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Partidos: ¿fines o medios?


La democracia necesita del sistema de partidos políticos como un componente fundamental, pero sin un cambio en la práctica y concepción de los mismos, éstos se convierten en un factor de erosión del propio sistema democrático.
Muchos partidos se comportan como si fueran un fin en sí mismos, en lugar de ser vehículos de la ciudadanía para alcanzar la representación política. Tienden a ejercer el poder estableciendo su preeminencia orgánica sobre cualquier otra institución política, incluyendo los órganos del Estado. Se expresan como entidades con estructuras excluyentes, burocráticas, piramidales y sordas a los reclamos democráticos de la población.
Tal concepción llega no solo a atravesar a estos partidos sino a una parte de las personas, que actúan como base clientelista con oportunismo aunque en el fondo también desprecian las distorsiones politiqueras.
En la actualidad es necesario profundizar en la capacidad de potenciar la cultura política democrática educando en valores y derechos humanos, en una situación en que coinciden simultánea y contradictoriamente la profundización de la exclusión y la pobreza, la degradación ambiental, las posibilidades de crecimiento económico y de mejores oportunidades de participación democrática.
Los liderazgos políticos y la ciudadanía deben romper con las obsoletas prácticas y maneras de hacer política, y la equivocada idea de que los procesos democráticos han sido creados para poner en manos de caudillos, partidos y elites excluyentes, el poder y las instituciones democráticas, para servirse de ellas.
Esta es ya una situación límite, pues en otros países se ha visto el derrumbe de las estructuras partidarias cuando no han sabido leer los signos de los tiempos.
La cultura política enlaza la micro política con la macro política, y forja así un puente entre la conducta de los individuos y el comportamiento de los sistemas. Las actitudes relevantes de los individuos pueden no ser explícitamente políticas, pero pueden ser localizadas entre las actitudes no políticas y las afiliaciones no políticas de la sociedad civil. A su vez, la política es entendida como el ámbito relativo a la organización del poder - el ámbito de las decisiones vinculantes en una sociedad o grupo- de donde se proyecta que la cultura política se compone de los significados, valores, concepciones y actitudes que se orientan hacia el ámbito específicamente político.
Almond y Verba conceptualizan la cultura política como “las actitudes hacia el sistema político y sus diversas partes, y actitudes hacia el propio rol del individuo en el sistema”, en referencia al conocimiento del individuo acerca del sistema, sus sentimientos hacia él, y su juicio evaluativo sobre el mismo. La cultura política la define en cuatro direcciones: a) El conjunto de orientaciones subjetivas hacia la política en una población nacional, o en un subconjunto de ella. b) Sus componentes son fundamentalmente psicológicos e individualizados (cognitivo, afectivo, evaluativo) orientados hacia la política y los compromisos con valores políticos; c) El contenido de la cultura política es el resultado de la socialización, educación, exposición a los medios de comunicación desde la niñez, así como de experiencias con el desempeño gubernamental, social y económico en la etapa adulta, y d) La cultura política afecta el desempeño y la estructura gubernamental (incide en él, pero no lo determina).
La cultura política democrática como un conjunto de valores, actitudes y preferencias variables influida por los cambios sustantivos de la sociedad, juega un papel crucial en la democracia, comprende una serie de valores, actitudes y creencias que establecen pautas y límites de conducta para los ciudadanos y los líderes políticos, legitiman las instituciones políticas y brindan un contexto en el que se asientan los pensamientos y sentimientos de la mayoría de la población.
La gobernabilidad democrática puede ser lograda como resultado de la capacidad política de los diversos sectores para construir instituciones políticas representativas, legítimas y participativas por la vía de las concertaciones, acuerdos y compromisos locales y nacionales. Este proceso se articula estrechamente con un proceso de descentralización del poder, y de construcción y reconstrucción de identidad al posibilitar la relación entre sociedad civil -”un espacio público que tiene función normativa, regulativa, independiente y autónoma frente a la economía y el estado para expresar su propio quehacer” (Michael Walser)- y la sociedad política.
Debemos potenciar las capacidades de la cultura política democrática, permitiendo el desenvolvimiento de la construcción de nuevas relaciones políticas, democratización de los partidos, e impulso de auténticos valores, de la participación y capacidad de asociatividad en la población para incidir en los necesarios cambios. Quizás todavía estemos a tiempo.
(raulleisr@hotmail.com)

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