, desatando sus efectos más adversos cuando la persona es un adulto joven y económicamente activo, esto es, cuando se espera que sea parte del motor que impulsa el desarrollo socioeconómico del país.
Si pudiéramos educar a los jóvenes en lo referente a mantener una salud mental cónsona con la salud orgánica, y a la visualización que ir al psicólogo no significa que se esté loco, estaríamos evitando que Panamá perdiera hombres y mujeres valiosos para el relevo generacional necesario que nos permita el crecimiento como país.
(*) Estudiante de tesis de la maestría en Psicología Clínica.
Esos fundamentos han sido ignorados desde hace mucho y nos han permitido entrar al "primer mundo". Sí, suena paradójico, pero no lo es; de ese modelo que queremos imitar hemos tomado lo negativo más rápido que lo positivo. Hemos copiado y, por lo tanto, adquirido, el estilo de vida de ese primer mundo; pero sin los fundamentos que sostienen a dichas sociedades mal llamadas desarrolladas. Hemos adquirido, adicionalmente, las enfermedades de ese mundo tal cual son y con todas sus consecuencias. Me refiero a las cardiovasculares, al cáncer, a la obesidad, a la anorexia y bulimia, la depresión y todas las formas que afectan al estado del ánimo y sobre todo, a la violencia y al suicidio. Aquí me detengo, pues en este problema radica la razón de mi escrito. Desde que existe el ser humano, existen las enfermedades orgánicas y posiblemente las mentales; pero también ha existido el suicidio. La opción de que la propia persona decida terminar con su existencia empleando una acción o medio planificado ha sido parte de la evolución humana; pero siempre esta opción ha estado ligada a la eliminación del dolor físico, del sufrimiento emocional, de la deshonra o pérdida del honor o para lograr una manera de trascender a la sociedad en la que se desenvolvía la persona.
En los tiempos actuales, a nivel mundial y en este país, observo con preocupación el aumento en el número de personas que acaban con sus vidas debido a problemas económicos (desempleo, pérdida del trabajo, pérdida o incapacidad para acceder a una vivienda digna, desvinculación del núcleo familiar para sobrevivencia de los menores de edad), así como enfermedades discapacitantes y/o crónicas, inexistencia de principios, valores o un plan de vida que guíe y dé sentido a la persona. Tras estas razones, inclusive de aquellas que no menciono, el verdadero problema es la existencia de una enfermedad no diagnosticada ni tratada por cuanto no es considerada como tal por esta sociedad por motivos educativos: la depresión.
Generalmente, las personas acuden al médico si consideran que poseen los síntomas que caracterizan al dengue, a la gripe, a la migraña, a la hipertensión, a los problemas cardiovasculares o a aquellos que pudieran sugerir el inicio de un cáncer. Sin embargo, nadie acude al médico porque considere que posee los síntomas que caracterizan a la depresión o a alguno de los trastornos del estado del ánimo. Y esto es así, porque desconocen cuáles son.
Nuestro sistema de salud ha descubierto que la prevención de las enfermedades infectocontagiosas y orgánicamente discapacitantes a través de la educación de la comunidad ahorra grandes costos al Estado, pero aún es del tipo "apaga fuegos" en lo que respecta a la prevención de las enfermedades psicológicas, llámense mentales, emocionales o del comportamiento. Se han realizado estudios en otros países que sugieren que hasta un 85% de las consultas de salud recibidas en Medicina General pueden tener base psicógena y no orgánica; esto es, ser causadas por estrés, ansiedad, angustia, sentimientos de culpa, traumas emocionales o sexuales, problemas de comunicación interpersonal, distorsiones del autoconcepto, de la sexualidad y de la personalidad de la persona que acude a consultarse.
Si ello es así, quiere decir que nuestra población inconscientemente clama por atención especializada de tipo psicológica. En los países del "primer mundo" es común y hasta bien visto que una persona tenga su médico y su psicólogo de cabecera. En Panamá, sin embargo, ir al psicólogo es sinónimo de aceptar que estás loco, es motivo de vergüenza o que debes estar en un manicomio. ¿Por qué nos negamos a aceptar que el ser humano no sólo se compone de la parte física u orgánica, sino que también posee un componente psicológico, otro social y otro espiritual? Si sólo se le presta atención a uno de los componentes de la persona, ¿cómo se espera que sobreviva a las exigencias de la sociedad actual?
Los jóvenes son especialmente vulnerables al suicidio dentro de la población por el padecimiento de una depresión no diagnosticada. Investigaciones demuestran que el origen de un eventual suicidio se instala en la adolescencia y se incuba por un período de 10 a 15 años, desatando sus efectos más adversos cuando la persona es un adulto joven y económicamente activo, esto es, cuando se espera que sea parte del motor que impulsa el desarrollo socioeconómico del país.
Si pudiéramos educar a los jóvenes en lo referente a mantener una salud mental cónsona con la salud orgánica, y a la visualización que ir al psicólogo no significa que se esté loco, estaríamos evitando que Panamá perdiera hombres y mujeres valiosos para el relevo generacional necesario que nos permita el crecimiento como país.
(*) Estudiante de tesis de la maestría en Psicología Clínica.