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Para gobernar con vocación de sacrificio


Más de una vez hemos pensado y escrito sobre la personalidad del gobernante de una nación. Hemos señalado que el gobernante -el gobernador honesto, sincero y capaz -es el que más demuestra en su conducta y comportamiento su inequívoca vocación de sacrificio. Repetimos quizás exageradamente lo de gobernante con vocación de sacrificio, pero es que no podemos concebir hoy día la idea errónea del gobernante con afán de lucro. Ciertamente que es necesario vivir, y para vivir, ganar honradamente para el sustento y llevar una vida digna y decorosa; , pero de ahí a hacer negocios de índole particular amparado en el ejercicio del poder público es una seria equivocación, hay un abismo.
¡Cuánto sacrificio supone esto en la persona del gobernante! Renuncias a muchos sanos caprichos, pero que ante tamaña responsabilidad, no puede menos de dejarlas a un lado. Supone una energía de voluntad y coraje y un celo extraordinarios. Supone lo que antes decíamos: vocación de sacrificio, que es lo mismo que decir entregarse por entero al estudio de los problemas nacionales y el trabajo exclusivo, basado en el bienestar del pueblo, que debiera ser su máximo ideal. Porque si en algo se necesita ideal, es precisamente en esto. Otros gobernantes, menos responsables, lo pondrán en el partido, en la nefasta práctica del nepotismo, en el culto a la personalidad, en imbuir el espíritu ideológico-partidista (¡y hay que ver cómo lo hacen!; no se ruborizan de ello!).
Con ocasión del quincuagésimo aniversario del Colegio Pontificio de Leoniano de Anagni, en su discurso decía el Papa Pío XII: "La hora presente exige del Sacerdote una virtud muy fuerte, un celo más ardiente y una firmeza más intrépida. ¡Ay del Sacerdote que hoy día quisiera ahorrarse y limitar las renuncias, los sacrificios y las fatigas! ¡Ay del Sacerdote que se dejase intimidar por las amenazas y peligros, olvidando la advertencia del Salvador: "El que ama la propia vida, la perderá". Con las mismas palabras podría haberlo dicho a los gobernantes de las naciones del mundo que necesitan esa virtud fuerte, celo ardiente y firmeza intrépida.
Asimismo, recordamos el lema que se acostumbra colocar en las oficinas públicas y privadas: "Sonría". En verdad, sonreír esta bien, cuando la ocasión lo pida; pero sonreír por sistema es sólo un rictus, es simular, y simular es mentir, cuando se trata de gobernar, de educar. Hay que tener firmeza intrépida y saber negar, si hay que negar; corregir si es necesario, y nunca transigir con sonrisas, cuando se trata de algo tan serio como la dirigencia del gobierno del Estado o como la formación de una personalidad. Sonreír, muchas veces, quiere decir ahorrarse sacrificios y fatigas. Hay sonrisas irónicas que hieren destrozando. Hay sonrisas compasivas que matan. La sonrisa verdadera brota del corazón que cumple con su misión generosa de comunicar afecto, simpatía y también de educar.
No se puede negar que la labor del gobernante digno, honesto y responsable es complicada y difícil; que sus obligaciones se extienden ampliamente y que deben ir adaptándose a las circunstancias de cada tiempo. Pero adaptación no significa, de ninguna manera, concesión a las exigencias del mundo o de la época en que vivimos, sino flexibilidad en el uso de los medios que nos han de llevar a la meta propuesta.
No siempre es correcto aceptar aquello de que nuestro tiempo sea peor que los tiempos pasados. Hay que tener presente que todo tiempo tiene sus virtudes y defectos, y que nuestra misión ha de responder a fomentar las virtudes que observamos y procurar eliminar los defectos que salen al paso. Hay que vivir el presente, sin olvidar el pasado y sin dejar de proyectarse hacia el futuro.
Finalmente, hemos de afirmar que si con sinceridad, sencillez y como dirigente del gobierno del Estado se trabaja asiduamente, pacientemente, conscientemente, entonces, se contribuye positivamente a la realización de la noble y humana tarea de sembrar para que otros, para que muchos recojan la semilla hecha fruto. Por supuesto, que sin volteo de campanas, que digan: "fui yo quien lo hizo, o esa obra se debe a mi particular gestión". Los gobernantes todos deben tener clara conciencia de que no son más que servidores de sus respectivas naciones, y que para servir plenamente esos niveles hay que tener una profunda vocación de sacrificio.

101 años de Panamá América

 
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