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¡Panamá: un Estado a la deriva!


Ya nadie lo duda. Hasta muchos de los que, por filiación política, por parentesco o por amiguismo, gozan de los favores del gobierno actual, en privado no lo niegan: vivimos en un Estado a la deriva, huérfano de conductores y de dirigentes políticos auténticos. La nación panameña navega a la deriva, desde hace justo más de dos años, cual navío sin timonel. Pero, a pesar de ello, el pueblo -la única fuerza con que cuenta el país- sigue en pie, atento a la próxima cita electoral, a la aparición de esos buenos conductores que lo lleven en la búsqueda de su propio destino. Conductores con valor, con coraje y entusiasmo, con audacia intelectual, honestidad y claridad de propósitos: que comprendan que la defensa del ciudadano (no el nepotismo ni la corrupción) es la primera base de la defensa de la democracia. Y que sepan también que alrededor del hombre y la mujer modestos, del ciudadano corriente, del hombre y la mujer de la calle, del campo y de la plaza, se teje esa fundamental piel interna que tiene la democracia. Sin ese tejido íntimo, la democracia no funciona.
Pareciera que el gobierno actual se ha contentado con extasiarse en la contemplación del pasado reciente (el triunfo obtenido en las elecciones nacionales del 2 de mayo de 1999), y pregonar una y otra vez que vivamos en "democracia". Sin embargo, el reclamo fundamental del país es el de estar plenamente consciente de que la vida del pueblo no se hace en un solo momento, sino que es el resultado de una continuidad en el esfuerzo, en el pensamiento y en la acción.
Panamá, pese a la miopía de los "politiqueros" y de los gobernantes de turno, concibe su democracia social profundamente sembrada en su sensibilidad de pueblo y nación, porque entiende que ésta le permite una ventaja como país, para asimilar otras formas de experiencia política y para fortalecer otras maneras de conducta democrática. Una democracia que no sea privilegio de unos pocos o la esgrima momentánea de intereses políticos que se encuentran accidentalmente, sino un modo de vivir y de hacer, de distribuir y de crear. Pero, contrario a ello, existen en el país signos cargados de ondas preocupaciones, cuya presencia no es notoria únicamente en los conturbados sectores marginados sino también en los demás sectores de la población de uno u otro confín de la República.
La preocupación colectiva sube de grado de día en día. Sobre todo, esa intensa y febril disputa de los primordiales elementos de la subsistencia humana, que se manifiesta especialmente por el alto índice de desempleo existente en el país; agravado por la nefasta práctica gubernamental de despidos masivos en los ministerios e instituciones estatales. Mientras tanto, sólo unas pocas familias acaparan los puestos mejor remunerados del Estado, rebajando la calidad y eficiencia en el servicio de la administración pública.
Como nación, como pueblo, como única fuerza verdadera, acaso nos mantenemos por instinto propio de la especie que se resiste a sucumbir; o mejor todavía, por la sabiduría innata y la inquebrantable fe de un pueblo cristiano que no quiere morir. ¡Panamá necesita, hoy como nunca antes, y con urgencia, de un puñado de conductores nacionales; de hombres y mujeres organizados, ordenados, capaces, con vocación de sacrificio, comprometidos con el país, de manos limpias y de intenciones honradas!.
Pocos ponen en duda la notable falta de conductores y dirigentes políticos auténticos, frente a las terribles consecuencias de esta grave crisis política, económica, social y cultural generalizada en nuestro país. Panamá, en el pasado, ha producido algunos hombres y mujeres con capacidad de dirección, con gran sensibilidad humana y con sobrado coraje para la toma de decisiones; pero en la actualidad política que vivimos, no cuenta con alguno capaz de arrastrar al pueblo panameño tras de sí.

101 años de Panamá América

 
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