¡Panameños: tolerancia crítica, pero activa!
Frente a este régimen, supuestamente democrático, que desgobierna nuestra República, hace ya casi tres años, sumado a los dos años calendarios que aún faltan para su final, sería aconsejable que los panameños consideráramos la tolerancia como una actitud adecuada para poder sobrellevar esta pesada carga (nuestro pesar de desengaño colectivo), a fin de caracterizar la actitud, que se ofrece a la gente -a la mayoría de la población panameña- como un principio de esfuerzo moral.
En una sociedad concebida libremente hemos de comprender que los programas políticos sólo encierran un relativo contenido de la verdad, que consecuentemente estamos abiertos a la crítica constante y que necesitamos de ella. Tolerancia activa no significa, sin embargo, una aceptación enclenque y resignada de todas las exigencias y acciones de la otra parte; cuando ésta es claramente irracional e injusta y sale dispuesta a la destrucción, hay que oponer decidida resistencia. Por eso la actitud de tolerancia supone en cada una de las partes esforzarse por entender las metas y motivos de la otra, desmontar propios prejuicios y, en vez de esto, buscar la discusión y el diálogo sincero.
Dentro de todo ello la comprensión supone una disposición a aprender, que ha empezado frecuentemente por hallar de nuevo un lenguaje común para los problemas que agobian a los afectados y las posibilidades de superarlos. Ciertamente el mando de la tolerancia exige intrínsecamente según la edad, los intereses, la capacidad de visión y posición social; pero en su fundamento se dirige a todos, tanto a los jóvenes con frecuencia tan impacientes como a los iracundos políticos influyentes y autoridades de gobierno.
La tolerancia sola, por cierto, no puede más que allanar el camino a la colaboración. El intento de una discusión puede también fracasar, porque no se acepte más un puente de comprensión, con frecuencia ya en el lenguaje. Entonces terminan las iniciativas al diálogo entre las generaciones, los políticos, los sindicatos, los gremios y asociaciones en el desconsuelo de la incomprensión, en dolor y amargura. Empero también los jóvenes, viejos, padres, maestros y autoridades, a quienes se ha soterrado el acceso a tal fe en nuestra sociedad secularizada, obran injustamente, cuando abandonan a los que se les ha confiado, y a los hombres próximos a ellos, al otro lado de la trinchera generacional o partidista.
Hay que señalar también, que el conflicto político agudo tampoco destruye en su raíz la relación de las generaciones y de los partidos entre sí. Estas no están sólo vinculadas unas a otras por la cadena biológica de la procedencia, y los partidos no dependen entre sí sólo por razones de conveniencia electoral, de ejercer el poder y de utilidad económica. Cada generación, joven, igual que la vieja, como los partidos políticos, han crecido respectivamente en una cultura social existente y han sido configurados por ella. Por otra parte, las necesidades que le crea nuestro tiempo, la angustia e inseguridad, que ellos generan, no son ajenas a la generación vieja, como a los partidos viejos, aunque las haya experimentado y elaborado de distinta manera.
A la par que formulamos así la meta de la tolerancia crítica y activa, para el recto trato de las generaciones y de las diversas posiciones políticas, desestimamos como absurdas y arriesgadas dos posiciones diametralmente encontradas, que pueden caracterizarse de este modo exagerando en una caricatura: una vieja generación de varones y mujeres, de partidos políticos, que tienen en posición todos los puestos de poder en la política, en la sociedad, en la economía, también en la familia, y que esperan de los jóvenes solamente disposición y subordinación sin protestas, o una joven generación o fuerza política nueva, que se atreve a crearse un mundo nuevo desde sus propias fuerzas y que sólo exige de las viejas dejar rápidamente el lugar y desaparecer de escena. La tolerancia crítica y activa ayuda a la visión de los viejos, de que necesitan a los jóvenes como compañeros, y ha de incurrir la de los jóvenes, de que corren el riesgo de perder el futuro y dejar de ver sus utopías en amargos desengaños, si no están dispuestos, con el apoyo de la vieja generación y la experiencia de los partidos políticos viejos, a desarrollar los cambios necesarios y urgentes partiendo de lo actualmente existente.Presidenta Moscoso: Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!.
