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Papel de arroz


CADA día que pasa cubre con una nueva pátina la impresión que dejó en la ciudadanía el gobierno de Moscoso, al tiempo que se van almacenando imágenes, frases, y soundbytes del presidente Torrijos en el disco duro de la memoria colectiva. Cada vez más nos vamos haciendo una idea de cómo es Martín Torrijos como presidente, mientras que las percepciones que se refieren al candidato las vamos tirando en la papelera de reciclaje, o simplemente al basurero del olvido. ¿Importa algo hoy lo que se decía de Mireya Moscoso antes de que se sentase en la silla presidencial? No, para nada.
De la misma forma, el Martín Torrijos que contará la historia no será ni el viceministro, ni el candidato oficialista vencido, ni el candidato opositor victorioso. El pequeño camino recorrido hasta ahora por la gestión gubernamental de Torrijos permite hacerse una idea de lo que será el estilo presidencial durante los próximos cinco años. La prudencia, que está dispuesta a pagar todas las facturas que generan el silencio y la indecisión; la mesura, que prefiere aliarse al exceso de mesura, antes que ser seducida por la palabrería fácil, que tanto sirve de entusiasmo como se confunde con la demagogia, o el facilismo impolítico que insulta o condena a sus contrincantes, géneros que tradicionalmente han inspirado a los speechwriters presidenciales. ¿Por qué tanta prudencia y deseo de equilibrio?
Hay que reconocer la importancia del estilo en la gestión pública. Se trata de una categoría de análisis que enfatiza los elementos subjetivos y los pone en relación con su entorno; enfoca los aspectos procedimentales y los presenta como una circunstancia más o menos determinante en la producción de resultados. No tiene que ver tanto con actuaciones legales o formales, sino con la construcción de una imagen de dinamismo y acción. Pero el estilo no es la imagen misma, sino uno de los motores generadores de la imagen, que a su vez debe proyectar el estilo. El estilo sin imagen es como un avión que no despega; la imagen sin estilo es un mero afiche (desteñido).
No hay un estilo mejor, o peor, que otro y ningún presidente tiene más estilo que su antecesor. Cada uno es distinto y en cada uno se desarrolla una dinámica propia. Ciertamente, el poder de mando es un bien escaso, pero puede degenerar en capricho y obcecación; la sobriedad y la moderación pueden ser rasgos positivos, pero igual corren el riesgo de hundirse en el aburrimiento. Lo que ocurre es que el estilo es un mensaje en si mismo que puede generar simpatía, o ser apenas tolerado. Puede ayudar en la ejecución de proyectos o entorpecer lo que se hace. El estilo que desarrolle el gobernante tiene una relación con sus cualidades personales, pero responde principalmente a las tareas del momento. Por ejemplo, ¿puede alguien concebir el proceso de transformaciones económicas que vivió el país entre 1994 y 1999 sin el carácter impositivo de Pérez Balladares? ¿Podemos disociar todos los festejos del periodo 1999-2004 (entrega del canal, rumba -perdón-, cumbre, centenario, y miss universo incluido) sin acordarse de la feria de frivolidades en que Moscoso se gastó, sin transparencia ni rendición de cuentas, más de 20 millones de dólares del erario público?
Así, el estilo de Torrijos le ha permitido construirse una imagen de presidente con amplio respaldo en la ciudadanía, de un manejo político responsable, y de una calidad ética sin tachas, en la primera fase de un ciclo presidencial. En una segunda fase que, tras concluida la llamada "luna de miel", apenas se inicia, su imagen política nos devolverá un estilo que será un presupuesto indispensable para llevar adelante los proyectos clave de gobierno: la reforma de la seguridad social, la revisión del sistema tributario, la firma de un tratado de libre comercio con Estados Unidos, y la ampliación del Canal. Todo esto se plantea llevar a cabo en un lapso relativamente corto. No es poca cosa y no hay muchos recursos políticos disponibles. Cualquier nube que ensombrezca a Torrijos amenaza la legitimidad de estos procesos. A su vez, la incapacidad de producir resultados en un tiempo oportuno podría colocar una pesada hipoteca sobre la devaluada credibilidad de la clase política.
No se puede saber en estos momentos si el estilo de Martín Torrijos será la clave de su éxito o de su fracaso, porque la hoja de balance de una gestión presidencial se hace sobre contenidos y no sobre apariencias. Son los 24 meses siguientes los que definirán la productividad real del ejercicio de gobierno. Como se avecinan tensiones que podrían desembocar en intercambios violentos, es imprescindible que en el Palacio de las Garzas sepan escuchar y conducir, conducir y escuchar. El Ejecutivo debe comprender que no todo el que lo critica es su adversario, y que un elogio no es un punto de apoyo seguro. En esta fase los contenidos marcarán la pauta, y el estilo, tan laboriosamente formado, será solo una delicada envoltura, que, como el papel de arroz, pasará desapercibida cuando las lides políticas engullan el plato principal.
Se equivoca el que piensa que lo que está en juego es solamente el futuro del PRD o de Patria Nueva. Hay muy buenas razones que previenen a los partidos adversarios de forjar una base programática de oposición unida contra el gobierno. Por ello, se quedarán esperando los que creen que la oposición organizará a las masas, pues sus miembros están tan ocupados en las fiscalías o en los forcejeos internos, que no tendrán presupuesto mental para dedicarse a movilizar a la ciudadanía. Esta circunstancia es buena para los proyectos de la clase gobernante y mala para el sistema de partidos, cuya credibilidad seguirá dando tumbos en el futuro previsible. Pero ese es un tema para otro día.
(jorgian29@hotmail.com)

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