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¿Panamá, un país invertebrado?


Pareciera ser una constatación, sin ofender. Panamá carece de espina dorsal, por tal razón parece ser un país sin espinazo, sin vértebras, es decir, invertebrado. Tal reflexión no quiere decir que los panameños nos arrastremos por el suelo, lo cual metafóricamente hablando no está muy lejos de la realidad si nos aferramos al recurso más adorado de los tecnócratas que nos gobiernan, las estadísticas. Panamá carece de disciplina, columna vertebral de toda sociedad organizada. Esto implica que el grupo social no se mueve, ni se desarrolla en una dirección determinada. En efecto, Panamá se desarrolla en forma amorfa, tal como lo hace su ciudad capital. Esto es debido, fundamentalmente, a la ausencia de una propuesta de definición por parte del grupo dominante, política y económicamente hablando. Así, por ejemplo, en la Revolución Francesa, la burguesía, grupo dominante de su época, desplazó a la aristocracia e impuso su proyecto de Estado-Nación; en la Revolución Bolchevique, el proletariado de Lenin desplazó a la burguesía y a la aristocracia del poder e impuso su proyecto. En nuestro país, la burguesía de inicios del siglo XX impuso su proyecto y obtuvo la independencia del país.
Otros ejemplos pueden ser citados. Lo importante a resaltar es que una sociedad se mueve a través de proyectos de los grupos dominantes. La falta de ellos hace que el país carezca de norte y, por qué no, también de sur, de este o de oeste. La reversión del Canal a nuestro país no escapa a esta premisa. El problema panameño es que no contamos, como país, con una propuesta, la cual perdimos desde el 31 de diciembre de 1999 y nuestra clase dominante política y socioeconómica ha sido incapaz, al menos por el momento, de proponernos algo más que reinados, ferias y fiestas; exabruptos y escándalos. Tal realidad se manifiesta por el hecho que ninguno de los partidos políticos que nos gobiernan, incluyendo los de la oposición, han sido capaces de proponernos un diseño, una radiografía, un esqueleto, tan siquiera un borrador tachado del país que desean. Su esfuerzo no ha acompañado tal propósito, por ello no tratan de convencernos que ese es el país que nos conviene, por el contrario, el resumen de su política se reduce a personalidades tan fugaces como superficiales, faltos de personalidad, como de sustancia. Ausentes, impávidos, sordos y mudos, translúcidos que hasta antes que hablen ya sabemos lo que dirán.
Los partidos políticos están imaginados, al contrario, no para que luchen entre sí para alcanzar el poder, por lo que éste les beneficia, sino por lo que éste representa y permite. El poder es un medio, no un fin. El poder político asegura al que lo ejerce, la posibilidad de ejecutar el Proyecto-Nación que ha concebido y que ha impuesto al país a través del convencimiento y de las urnas.
En Francia, por ejemplo, al proyecto de nación de los socialistas se le opuso el proyecto de la derecha moderada y de la ultraderecha de Jean-Marie Le Pen. Los electores escogieron el proyecto presentado por el grupo encabezado por Jacques Chirac. Proyecto que el domingo 9 de junio recibió el respaldo de los electores, al elegir una posible mayoría absoluta en el Parlamento.
Un proyecto-nación implica un análisis del Estado, su estructura y funcionamiento. De igual manera, conlleva una definición de las prioridades del país y de su pueblo y las posibles soluciones a dichos problemas, debidamente justificadas y sustentadas que la hagan, al menos, aceptables. Así mismo, un proyecto-nación debe considerar las áreas que recibirán, en mayor volumen, la acción del Estado. Finalmente, este plan de trabajo significa la descripción pormenorizada y justificada del país que será el resultado de la ejecución de dicho proyecto-nación.
El esfuerzo del grupo dominante debe estar dirigido a ejecutar el proyecto planteado y aceptado, o impuesto. El salirse de tal diseño, o dejarlo a un lado, es merecedor, como le ha pasado a los socialistas europeos, de una sanción: "La imposición de un proyecto de recambio".
Creemos que somos capaces de emprender la tarea de diseñar el país que soñamos, el que queremos, el que puede ser capaz de auto reflexionar y de auto criticarse; el que permite crecer, el que es igualitario y positivista; el que se preocupa por los desamparados, el que es solidario, el que es fuerte y digno y se hace respetar; el que lucha por la Nación y fortalece los lazos entre los pobladores del país y no los reduce a números o estadísticas, tanto adoradas por los tecnócratas, sino para que sea un país incluyente y participativo. Recordemos necesariamente que desde Aristóteles, el principal objetivo de un buen ciudadano es la participación al gobierno y la defensa del Estado y el principal fin del Estado es el bienestar común. Todas estas reformas pasan por un cambio. Panamá está enferma de sus propias carencias. No es un problema de simples números que normalmente esconden las verdaderas realidades. Es un dilema de realidades, de esfuerzo común, de tolerancia y de reconciliación. La indisciplina, la desconfianza y el desorden deben ser controlados, de lo contrario, nuestro destino no va a ser diferente al de algunos países del sur, cuyo nombre no queremos mencionar, para no ofender en la comparación al no haber guardado las distancias.

101 años de Panamá América

 
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