Panamá y los vientos de guerra
Nuestro corresponsal en Washington, Henry Raymont, nos habla de escalofriantes señales que se perciben allá sobre lo que indudablemente constituye una escalada de la guerra en Colombia tras hacerse efectiva la ayuda militar de 1,300 millones de dólares aprobada por Estados Unidos para combatir al narcotráfico.
A esa ayuda hay que sumar otra por unos $700 millones que ha prometido la Unión Europea en inversiones que llamaríamos "de acción cívica", con el obvio propósito de atender refugiados y otros desplazados del conflicto.
Parte de la contribución europea será para orientar a campesinos sembradores de coca y dormideras hacia cultivos tradicionales. Es una especie de "espada y la cruz" de los españoles durante la conquista. Esa es la nueva concepción de la guerra moderna. Ya no se persigue la mera destrucción del enemigo, sino su asimilación final mientras se le golpea.
Fuentes diplomáticas de los países vecinos a Colombia confirman que hay un plan coordinado para sellar las fronteras. No se trata de un cierre, más bien es una cortina de hierro que procura que la guerra no se extienda a otras naciones. Por eso se salvó Fujimori.
Oficialmente se ha informado al Congreso norteamericano que unos mil soldados de esa nación participarán en la guerra, piloteando helicópteros Huey y Blackhawks, en versión de última generación de sus homónimos que combatieron en Viet Nam. El Ejecutivo estadounidense se ha esmerado en descartar su participación directa en combate con la guerrilla, pero nadie les cree. Nosotros tampoco. En Asia empezaron así y se empantanaron hasta el cuello.
Es de esperar que centenares de tropas transiten por nuestros hoteles y aeropuertos. Y es inevitable que, igual que circulan por nuestro suelo drogas y dinero entre Colombia y Estados Unidos, estando en el medio del conflicto, transiten por aquí toneladas de armas, municiones, alimentos y medicinas. Numerosas tropas de refresco también lo harán en flujo continuo.
La guerrilla hará lo mismo a su modo y tras ellos los paramilitares. De hecho ya tuvimos una pequeña muestra con el frustrado robo de un helicóptero civil en nuestro territorio por parte de agentes secretos del ejército colombiano.
Panamá amenaza con convertirse en un Casablanca de la Segunda Guerra Mundial, territorio neutral en el que concurrían los contendientes para descansar, intrigar, negociar armas, espiar y combatirse en secreto. El riesgo de vernos arrastrados a una guerra que no es nuestra es enorme.
Quizás eso explique parte de lo que nos está ocurriendo en ambos sentidos, en lo bueno y lo malo. Es el eterno juego del reflejo condicionado de Pavlov, el dar y quitar, golpear y premiar para condicionar una determinada conducta. Se suele hacer lo mismo con los países, como con el can, sin que éste sepa lo que le está ocurriendo. Observemos las señales. No es tan difícil hacerlo.
A esa ayuda hay que sumar otra por unos $700 millones que ha prometido la Unión Europea en inversiones que llamaríamos "de acción cívica", con el obvio propósito de atender refugiados y otros desplazados del conflicto.
Parte de la contribución europea será para orientar a campesinos sembradores de coca y dormideras hacia cultivos tradicionales. Es una especie de "espada y la cruz" de los españoles durante la conquista. Esa es la nueva concepción de la guerra moderna. Ya no se persigue la mera destrucción del enemigo, sino su asimilación final mientras se le golpea.
Fuentes diplomáticas de los países vecinos a Colombia confirman que hay un plan coordinado para sellar las fronteras. No se trata de un cierre, más bien es una cortina de hierro que procura que la guerra no se extienda a otras naciones. Por eso se salvó Fujimori.
Oficialmente se ha informado al Congreso norteamericano que unos mil soldados de esa nación participarán en la guerra, piloteando helicópteros Huey y Blackhawks, en versión de última generación de sus homónimos que combatieron en Viet Nam. El Ejecutivo estadounidense se ha esmerado en descartar su participación directa en combate con la guerrilla, pero nadie les cree. Nosotros tampoco. En Asia empezaron así y se empantanaron hasta el cuello.
Es de esperar que centenares de tropas transiten por nuestros hoteles y aeropuertos. Y es inevitable que, igual que circulan por nuestro suelo drogas y dinero entre Colombia y Estados Unidos, estando en el medio del conflicto, transiten por aquí toneladas de armas, municiones, alimentos y medicinas. Numerosas tropas de refresco también lo harán en flujo continuo.
La guerrilla hará lo mismo a su modo y tras ellos los paramilitares. De hecho ya tuvimos una pequeña muestra con el frustrado robo de un helicóptero civil en nuestro territorio por parte de agentes secretos del ejército colombiano.
Panamá amenaza con convertirse en un Casablanca de la Segunda Guerra Mundial, territorio neutral en el que concurrían los contendientes para descansar, intrigar, negociar armas, espiar y combatirse en secreto. El riesgo de vernos arrastrados a una guerra que no es nuestra es enorme.
Quizás eso explique parte de lo que nos está ocurriendo en ambos sentidos, en lo bueno y lo malo. Es el eterno juego del reflejo condicionado de Pavlov, el dar y quitar, golpear y premiar para condicionar una determinada conducta. Se suele hacer lo mismo con los países, como con el can, sin que éste sepa lo que le está ocurriendo. Observemos las señales. No es tan difícil hacerlo.