Panamá: un bipartidismo asfixiante
A pesar de ser cuatro los candidatos a la Presidencia de la República, serán nuevamente dos los polos que pugnarán por el poder el próximo 2 de mayo. El polo arnulfista, que en esta ocasión se presenta con dos candidatos: José Miguel Alemán como candidato oficial y Guillermo Endara como candidato disidente, y el polo del PRD representado esta vez por Martín Torrijos Espino.
De triunfar Martín Torrijos, como lo pronostican hasta el momento todas las encuestas, se consolidaría -sin duda alguna- en Panamá un bipartidismo a rajatabla, pues se cerrarían con dicho resultado dos ciclos de alternancia político-electoral entre el PRD y el Partido Arnulfista (Guillermo Endara, Ernesto Pérez Balladares, Mireya Moscoso, Martín Torrijos).
Esta concentración perniciosa del poder político demuestra que nuestro sistema electoral requiere urgentemente una apertura, ya que los canales de participación política son abiertamente discriminatorios: Por una parte, nuestra legislación electoral (ver Art. 205 del Código Electoral) prohíbe, de un solo plumazo, a miles de ciudadanos panameños ser candidatos a Presidente y Vicepresidente de la República y a Legislador por el sólo hecho de no pertenecer a ninguno de los partidos políticos existentes. Por la otra, y como si fuera poco, la praxis política durante estos 14 años de "transición democrática" ha demostrado que para ser Presidente de Panamá (o al menos candidato) se requiere estar inscrito en el PRD o en el Partido Arnulfista, sin más (v.gr. los últimos tres presidentes).
Ahora entendemos por qué escribía Leibholz que en este tipo de sistemas políticos, "los partidos son los verdaderos portadores del Estado." Así, en materia electoral, para el Estado panameño, fuera de los partidos políticos no hay nada (ni ciudadano elegible, ni pueblo que valga). Todo parece indicar que los intereses particulares de las élites criollas son más importantes que los derechos de todo ciudadano de elegir y ser electo. Se trata -como anota el politólogo Rubén D. Rodríguez Patiño- de "una democracia al menor costo posible".
Estas deformaciones estratégicas provocadas conscientemente por la clase política panameña deben ser corregidas antes que sea muy tarde, pues como advierte el precitado autor, "el porvenir exigirá -si es que anhelamos la consolidación de la democracia- desbordar aquel sistema dual que concebía un mercado político con dos categorías: los integrados y los marginados".
En conclusión, la reforma electoral que necesitamos debe pasar ineludiblemente por una constituyente dirigida a incluir a los excluidos del espectro político (facilitar las candidaturas independientes a todos los niveles representativos, así como la inscripción de partidos políticos a nivel nacional y local, etc.), pues no nos queda duda de que nuestro sistema electoral es democrático sólo en apariencia, pero su trasfondo es esencialmente elitista.
El Foro no tiene una ideología. Es una conversación desde distintas posiciones ideológicas. Si las propuestas que aprobó la Asamblea General del Foro el año pasado en abril y en la del pasado mes de febrero pueden parecer críticas de la labor de los órganos del Estado y denotan una distancia respecto de los partidos políticos, ello se debe sencillamente a que estos actores de la política nacional no acudieron en forma organizada ni sistemática a las reuniones de las mesas de trabajo, ni a las asambleas generales, a las que siempre se les invitó. Los diálogos y los consensos se hacen siempre con los que se encuentran presentes en la discusión. En sus sesiones de trabajo nadie tiene la verdad, ni el poder de definirla; del conjunto de las intervenciones puede emerger el trazo de una posible ruta de acción.
El Foro no es una comisión de estudio de los problemas de la realidad nacional. El Foro tampoco busca una interpretación de la historia, ni de la situación actual. Todos los participantes tienen derecho a la suya y tienen la obligación de respetar la de los demás. Lo que se discute en el Foro es qué es lo que vamos a hacer como país. Se trata pues solo de concertar acciones, de una manera pública, abierta a la participación ciudadana, y con la carga de razonar de modo honesto e informado. Como se trata de arribar a consensos, las propuestas del Foro no están escritas en piedra. No hay necesidad pues de tirarle piedras al Foro.
