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Parábola de la muerte súbita


HAY UN pensador que, para muchos críticos, nunca pasó de ser un mero "anarquista". Qué pena, porque su influencia fue determinante en el pensamiento del padre de la Sociología, Auguste Comte; aun en el propio Marx y el mismo Engels lo llegó a calificar como el hombre que, junto a Hegel, habían encilopediado el conocimiento de la época. Fue él quien sugirió el concepto de la fisiología social o física social que, posteriormente, Comte calificara como la auténtica sociología, bautizando con este nombre a esta importantísima ciencia que se dedica al estudio de las cuestiones propias de la sociedad, de sus problemas, cambios sociales; de sus grupos primarios, secundarios; de los roles y estatus, etc.
Nuestro pensador llegó a elaborar toda una teoría de la historia, entendiendo que la humanidad había atravesado por tres etapas: una gobernada por religiosos y militares; la segunda por charlatanes y legistas, siendo que éstos dan arranque a la Revolución Francesa de 1789; y, la que se anuncia con la aparición de los industriales, banqueros, comerciantes, terratenientes que labran la tierra, etc., y a quienes considera como las verdaderos "útiles de la sociedad".
Presenta nuestro pensante una interesante parábola que comparto en los siguientes términos: imaginemos, sugiere, que a los ingenieros, trabajadores manuales, arquitectos, etc., de Francia les sobreviniera la muerte súbita y que, igual cuestión, aconteciera con los terranientes que viven de sus rentas, a los comerciantes que viven disfrutando de sus intereses bancarios, etc. Pues bien, en el primer caso, asegura, toda París se paralizaría por completo; entre tanto que, en el segundo, no pasaría absolutamente nada en la tierra de los galos. Todo ello se enmarca en la tesis de este pensador que distingue que en una sociedad existen hombres y mujeres "útiles" y los "no útiles".
Antes de dar el nombre de nuestro personaje, sugiero que continuemos advirtiendo otras ideas sustanciales de su filosofía. Para él, el Estado se disolverá en la denominada sociedad económica, y en lugar de una clase política que gobierne a los asociados habrá una clase científica que administrará. Esa clase, según este filósofo sociólogo, son los industriales y surge así lo que él denomina "el catequismo industrial". ¿Será cierto que una poderosa clase económica, sobre todo la industrial, administrará a la sociedad, a los pueblos de las naciones? Veamos: ¿Quiénes son los que, realmente, gobiernan en una nación; quién son los que deciden respecto a los grandes planes y proyectos del Estado; quiénes son los que determinan las políticas por las cuales debe enrumbarse el progreso y el desarrollo de la Patria? ¿Será cierto que son los industriales, la clase empresarial, la de los millonarios y multimillonarios quienes gobiernan, o tendrá el pueblo, los hombres y las mujeres del estado llano, algún tipo de influencia o decisión respecto a estos tópicos?
La sabiduría popular ha acuñado un cintillo que reza así: "El poder detrás del poder". ¿A qué se refieren los sabios populares con esta expresión? ¿Será, acaso, que relacionan a altos personeros de los industriales, de los empresarios, de adentro y de afuera, o a estamentos de poder, a veces desconocidos y ocultos, como aquellos que mueven, cuales arlequines, a los gobernantes, a las altas autoridades de los órganos del Estado?.
Todo gobernante está en la obligación y en el deber moral de ejercer con autoridad, capacidad y competencia, el poder político del cual el pueblo, tras elecciones libres y democráticas, le ha hecho recipiendario elevándolo a la más alta magistratura política del Estado.
Claude Henri de Rouvroy (1770-1825), Conde de Saint-Simon es nuestro personaje, parisino de nacimiento, prolífico sociólogo o fisiólogo, como él se autocalificaría. Lo censurable de su pensamiento es haber pretendido crear "un nuevo cristianismo", un cristianismo sin Dios, pues habría que eliminar la regla de que "Amarás al Señor Jehová tu Dios con todas tus fuerzas, tu alma, corazón y todo tu pensamiento" y anteponer como regla única la siguiente: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Ese nuevo cristianismo de Saint Simon fue acremente atacado, pues se le objetó que con la misma fuerza del amor podría odiarse intensamente a nuestros semejantes.
Lo cierto es que, si los gobiernos nuestros no toman en cuenta a los verdaderos útiles de la Patria: maestros y profesores, albañiles, capataces, carpinteros, plomeros, electricistas, ingenieros, médicos, campesinos que trabajan y cultivan la tierra o un pedazo de ella; a los indígenas que nos mandan los productos de su pesca artesanal, a los que reparan los techos y los daños en las casas, a los sastres que remiendan y cosen nuestros vestidos, a los trabajadores de las bananeras, a los que dirigen a los aviones en los aeropuertos, a los que preparan las fórmulas medicinales en las farmacias, a quienes salen día a día a buscar "el vénganos sea tu reino y el pan nuestro de cada día"; en fin, el país se paralizaría, más temprano que tarde. Ningún gobierno que se califique de "serio" soslaya a ningún sector productivo o útil -parafraseando al célebre Conde de Saint Simon- de nuestra sociedad. Por eso Cristo, Autor y Señor del Único Evangelio, dijo que es: "Más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico al reino de los cielos", por mucho que sean los golpes de "mea culpa" que se den en el pecho y griten en las iglesias, desgarrados, con lágrimas de cocodrilos: "Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa".
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