¿Para qué un cambio de Gabinete?
La presidenta Moscoso, en una de sus ya acostumbradas conferencias de prensa callejera (durante su mandato, hace ya cuatro años, jamás se realizó una sola conferencia de prensa formal en la Presidencia), ha manifestado su intención de efectuar un cambio de Gabinete en octubre próximo. Aunque tarde, en realidad, el anuncio parece no interesar a nadie. La mayoría ciudadana bien sabe que el desgobierno mireyista ya ha hecho su trabajo: ¡Depauperar institucional, cívica y moralmente la República, precisamente en el aniversario de su primer centenario!
La Presidenta ha dicho con toda solemnidad (¡qué ironía!), que su gobierno ha invertido en cuatro años de gestión más de cinco mil millones de dólares en obras sociales. Sin embargo, el pueblo no ve en concreto las dimensiones de dichas obras. Todo lo contrario: la pobreza aumentó a un 44 por ciento; el desempleo (20%) es agobiante; la corrupción, el nepotismo y la hipocresía elevados a la categoría de escuela; la violencia y la criminalidad se han disparado y apoderado de las calles de Panamá; la educación es un desastre globalizado; las instituciones bancarias y de crédito en manos de una sola familia; el derroche en el gasto público y la ostentación vergonzante de unos pocos privilegiados no se detiene; la justicia quebrantada, una Corte Suprema de Justicia desahuciada; un Ejecutivo totalmente desacreditado, que en un intento infructuoso por recuperar la imagen perdida, reivindica la mitomanía; una Asamblea Legislativa que a juicio de su nuevo presidente, urge lavarse la cara; inversionistas extranjeros que adelantan sus proyectos por encima de la ley. En suma, ¡el país a la deriva, sin rumbo y sin destino cierto!
¿Para qué entonces un cambio de Gabinete a estas alturas? Seguramente que los ministros salientes serán reemplazados por sus parientes o allegados al "círculo de amigos" de la Presidenta. Algunos posiblemente serán trasladados a otro despacho, como premio a su incondicional servilismo (¡los aduladores son la maldición de los hombres del Estado!).
Por otra parte, en realidad causa mucha pena presenciar toda la movilización y propaganda "efectiva" que realiza el equipo del desgobierno mireyista a menos de un año del fin de la pesadilla angustiosa que desgraciadamente ellos representan contra el noble y sufrido pueblo panameño.
Pero nada más preciso que fijar la triste situación del régimen agonizante de la señora Moscoso, que reproducir parte del editorial del diario La Prensa (21 de noviembre de 2002): "Este gobierno, paralizado por una espesa maraña de inepcia y de intereses particulares (que en las alturas del poder predominan sobre los públicos), va de tumbo en tumbo hacia un final con pena y sin gloria. La Jefa del Ejecutivo aún no ha podido -ni podrá- desintrincarse del abrazo asfixiante de sus más allegados, seres insaciables, indiferentes a la suerte de la nación, que, como los llamados "parásitos ineficientes", devoran ciegamente todas las reservas vitales a su alcance, aun cuando eso signifique a la larga la muerte de su hospedero y, por lo tanto, la suya propia".
Finalmente, ¿para qué un cambio de Gabinete, sin cambio de visión y de conducta? ¡Patrióticamente hablando, el mejor remedio contra este desgobierno lo constituye el voto de la dignidad ciudadana en mayo de 2004!
Cuentan sus biógrafos que fue un hombre bueno, compasivo y generoso. En su hogar aparece como un padre modelo. Pero lo que constituye la esencia de su carácter, la médula de su personalidad, es la justicia, y ésta la ejecuta sin un fruncimiento de cejas, sin una vacilación en la mano que firma.
Su muerte fue una repentina desaparición, aunque su espíritu vive esparcido en las generaciones de mexicanos, pasadas y presentes, aunque estamos seguros que también en las generaciones del porvenir. Sus ideas se encuentran en la vida eterna del espíritu, porque él no está yacente sobre el duro mármol.
Benito Juárez vive.
La Presidenta ha dicho con toda solemnidad (¡qué ironía!), que su gobierno ha invertido en cuatro años de gestión más de cinco mil millones de dólares en obras sociales. Sin embargo, el pueblo no ve en concreto las dimensiones de dichas obras. Todo lo contrario: la pobreza aumentó a un 44 por ciento; el desempleo (20%) es agobiante; la corrupción, el nepotismo y la hipocresía elevados a la categoría de escuela; la violencia y la criminalidad se han disparado y apoderado de las calles de Panamá; la educación es un desastre globalizado; las instituciones bancarias y de crédito en manos de una sola familia; el derroche en el gasto público y la ostentación vergonzante de unos pocos privilegiados no se detiene; la justicia quebrantada, una Corte Suprema de Justicia desahuciada; un Ejecutivo totalmente desacreditado, que en un intento infructuoso por recuperar la imagen perdida, reivindica la mitomanía; una Asamblea Legislativa que a juicio de su nuevo presidente, urge lavarse la cara; inversionistas extranjeros que adelantan sus proyectos por encima de la ley. En suma, ¡el país a la deriva, sin rumbo y sin destino cierto!
¿Para qué entonces un cambio de Gabinete a estas alturas? Seguramente que los ministros salientes serán reemplazados por sus parientes o allegados al "círculo de amigos" de la Presidenta. Algunos posiblemente serán trasladados a otro despacho, como premio a su incondicional servilismo (¡los aduladores son la maldición de los hombres del Estado!).
Por otra parte, en realidad causa mucha pena presenciar toda la movilización y propaganda "efectiva" que realiza el equipo del desgobierno mireyista a menos de un año del fin de la pesadilla angustiosa que desgraciadamente ellos representan contra el noble y sufrido pueblo panameño.
Pero nada más preciso que fijar la triste situación del régimen agonizante de la señora Moscoso, que reproducir parte del editorial del diario La Prensa (21 de noviembre de 2002): "Este gobierno, paralizado por una espesa maraña de inepcia y de intereses particulares (que en las alturas del poder predominan sobre los públicos), va de tumbo en tumbo hacia un final con pena y sin gloria. La Jefa del Ejecutivo aún no ha podido -ni podrá- desintrincarse del abrazo asfixiante de sus más allegados, seres insaciables, indiferentes a la suerte de la nación, que, como los llamados "parásitos ineficientes", devoran ciegamente todas las reservas vitales a su alcance, aun cuando eso signifique a la larga la muerte de su hospedero y, por lo tanto, la suya propia".
Finalmente, ¿para qué un cambio de Gabinete, sin cambio de visión y de conducta? ¡Patrióticamente hablando, el mejor remedio contra este desgobierno lo constituye el voto de la dignidad ciudadana en mayo de 2004!
Cuentan sus biógrafos que fue un hombre bueno, compasivo y generoso. En su hogar aparece como un padre modelo. Pero lo que constituye la esencia de su carácter, la médula de su personalidad, es la justicia, y ésta la ejecuta sin un fruncimiento de cejas, sin una vacilación en la mano que firma.
Su muerte fue una repentina desaparición, aunque su espíritu vive esparcido en las generaciones de mexicanos, pasadas y presentes, aunque estamos seguros que también en las generaciones del porvenir. Sus ideas se encuentran en la vida eterna del espíritu, porque él no está yacente sobre el duro mármol.
Benito Juárez vive.