Para una nueva nación, una nueva Constitución
"No basta con cambiar las leyes. Es necesario tratar de transformar los sentimientos y las ideas de las personas. Porque si un millón de lobos se reúnen para hacer unas leyes muy bondadosas, seguirán portándose ferozmente mientras sigan siendo lobos" (Tagore)
Por supuesto que aquellos países donde las leyes están por encima de los gobernantes y no al revés, y donde la actividad estatal funciona a través de efectivos controles institucionales, es donde hay más desarrollo y menor corrupción. Tal es el caso de Finlandia, Suecia, Dinamarca, Islandia, Canadá, entre otros. Entonces, ¿qué hacen los panameños tratando de descubrir el agua tibia o de inventar la rueda? Cuando lo que hay que hacer ya está casi todo dicho, sólo hace falta escribirlo y firmarlo y, sobre todo, voluntad política para cumplir la palabra empeñada con el pueblo de hacer un cambio constitucional que dé comienzo a la transformación ética y moral de la actividad política y de la "clase" política.
Por eso también cada vez que escucho a los políticos profesionales, a los representantes de las iglesias, a los empresarios y sindicalistas, a los activistas de la denominada sociedad civil e inclusive al ciudadano "de a pie" hablar sobre la urgente necesidad de un diálogo nacional para reformar o hacer una nueva Constitución; me lleno de entusiasmo y creo firmemente en la posibilidad de que la sociedad pueda sentarse civilizadamente a conversar sobre los nuevos derroteros por donde se debe enrumbar a la Nación, en estos momentos difíciles para Panamá y el mundo.
Y aunque la Carta Magna en su artículo 308 especifica el método para remozar su articulado; no entiendo muy bien, el jueguito actual de los políticos. Pienso que no debemos permitir que "unos pocos" decidan el destino de las mayorías nacionales. Es hora que, de una vez por todas, hagamos una Ley Fundamental, no para ampliar o restringir el poder, sino para institucionalizar derechos ciudadanos. Existen precedentes, en el pasado lejano, la Asamblea Constituyente de 1946 y, en el pretérito más reciente, la reforma constitucional de 1983. En ambos momentos históricos, mediante un pacto nacional, las fuerzas políticas cambiaron las reglas del juego político sin mayores traumas. En el presente, la necesidad de un acuerdo nacional es mucho más indispensable, sobre todo, por la conocida falta de liderazgo de los "Padres de la Patria".
Es evidente que de darse las transformaciones constitucionales, no por ello va a caer "maná del cielo", pero abrigamos la esperanza de que se amplíen los derechos ciudadanos, las libertades individuales y sociales, y predominen la justicia social y la institucionalidad del Estado. De manera que conversar, dialogar y pactar son procesos necesarios en la vida política. El problema reside en qué, cuándo y con quién se negocia y se pacta.
En una sociedad democrática, la Constitución Política debe ser el resultado del diálogo y consenso de las fuerzas y personalidades políticas y sociales del país. En este sentido, luego la de la celebración del Centenario de la República, esta coyuntura patriótica debe servirnos para reflexionar profundamente sobre el Estado Nacional que queremos y cuál será el contenido de la Ley de leyes, que nos permitirá modernizar las instituciones políticas para alcanzar el desarrollo sostenible y sustentable y mejorar la calidad de vida del ciudadano en paz y armonía. De allí que sólo me limitaré a enunciar algunas de las mutaciones constitucionales que contribuirían a alcanzar los objetivos mencionados: Libre postulación para todos los cargos de elección popular, organización de partidos políticos sin más requisito que la firma del memorial por las personas interesadas, establecer máximo seis días feriados o de fiesta o duelo nacional, creación de una dirección colegiada de la Contraloría General de la República, establecer un título constitucional que garantice la autonomía administrativa y financiera de la CSS, instituir un Tribunal Constitucional independiente de la Corte Suprema de Justicia, normar la no reelección inmediata para todos los cargos de elección popular. De otro modo, de no aprovecharse las condiciones políticas favorables al cambio constitucional, le corresponderá exclusivamente a la Asamblea Legislativa asumir esta tarea, en circunstancia en que la misma está descalificada políticamente, dado la percepción ciudadana de que se trata de una institución banal y venal. De allí que es condición sine qua non que prevalezca en el espíritu de los panameños la voluntad política de diálogo y concertación.
Hay que establecer un sistema genuinamente democrático, representativo y participativo que garantice los derechos humanos individuales, sociales, económicos, políticos y culturales; la institucionalidad y gobernabilidad democrática, los controles sociales e institucionales que terminen con la corrupción rampante y den inicio a la gran tarea de sustituir las políticas económicas empobrecedoras del pueblo, por aquéllas de desarrollo humano, integral y sostenible. Los grandes retos de la historia se caracterizan por producir en los grupos humanos actitudes y aptitudes creativas. Veamos si los panameños tenemos una vez y otra más, la sensatez de responder valientemente a los nuevos desafíos de esta coyuntura histórica.
