Panamá y su política exterior
De acuerdo al artículo 179 de nuestra Constitución actual son atribuciones del presidente de la República dirigir las relaciones exteriores con la participación del ministro del ramo quien a su vez tiene la potestad de consultar y alimentarse de las opiniones del Consejo Nacional de Relaciones Exteriores. La Asamblea, también participa a través de la Comisión de Política Exterior de estos temas como ente fiscalizador. A parte de estas instancias nadie más del gobierno debe hacer opinión pública en temas tan complejos y delicados porque confunden y distorsionan nuestra política externa creándole en muchos casos malentendidos y hasta deterioro en nuestros nexos con otros gobiernos.
La opinión de las relaciones diplomáticas debe ser uniforme y firme. Es necesario exponer nuestras ideas con claridad y no permitirnos declaraciones encontradas entre los diferentes voceros porque se convierten en peligrosas grietas por donde penetran las dudas y se fugan las ventajas.
Nuestra política exterior vivió desde el nacimiento de la República encadenada a lo que era nuestro más cálido anhelo: la recuperación total de nuestro territorio y nuestro principal bien: el Canal.
Consumado este propósito, a finales del año pasado, hemos llegado a la etapa de la madurez que nos obliga a profundas reflexiones de lo que deseamos y esperamos de nuestros vecinos y la comunidad internacional. En este tránsito, en este accionar a veces doloroso de la niñez a la pubertad, se lograron cosas positivas que debemos consolidar como país y que han hecho a Panamá merecedora del reconocimiento mundial como eficaz mediadora en graves crisis internacionales, como fiel defensor de la doctrina Bethancourt y como ejemplo supremo a los pueblos de que por la vía pacífica y una diplomacia que traduzca el sentir de sus ciudadanos se pueden lograr todos los objetivos sin importar el tamaño y el poder de los estados.
Somos un país pequeño pero dentro del concierto de las naciones hemos sido una voz permanente dispuesta a trabajar y a luchar a favor de la paz. Estamos enfrentados a situaciones interesantes que subyacen de los tratados canaleros y Panamá debe tomar una posición. Una posición que signifique defender sus propias realidades y sus intereses. Esto nos podrá traer contratiempos y desencadenará sobre nosotros campañas malintencionadas que falsean los hechos para tratar de presentar una imagen completamente negativa de nuestro país.
Yo aspiro a que nuestra Presidenta, a que nuestra Cancillería y nuestros jefes de misiones se den cuenta de esta realidad y cada vez más se puedan hacer intérpretes de las esperanzas y de los propósitos de paz que unen a todos los panameños. El siglo ha terminado con él también el milenio. No se trata solamente de un cambio cronológico, se trata de un cambio profundo en las costumbres y en las realidades.
Es necesario tomar en consideración los principios del derecho según los cuales cuando las condiciones cambian tienen que volver a revisarse los esfuerzos y los contratos. Esta condición debemos invocarla al buscar el apoyo y el entendimiento de los gobiernos y de los organismos internacionales que tienen el deber de trabajar para salvar a los países de la crisis y orientar y armonizar la vida de las naciones dentro de un marco de justicia social.
Le corresponde al Canciller, al Vicecanciller una tarea de mucha responsabilidad pero también llena de atractivos y algas metas exponiendo nuestra fortaleza: un país marítimo y de servicios abierto al comercio mundial.
La opinión de las relaciones diplomáticas debe ser uniforme y firme. Es necesario exponer nuestras ideas con claridad y no permitirnos declaraciones encontradas entre los diferentes voceros porque se convierten en peligrosas grietas por donde penetran las dudas y se fugan las ventajas.
Nuestra política exterior vivió desde el nacimiento de la República encadenada a lo que era nuestro más cálido anhelo: la recuperación total de nuestro territorio y nuestro principal bien: el Canal.
Consumado este propósito, a finales del año pasado, hemos llegado a la etapa de la madurez que nos obliga a profundas reflexiones de lo que deseamos y esperamos de nuestros vecinos y la comunidad internacional. En este tránsito, en este accionar a veces doloroso de la niñez a la pubertad, se lograron cosas positivas que debemos consolidar como país y que han hecho a Panamá merecedora del reconocimiento mundial como eficaz mediadora en graves crisis internacionales, como fiel defensor de la doctrina Bethancourt y como ejemplo supremo a los pueblos de que por la vía pacífica y una diplomacia que traduzca el sentir de sus ciudadanos se pueden lograr todos los objetivos sin importar el tamaño y el poder de los estados.
Somos un país pequeño pero dentro del concierto de las naciones hemos sido una voz permanente dispuesta a trabajar y a luchar a favor de la paz. Estamos enfrentados a situaciones interesantes que subyacen de los tratados canaleros y Panamá debe tomar una posición. Una posición que signifique defender sus propias realidades y sus intereses. Esto nos podrá traer contratiempos y desencadenará sobre nosotros campañas malintencionadas que falsean los hechos para tratar de presentar una imagen completamente negativa de nuestro país.
Yo aspiro a que nuestra Presidenta, a que nuestra Cancillería y nuestros jefes de misiones se den cuenta de esta realidad y cada vez más se puedan hacer intérpretes de las esperanzas y de los propósitos de paz que unen a todos los panameños. El siglo ha terminado con él también el milenio. No se trata solamente de un cambio cronológico, se trata de un cambio profundo en las costumbres y en las realidades.
Es necesario tomar en consideración los principios del derecho según los cuales cuando las condiciones cambian tienen que volver a revisarse los esfuerzos y los contratos. Esta condición debemos invocarla al buscar el apoyo y el entendimiento de los gobiernos y de los organismos internacionales que tienen el deber de trabajar para salvar a los países de la crisis y orientar y armonizar la vida de las naciones dentro de un marco de justicia social.
Le corresponde al Canciller, al Vicecanciller una tarea de mucha responsabilidad pero también llena de atractivos y algas metas exponiendo nuestra fortaleza: un país marítimo y de servicios abierto al comercio mundial.