En una sociedad concebida libremente hemos de comprender que los programas políticos sólo encierran un relativo contenido de la verdad, que consecuentemente estamos abiertos a la crítica constante y que necesitamos de ella. Tolerancia activa no significa, sin embargo, una aceptación enclenque y resignada de todas las exigencias y acciones de la otra parte; cuando ésta es claramente irracional e injusta y sale dispuesta a la destrucción, hay que oponer decidida resistencia. Por eso la actitud de tolerancia supone en cada una de las partes esforzarse por entender las metas y motivos de la otra, desmontar propios prejuicios y, en vez de esto, buscar la discusión y el diálogo sincero.
Dentro de todo ello la comprensión supone una disposición a aprender, que ha empezado frecuentemente por hallar de nuevo un lenguaje común para los problemas que agobian a los afectados y las posibilidades de superarlos. Ciertamente el mando de la tolerancia exige intrínsecamente según la edad, los intereses, la capacidad de visión y posición social; pero en su fundamento se dirige a todos, tanto a los jóvenes con frecuencia tan impacientes como a los iracundos políticos influyentes y autoridades de gobierno.
La tolerancia sola, por cierto, no puede más que allanar el camino a la colaboración. El intento de una discusión puede también fracasar, porque no se acepte más un puente de comprensión, con frecuencia ya en el lenguaje. Entonces terminan las iniciativas al diálogo entre las generaciones, los políticos, los sindicatos, los gremios y asociaciones en el desconsuelo de la incomprensión, en dolor y amargura. Empero también los jóvenes, viejos, padres, maestros y autoridades, a quienes se ha soterrado el acceso a tal fe en nuestra sociedad secularizada, obran injustamente, cuando abandonan a los que se les ha confiado, y a los hombres próximos a ellos, al otro lado de la trinchera generacional o partidista.
Hay que señalar también, que el conflicto político agudo tampoco destruye en su raíz la relación de las generaciones y de los partidos entre sí. Estas no están sólo vinculadas unas a otras por la cadena biológica de la procedencia, y los partidos no dependen entre sí sólo por razones de conveniencia electoral, de ejercer el poder y de utilidad económica. Cada generación, joven, igual que la vieja, como los partidos políticos, han crecido respectivamente en una cultura social existente y han sido configurados por ella. Por otra parte, las necesidades que le crea nuestro tiempo, la angustia e inseguridad, que ellos generan, no son ajenas a la generación vieja, como a los partidos viejos, aunque las haya experimentado y elaborado de distinta manera.
A la par que formulamos así la meta de la tolerancia crítica y activa, para el recto trato de las generaciones y de las diversas posiciones políticas, desestimamos como absurdas y arriesgadas dos posiciones diametralmente encontradas, que pueden caracterizarse de este modo exagerando en una caricatura: una vieja generación de varones y mujeres, de partidos políticos, que tienen en posición todos los puestos de poder en la política, en la sociedad, en la economía, también en la familia, y que esperan de los jóvenes solamente disposición y subordinación sin protestas, o una joven generación o fuerza política nueva, que se atreve a crearse un mundo nuevo desde sus propias fuerzas y que sólo exige de las viejas dejar rápidamente el lugar y desaparecer de escena. La tolerancia crítica y activa ayuda a la visión de los viejos, de que necesitan a los jóvenes como compañeros, y ha de incurrir la de los jóvenes, de que corren el riesgo de perder el futuro y dejar de ver sus utopías en amargos desengaños, si no están dispuestos, con el apoyo de la vieja generación y la experiencia de los partidos políticos viejos, a desarrollar los cambios necesarios y urgentes partiendo de lo actualmente existente.Presidenta Moscoso: Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!.