*Coordinador del Movimiento Democrático Torrijista (MDT)
Por supuesto que aquellos países donde las leyes están por encima de los gobernantes y no al revés, y donde la actividad estatal funciona a través de efectivos controles institucionales, es donde hay más desarrollo y menor corrupción. Tal es el caso de Finlandia, Suecia, Dinamarca, Islandia, Canadá, entre otros. Entonces, ¿qué hacen los panameños tratando de descubrir el agua tibia o de inventar la rueda? Cuando lo que hay que hacer ya está casi todo dicho, sólo hace falta escribirlo y firmarlo y, sobre todo, voluntad política para cumplir la palabra empeñada con el pueblo de hacer un cambio constitucional que dé comienzo a la transformación ética y moral de la actividad política y de la "clase" política.
Por eso también cada vez que escucho a los políticos profesionales, a los representantes de las iglesias, a los empresarios y sindicalistas, a los activistas de la denominada sociedad civil e inclusive al ciudadano "de a pie" hablar sobre la urgente necesidad de un diálogo nacional para reformar o hacer una nueva Constitución; me lleno de entusiasmo y creo firmemente en la posibilidad de que la sociedad pueda sentarse civilizadamente a conversar sobre los nuevos derroteros por donde se debe enrumbar a la Nación, en estos momentos difíciles para Panamá y el mundo.
Y aunque la Carta Magna en su artículo 308 especifica el método para remozar su articulado; no entiendo muy bien, el jueguito actual de los políticos. Pienso que no debemos permitir que "unos pocos" decidan el destino de las mayorías nacionales. Es hora que, de una vez por todas, hagamos una Ley Fundamental, no para ampliar o restringir el poder, sino para institucionalizar derechos ciudadanos. Existen precedentes, en el pasado lejano, la Asamblea Constituyente de 1946 y, en el pretérito más reciente, la reforma constitucional de 1983. En ambos momentos históricos, mediante un pacto nacional, las fuerzas políticas cambiaron las reglas del juego político sin mayores traumas. En el presente, la necesidad de un acuerdo nacional es mucho más indispensable, sobre todo, por la conocida falta de liderazgo de los "Padres de la Patria".
Es evidente que de darse las transformaciones constitucionales, no por ello va a caer "maná del cielo", pero abrigamos la esperanza de que se amplíen los derechos ciudadanos, las libertades individuales y sociales, y predominen la justicia social y la institucionalidad del Estado. De manera que conversar, dialogar y pactar son procesos necesarios en la vida política. El problema reside en qué, cuándo y con quién se negocia y se pacta.
En una sociedad democrática, la Constitución Política debe ser el resultado del diálogo y consenso de las fuerzas y personalidades políticas y sociales del país. En este sentido, luego la de la celebración del Centenario de la República, esta coyuntura patriótica debe servirnos para reflexionar profundamente sobre el Estado Nacional que queremos y cuál será el contenido de la Ley de leyes, que nos permitirá modernizar las instituciones políticas para alcanzar el desarrollo sostenible y sustentable y mejorar la calidad de vida del ciudadano en paz y armonía. De allí que sólo me limitaré a enunciar algunas de las mutaciones constitucionales que contribuirían a alcanzar los objetivos mencionados: Libre postulación para todos los cargos de elección popular, organización de partidos políticos sin más requisito que la firma del memorial por las personas interesadas, establecer máximo seis días feriados o de fiesta o duelo nacional, creación de una dirección colegiada de la Contraloría General de la República, establecer un título constitucional que garantice la autonomía administrativa y financiera de la CSS, instituir un Tribunal Constitucional independiente de la Corte Suprema de Justicia, normar la no reelección inmediata para todos los cargos de elección popular. De otro modo, de no aprovecharse las condiciones políticas favorables al cambio constitucional, le corresponderá exclusivamente a la Asamblea Legislativa asumir esta tarea, en circunstancia en que la misma está descalificada políticamente, dado la percepción ciudadana de que se trata de una institución banal y venal. De allí que es condición sine qua non que prevalezca en el espíritu de los panameños la voluntad política de diálogo y concertación.
Hay que establecer un sistema genuinamente democrático, representativo y participativo que garantice los derechos humanos individuales, sociales, económicos, políticos y culturales; la institucionalidad y gobernabilidad democrática, los controles sociales e institucionales que terminen con la corrupción rampante y den inicio a la gran tarea de sustituir las políticas económicas empobrecedoras del pueblo, por aquéllas de desarrollo humano, integral y sostenible. Los grandes retos de la historia se caracterizan por producir en los grupos humanos actitudes y aptitudes creativas. Veamos si los panameños tenemos una vez y otra más, la sensatez de responder valientemente a los nuevos desafíos de esta coyuntura histórica.
*Coordinador del Movimiento Democrático Torrijista (MDT)