"Papá, yo no tomé el pastel, fue la empleada"
Las disculpas siempre han existido, y más cuando los jóvenes estudiantes van perfeccionando su personalidad a medida que los años avanzan.
A los seis abriles, arrojan por la boca el contenido de sus estómagos en el vehículo, no gustan de las amiguitas porque ellas los miran con una hermosa delicadeza, pero cuando arriban a los ocho años, el campamento de verano se torna interesante porque las jóvenes están en las tiendas de campaña adjunto a las de los varones.
Cuando tienen diez años, las peleas con los hermanos se incrementan y nos dicen: "Mentí cuando te dije que mi hermanito había iniciado la discusión, pero papá, me llamó lobo y tuve que defenderme".
Los gastos familiares aumentan porque nuestros hijos crecen, desean integrarse a la sociedad de sus compañeros de doce años, y nos indagan: "¿Tienes que trabajar tanto, que ya no estás conmigo como antes?" Nuestro corazón empieza a desfallecer. Sufrimos de la tensión, la taquicardia se incrementa.
A los quince años, muchos padres oyen la expresión; "mamá me dijo que se separaría de ti. ¿Yo dónde voy a vivir? Mi novia está en el colegio privado, interna, ¿me pasará igual a mí?". El insomnio consume nuestra cordura, nuestros ojos se tornan rojos por el dolor.
Nos hablan de la universidad, de los bailes, de nuestros errores, al decirme: "tienes la culpa porque no saqué buenas notas en la escuela. Me aconsejas mucho, soy grande y sé cuidarme solo. ¡Déjame en paz!" . Las canas nos indican que tal vez estamos en la vida inútilmente. El estómago se torna más abultado. Las fuerzas se van agotando. Nuestro intelecto decrece, pero el amor por nuestros hijos aumenta con los años. Tal vez por eso todavía conservamos el valor.
Cuando cumplen veinte años, a veces casados ya y en la universidad, nos dicen: "mi trabajo es grandioso, no te he llamado antes porque el tiempo que tengo se lo dedico a mi esposa. Algún día de estos iré a visitarte, perdona pero estoy apurado. Deseo llevar a mi esposa al ginecólogo. Serás abuelo". Después nos explican: "tenías razón cuando me dijiste que no me casara tan joven. ¿Podemos conversar? "Necesito que me expliques qué hacer con mi vida".
Nuevamente retorna el insomnio, pero esta vez por la alegría. Uno siente que es necesitado por el personaje más importante de nuestras vidas. Y esa conversación es imborrable. Sentimos una gran recompensa. Escuchamos que después de muchos años la cordura llega a nuestros hijos. Nos dicen: "He ahorrado como me lo indicaste. Tu nieto crece y será como tú. La próxima semana te lo llevaré para que juegue contigo por varios días. De la universidad, te comento que me graduaré dentro de ocho semanas. ¿Sabes? Mi carro está viejo, pero me lleva a todos lados. Tenías tanta razón..."
Y cuando nuestro hijo cumple treinta años, y uno se siente rodeado de nietos, primos, y amigos a los que había olvidado, la mano de nuestro hijo se posa sobre nuestro hombro, y se escucha la voz que dice: "Me siento orgulloso de ser tu hijo. Gracias por comprenderme. Te quiero".
En ese momento sabemos que nuestra vida realmente valió la pena.
A los seis abriles, arrojan por la boca el contenido de sus estómagos en el vehículo, no gustan de las amiguitas porque ellas los miran con una hermosa delicadeza, pero cuando arriban a los ocho años, el campamento de verano se torna interesante porque las jóvenes están en las tiendas de campaña adjunto a las de los varones.
Cuando tienen diez años, las peleas con los hermanos se incrementan y nos dicen: "Mentí cuando te dije que mi hermanito había iniciado la discusión, pero papá, me llamó lobo y tuve que defenderme".
Los gastos familiares aumentan porque nuestros hijos crecen, desean integrarse a la sociedad de sus compañeros de doce años, y nos indagan: "¿Tienes que trabajar tanto, que ya no estás conmigo como antes?" Nuestro corazón empieza a desfallecer. Sufrimos de la tensión, la taquicardia se incrementa.
A los quince años, muchos padres oyen la expresión; "mamá me dijo que se separaría de ti. ¿Yo dónde voy a vivir? Mi novia está en el colegio privado, interna, ¿me pasará igual a mí?". El insomnio consume nuestra cordura, nuestros ojos se tornan rojos por el dolor.
Nos hablan de la universidad, de los bailes, de nuestros errores, al decirme: "tienes la culpa porque no saqué buenas notas en la escuela. Me aconsejas mucho, soy grande y sé cuidarme solo. ¡Déjame en paz!" . Las canas nos indican que tal vez estamos en la vida inútilmente. El estómago se torna más abultado. Las fuerzas se van agotando. Nuestro intelecto decrece, pero el amor por nuestros hijos aumenta con los años. Tal vez por eso todavía conservamos el valor.
Cuando cumplen veinte años, a veces casados ya y en la universidad, nos dicen: "mi trabajo es grandioso, no te he llamado antes porque el tiempo que tengo se lo dedico a mi esposa. Algún día de estos iré a visitarte, perdona pero estoy apurado. Deseo llevar a mi esposa al ginecólogo. Serás abuelo". Después nos explican: "tenías razón cuando me dijiste que no me casara tan joven. ¿Podemos conversar? "Necesito que me expliques qué hacer con mi vida".
Nuevamente retorna el insomnio, pero esta vez por la alegría. Uno siente que es necesitado por el personaje más importante de nuestras vidas. Y esa conversación es imborrable. Sentimos una gran recompensa. Escuchamos que después de muchos años la cordura llega a nuestros hijos. Nos dicen: "He ahorrado como me lo indicaste. Tu nieto crece y será como tú. La próxima semana te lo llevaré para que juegue contigo por varios días. De la universidad, te comento que me graduaré dentro de ocho semanas. ¿Sabes? Mi carro está viejo, pero me lleva a todos lados. Tenías tanta razón..."
Y cuando nuestro hijo cumple treinta años, y uno se siente rodeado de nietos, primos, y amigos a los que había olvidado, la mano de nuestro hijo se posa sobre nuestro hombro, y se escucha la voz que dice: "Me siento orgulloso de ser tu hijo. Gracias por comprenderme. Te quiero".
En ese momento sabemos que nuestra vida realmente valió la pena.