De triunfar Martín Torrijos, como lo pronostican hasta el momento todas las encuestas, se consolidaría -sin duda alguna- en Panamá un bipartidismo a rajatabla, pues se cerrarían con dicho resultado dos ciclos de alternancia político-electoral entre el PRD y el Partido Arnulfista (Guillermo Endara, Ernesto Pérez Balladares, Mireya Moscoso, Martín Torrijos).
Esta concentración perniciosa del poder político demuestra que nuestro sistema electoral requiere urgentemente una apertura, ya que los canales de participación política son abiertamente discriminatorios: Por una parte, nuestra legislación electoral (ver Art. 205 del Código Electoral) prohíbe, de un solo plumazo, a miles de ciudadanos panameños ser candidatos a Presidente y Vicepresidente de la República y a Legislador por el sólo hecho de no pertenecer a ninguno de los partidos políticos existentes. Por la otra, y como si fuera poco, la praxis política durante estos 14 años de "transición democrática" ha demostrado que para ser Presidente de Panamá (o al menos candidato) se requiere estar inscrito en el PRD o en el Partido Arnulfista, sin más (v.gr. los últimos tres presidentes).
Ahora entendemos por qué escribía Leibholz que en este tipo de sistemas políticos, "los partidos son los verdaderos portadores del Estado." Así, en materia electoral, para el Estado panameño, fuera de los partidos políticos no hay nada (ni ciudadano elegible, ni pueblo que valga). Todo parece indicar que los intereses particulares de las élites criollas son más importantes que los derechos de todo ciudadano de elegir y ser electo. Se trata -como anota el politólogo Rubén D. Rodríguez Patiño- de "una democracia al menor costo posible".
Estas deformaciones estratégicas provocadas conscientemente por la clase política panameña deben ser corregidas antes que sea muy tarde, pues como advierte el precitado autor, "el porvenir exigirá -si es que anhelamos la consolidación de la democracia- desbordar aquel sistema dual que concebía un mercado político con dos categorías: los integrados y los marginados".
En conclusión, la reforma electoral que necesitamos debe pasar ineludiblemente por una constituyente dirigida a incluir a los excluidos del espectro político (facilitar las candidaturas independientes a todos los niveles representativos, así como la inscripción de partidos políticos a nivel nacional y local, etc.), pues no nos queda duda de que nuestro sistema electoral es democrático sólo en apariencia, pero su trasfondo es esencialmente elitista.
El Foro no tiene una ideología. Es una conversación desde distintas posiciones ideológicas. Si las propuestas que aprobó la Asamblea General del Foro el año pasado en abril y en la del pasado mes de febrero pueden parecer críticas de la labor de los órganos del Estado y denotan una distancia respecto de los partidos políticos, ello se debe sencillamente a que estos actores de la política nacional no acudieron en forma organizada ni sistemática a las reuniones de las mesas de trabajo, ni a las asambleas generales, a las que siempre se les invitó. Los diálogos y los consensos se hacen siempre con los que se encuentran presentes en la discusión. En sus sesiones de trabajo nadie tiene la verdad, ni el poder de definirla; del conjunto de las intervenciones puede emerger el trazo de una posible ruta de acción.
El Foro no es una comisión de estudio de los problemas de la realidad nacional. El Foro tampoco busca una interpretación de la historia, ni de la situación actual. Todos los participantes tienen derecho a la suya y tienen la obligación de respetar la de los demás. Lo que se discute en el Foro es qué es lo que vamos a hacer como país. Se trata pues solo de concertar acciones, de una manera pública, abierta a la participación ciudadana, y con la carga de razonar de modo honesto e informado. Como se trata de arribar a consensos, las propuestas del Foro no están escritas en piedra. No hay necesidad pues de tirarle piedras al Foro.