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Panamá y el caso venezolano


El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, dio ayer otro importante paso hacia lo que denomina su "revolución pacífica", cuando por amplia mayoría, sus compatriotas aprobaron por referéndum la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente que dictaría una nueva Carta Magna en reemplazo de la actual que data de 1961.
Ya hemos explicado en ediciones previas, que el mandatario no es el prototipo de un demócrata; y que no se cansa de amenazar con disolver al Congreso y al Poder Judicial, cada vez que se oponen a la excesiva concentración de poder a la que aspira Chávez.
Con un respaldo que excede al 85% de los ciudadanos, no parece haber dudas de que Chávez está en su momento, dando crédito a su afirmación de que el sistema político actual ha colapsado bajo el peso de la corrupción y la ineficiencia, que han conducido al país a niveles de pobreza de 85%, desempleo de 15% y subempleo de 50%, en medio de un mar de riqueza petrolera.
Chávez se encuentra sumido en un pulso con el Congreso y el Organo Judicial, requiriendo facultades extraordinarias al primero para gobernar por decreto; y presionando al último para que reconozca la posibilidad de disolver a aquél, mediante decisión de los constituyentes.
Hasta ahora, con mucha precariedad, - temblando de pies a cabeza -, ambos han resistido la embestida, pero no se sabe por cuánto tiempo. El pueblo exige para el mandatario todos los poderes que requiere para conjurar la crisis; y cualquier negativa puede conducir a que se impute a los demás órganos la culpa de un eventual fracaso de los programas que emprenda el presidente.
Venezuela depende del petróleo tanto como Panamá del Canal; y ambos comparten el mismo cuadro de un agro golpeado y densas concentraciones urbanas agobiadas por grandes bolsones de pobreza. Los indicadores sociales son igual de malos en uno y otro caso.
Un leve vistazo a las ciudades de Panamá y Caracas advertiría que no hay gran diferencia entre los misérrimos cerros que rodean la metrópoli venezolana y las colinas paupérrimas que aprisionan la capital istmeña en San Miguelito, Las Cumbres, Veracruz, Arraiján, La Chorrera y Capira.
Ambas naciones comparten asimismo el cuadro del desgaste de los partidos políticos y el vacío de liderazgo. La diferencia es que en el hermano país, la crisis ha generado la aparición del caudillismo de Chávez cuando la situación llegó al extremo de empobrecer a la clase media.
Sólo un buen gobierno, que atienda a los pobres, consienta a la clase media y frene la corrupción, puede evitar que un día nos amanezca un caudillo similar, pregonando por un "revolcón", al que una vez se refiriera más en serio que en broma José Salvador Muñoz.

101 años de Panamá América

 
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