Para salvar la Libertad
Existen dos versiones clásicas de la política que aún mantienen vigencia, surgen de Maquiavelo y de Montesquieu.
Italiano del Renacimiento, el primero se inspiró en César Borgia, quien de la adquisición y el mantenimiento del poder hizo rasgo distintivo de su concepto de la política. Fue un gobernante único y absoluto, y en él se inspiró Maquiavelo para elaborar su obra El Príncipe. En ella afirma que sólo existen dos tipos de regímenes, el ‘principado’ adquirido y mantenido por la fuerza y la astucia política personales del gobernante. Los ‘otros’ adquiridos y mantenidos por circunstancias externas al individuo, como por ejemplo la tradición, el linaje, la herencia o la voluntad de muchos, lo que le hace dependiente de esos otros y no de sí mismo.
El francés Charles-Louis de Secondat, Barón de Montesquieu, vivió dos siglos después (1689 a 1755), autor de El Espíritu de las Leyes. Analizó como funcionaba la monarquía de Inglaterra, limitada desde 1215 por la Carta Magna y en vida de él, por el Bill of Rights fechado el año de su nacimiento. En sus escritos distingue tres tipos de régimen: la república democrática que responde a la soberanía que todos los miembros de la sociedad ejercen en la escogencia de su gobernante; la república aristocrática, aquella en que la soberanía sólo corresponde a una parte de la sociedad, y la monarquía la forma de gobierno en que la soberanía reside en la persona del rey.
La garantía de que ninguno de estos regímenes destruya la libertad inherente al ser humano la fundamenta en la separación de los poderes encargados de la función de legislar, de ejecutar las leyes y de interpretarlas. Así el poder detiene al poder y puede salvarse la libertad. Por ello, el gobierno de una sociedad debe tener por finalidad respetar, promover y defender esta separación de poderes.
La democracia a medida que se desarrolló en occidente se fundamentó sobre este pensamiento, aunque persistieron formas de gobierno basadas en la tesis de Maquiavelo.
En nuestra sociedad latinoamericana, específicamente en Panamá, conviven ambos pensamientos confrontándose constantemente. Lo que uno hace, el otro lo deshace; la verdad que uno profesa, la torna en mentira el otro. La decencia que algunos mantienen, muchos la convierten en corrupción.
Los ministros y presidentes que la mayoría esperamos sean vigilantes y constructivos, resultan ser en muchas ocasiones negociantes y aprovechadores.
Algunos de los encargados de crear las leyes se dejan influenciar a cambio de favores o agendas preestablecidas por el Ejecutivo.
Los jueces y magistrados de la Corte Suprema de Justicia, que creíamos ennoblecerían y conducirían a la cima de la honradez con su calidad humana y profesional a este alto tribunal, todo indica, al ver quienes son los recién escogidos, que se precipitará hacia el abismo la justicia en Panamá.
¿Quiere esto decir que cada vez que en una democracia las fuerzas maquiavélicas la emprendan contra el pensamiento ilustrado de el Barón de Montesquieu, esta última está condenada a perder?
No, la historia prueba que unas veces se gana y otras se pierde, que los sistemas maquiavélicos muchas veces generan su propia caída y siempre surge gente buena que continúa en la lucha sin importar las consecuencias. Además para los que somos creyentes en la Justicia Divina, ésta tiene la última palabra.
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