Partidocracia, subasta y “espacios políticos”
La partidocracia, que se ha apoderado por asalto del sistema electoral panameño anula toda posibilidad de un verdadero desarrollo democrático. Los partidos, en lugar de cumplir con la función que les asigna la Constitución Política de "expresar el pluralismo político", tampoco "concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular" y para nada contribuyen a la promoción de la democracia, que es "un derecho de los pueblos" consagrado en la Carta Democrática Interamericana. Los partidos en Panamá son meras empresas económicas creadas y apoyadas por grupos de intereses sectarios que cada cinco años invierten muchos millones de balboas para competir en "la subasta presidencial", en que han convertido los torneos electorales panameños.
En las pasadas primarias los partidos, mejor decir, sus dueños, gastaron cerca de los 30 millones de balboas. Y ese fue solamente el prólogo. Se estima que en los meses que faltan para las elecciones del 3 de mayo gastarán entre 70 u 80 millones más.
Las elecciones panameñas se asemejan a las bolsas mercantiles. En éstas, los dueños de los puestos, cuyo número es cerrado y hay que comprarlos, son intermediarios obligados para poder traficar. En la política criolla solamente los partidos políticos pueden competir por la presidencia. Y para garantizarse ese monopolio inconstitucional y antidemocrático, acomodaron el Código Electoral a la medida de sus intereses, obligando a todos los electores a enfrentar la disyuntiva perversa de escoger entre los candidatos que ellos decidan o abstenerse de votar.
Escogidos ya los candidatos presidenciales, los tres que se consideran con las mayores opciones comenzarán una desvergonzada subasta, una danza de millones para conquistar la presidencia. En el camino por recorrer habrá un sinnúmero de componendas y de cambios de tolda, con el descarado propósito de hacerse de un hueco en el reparto de los "espacios políticos" (entiéndase las tajadas del botín presupuestario).
Los ejemplos de casos en que se pasa de los insultos a los besos y abrazos, se declaran "lealtades incondicionales" o en los que, sin el menor sonrojo, se traiciona a copartidarios y amigos para "posicionarse más cerca del presunto" han alcanzado niveles vergonzosos.
Nuestra politiquería, que está muy lejos de ser política, ha degenerado en un vulgar concurso de dinero, de demagogia y de mentiras disfrazadas de programas y propuestas que no se cumplirán. Prometer y gastar para llegar, a como de lugar y transando con el diablo si es necesario, es lo que a diario vemos practican los tres candidatos que se atribuyen, por ellos mismos y sus seguidores, las mayores opciones.
El panorama es desolador. Y mientras subsista el monopolio que los partidos con la manifiesta y abierta complicidad del Tribunal Electoral se han creado y ajustado a la medida de las ambiciones personales de sus dueños, en Panamá veremos cada vez más lejana la posibilidad de vivir bajo una verdadera democracia; y seguiremos viendo y sufriendo bajo una partidocracia que entiende la política como una empresa en la que se invierte para lucrar y no para servirle del país.