Para la armonía democrática
¡Atención, señores candidatos a la presidencia de la República! Está comprobado. No hay sistemas de gobierno legítimo que no se base en los principios de respeto a la dignidad de la persona humana, que es lo que puede darle al pueblo su entidad decisiva para que sea, como tiene que serlo en la doctrina democrática, el soberano, el que establece las normas, aquel soberano cuya educación pedía Sarmiento en mensaje que hemos recogido y recogemos con inquietud profunda.
En el sistema democrático, el que tiene la última palabra es el pueblo. Los gobiernos pueden conversar, los presidentes pueden llegar a acuerdos, puede existir la mejor voluntad de solucionar las cuestiones; pero, evidentemente, el que dice la última palabra es el pueblo. El pueblo está presente en muchas formas: a través de los impuestos, aunque a veces no entiende que debe realizar ciertos sacrificios para obtener intereses superiores, como son la armonía, la paz, y el progreso nacional, regional y universal. Además, el pueblo, en definitiva, interviene a través de su función electoral.
Es necesario que los representantes del pueblo recuerden a cada paso la responsabilidad que tienen, no frente a una porción de electores que les dieron sus votos, sino ante toda la comunidad nacional, ante la que tenemos un deber docente que cumplir. Por eso, hay que mantener en el pueblo la fuente del poder, al mismo tiempo que se desarrolla un urgente programa educativo que lo haga cada vez más apto para ejercer su responsabilidad.
En una democracia -también- hay muchas oposiciones de intereses, fenómeno que a veces se convierte en conflicto de intereses, en el cual cada una de las partes quisiera que el poder público se pusiera de su lado frente a la otra. Al poder público, en la generalidad de los casos, en representación del interés supremo de la comunidad, le toca ponerse por encima, buscar armonía, reconocer derechos, para poder encontrar soluciones que sean realmente soluciones armónicas y positivas.
Necesitamos que las instituciones democráticas representativas sean instrumentos de superación, de participación cada vez más eficaz del pueblo en la resolución de sus destinos, de transformación de las estructuras sociales y económicas para que sirvan mejor al hombre, porque en definitiva, él tiene que ser el sujeto y el término esencial del desarrollo.
Todos sabemos que es al pueblo a quien los gobiernos tienen que servir, y darle conjuntamente cuenta de su responsabilidad. Esto es lo que la democracia nos enseña; no una democracia romántica, sino realista, que tiene sentido de convertirse en el factor primordial de transformación y de desarrollo. La paz y la armonía de los panameños, debe ser el primer objetivo del gobierno (cualquiera que sea el partido en el poder). El diálogo constituye su mejor instrumento; y el desarrollo nacional, debe ser la meta fundamental que se plantee.
Los panameños queremos que el sistema democrático sea cada vez más operante para beneficio del pueblo; que constituya el mejor instrumento para lograr el desarrollo, pero estamos convencidos no sólo por el estudio, sino por la experiencia propia y ajena, que esa democracia, con estas formalidades, representa la renovación constante de un compromiso de vivir en libertad, de buscar la armonía y de interpretar los anhelos del pueblo, para realizar una obra positiva y creadora.
Tenemos que demostrar que podemos vivir en un sistema democrático en paz, y que es posible gobernar con libertad, manteniendo los principios y las garantías que todo país civilizado establece.
En atención a estos postulados, la primera obligación cívica que nos incumbe -a gobernantes y gobernados-, es de hacer establece el régimen democrático emanado de la voluntad popular. Si no cumpliéramos ese deber, las generaciones que nos sucedan tendrían derecho a maldecir de nosotros.
Presidenta Moscoso, por eso insistimos: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligente y reine la justicia!
En el sistema democrático, el que tiene la última palabra es el pueblo. Los gobiernos pueden conversar, los presidentes pueden llegar a acuerdos, puede existir la mejor voluntad de solucionar las cuestiones; pero, evidentemente, el que dice la última palabra es el pueblo. El pueblo está presente en muchas formas: a través de los impuestos, aunque a veces no entiende que debe realizar ciertos sacrificios para obtener intereses superiores, como son la armonía, la paz, y el progreso nacional, regional y universal. Además, el pueblo, en definitiva, interviene a través de su función electoral.
Es necesario que los representantes del pueblo recuerden a cada paso la responsabilidad que tienen, no frente a una porción de electores que les dieron sus votos, sino ante toda la comunidad nacional, ante la que tenemos un deber docente que cumplir. Por eso, hay que mantener en el pueblo la fuente del poder, al mismo tiempo que se desarrolla un urgente programa educativo que lo haga cada vez más apto para ejercer su responsabilidad.
En una democracia -también- hay muchas oposiciones de intereses, fenómeno que a veces se convierte en conflicto de intereses, en el cual cada una de las partes quisiera que el poder público se pusiera de su lado frente a la otra. Al poder público, en la generalidad de los casos, en representación del interés supremo de la comunidad, le toca ponerse por encima, buscar armonía, reconocer derechos, para poder encontrar soluciones que sean realmente soluciones armónicas y positivas.
Necesitamos que las instituciones democráticas representativas sean instrumentos de superación, de participación cada vez más eficaz del pueblo en la resolución de sus destinos, de transformación de las estructuras sociales y económicas para que sirvan mejor al hombre, porque en definitiva, él tiene que ser el sujeto y el término esencial del desarrollo.
Todos sabemos que es al pueblo a quien los gobiernos tienen que servir, y darle conjuntamente cuenta de su responsabilidad. Esto es lo que la democracia nos enseña; no una democracia romántica, sino realista, que tiene sentido de convertirse en el factor primordial de transformación y de desarrollo. La paz y la armonía de los panameños, debe ser el primer objetivo del gobierno (cualquiera que sea el partido en el poder). El diálogo constituye su mejor instrumento; y el desarrollo nacional, debe ser la meta fundamental que se plantee.
Los panameños queremos que el sistema democrático sea cada vez más operante para beneficio del pueblo; que constituya el mejor instrumento para lograr el desarrollo, pero estamos convencidos no sólo por el estudio, sino por la experiencia propia y ajena, que esa democracia, con estas formalidades, representa la renovación constante de un compromiso de vivir en libertad, de buscar la armonía y de interpretar los anhelos del pueblo, para realizar una obra positiva y creadora.
Tenemos que demostrar que podemos vivir en un sistema democrático en paz, y que es posible gobernar con libertad, manteniendo los principios y las garantías que todo país civilizado establece.
En atención a estos postulados, la primera obligación cívica que nos incumbe -a gobernantes y gobernados-, es de hacer establece el régimen democrático emanado de la voluntad popular. Si no cumpliéramos ese deber, las generaciones que nos sucedan tendrían derecho a maldecir de nosotros.
Presidenta Moscoso, por eso insistimos: ¡Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligente y reine la justicia!