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Panamá y las FARC


Es cierto, Panamá debe hacer hasta lo imposible para evitar inmiscuirse en un asunto colombiano que lleva ya casi medio siglo. Lo que las FARC no pueden esperar, sin embargo, es que las autoridades panameñas se crucen de brazos ante sus poco ortodoxas e ilegales formas operativas. No inmiscuirse en el problema colombiano no es sinónimo de dejar hacer y dejar pasar las actividades delincuenciales que ese grupo subversivo ha practicado en su país por tantos años, y que, según demuestran las informaciones, practican en países vecinos. Y no se trata de lenguajes formalistas o discursos hipócritas sobre el llamado respeto de la guerrilla a las naciones vecinas, porque toda la actividad de las FARC demuestra la existencia de un doble juego que, mientras se presenta abiertamente como honorable, solapadamente incorpora secuestros, asaltos, tráfico de armas y otras actividades. Si no, habría que preguntarse si se han dado o no detenciones de sus altos dirigentes en países fronterizos con Colombia, y si en el caso de Panamá han o no utilizado el área fronteriza para sus fechorías, nuestro territorio para el trasiego de armas y drogas y para otras pillerías. En lugar de producir comunicados incoherentes, debían estar empeñadas en esfuerzos serios para poner fin a sus actividades ilícitas y permitirle al pueblo colombiano y a los países vecinos construir su vida y su futuro sin amenazas ni zozobras.

101 años de Panamá América

 
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