Pascua
En el empeño por ir catequizando la comunidad dentro del ambiente pascual y sin duda, se va logrando con estas mesas compartidas pascuales, con convivios entre presbíteros y agentes de pastoral, ayudan las reflexiones a los distintos aspectos que cumulativamente advienen durante la liturgia de la palabra durante el periodo pascual.
En el libro de la historia de la iglesia primitiva, los hechos o los actos de los apóstoles, el autor eclesiástico luego de presentarnos el triunfo del Señor en ascensión, introduce los discursos de Pedro. Nada menos que el seguidor de Jesús que aparatosamente sucumbió en la lealtad a su maestro, negándolo, renegándolo, aproximándose al inexplicable comportamiento del funesto Iscariot, como quien dice inscribiéndose en su partido, asustado repitiendo que no lo conocía cuando lo pusieron contra la pared. Qué actitud tan conocida en nuestro medio. Por las calles caminamos y en la multitud nos topamos con tanto personal que se distinguieron por ser los primeros y aventajados en propugnar ciertos ideales y luego, con una cara de piedra, transitan sonrientes después de haberse cansado de negar lo que defendieron. Si Jesús tuvo su Judas y su Pedro , no nos extrañemos, pero lo que pasó con Judas es que dentro de él, jamás aceptó que Cristo pudiera resucitar. Pedro, aparentemente, sí lo aceptó aun cuando no lo entendió.
Lucas menciona el hecho casi como quien no quiere, que el Señor se les había aparecido a varios, incluso a Simón. En esa mención casi casual de este hecho hay un poderoso mensaje y gran consolación para todos.
Simón era Pedro. El mismo que en no menos de tres ocasiones había negado al Señor (Lucas 22:54-66).
En la primera cristiandad el negar al Señor sonaba como el estallido de un trueno en los oídos. Para ellos, Pedro era el más pecador de todos, el peor de los traidores, el más ingrato de todos.
Sin embargo el mismo evangelio dice que el resucitado se apareció a Simón. y lógicamente nos hace ver que Simón se lo transmitió a los demás.
Qué fue lo que le sucedió a Simón, pues que el Señor le había perdonado su pecado. Que el Señor, no obstante este hecho, salió a buscarlo. Se le presentó en una escena indescriptible ya que no hay datos para reconstruirla pero sí para imaginarla, como cuando entre nosotros, alguien que te estima y a quien has traicionado te viene a buscar.
Lo que sucede es fácil imaginarlo. Me hago una idea de cómo es eso cuando en la televisión española en el programa de Paco Lobatón, se vuelven a ver, o se vuelven a conocer personas que en una época fueron una familia y que por razones diversas viven miles de kilómetros aparte y el programa de Paco los vuelve a reunir.
Es horrorosamente emotivo. ¿Dónde meter la cara? ¿qué clase de excusa, a ver qué invento?, me lloro , me río, pongo la cara seria ¿qué?
La resurrección es un don de Dios para nosotros que nos lleva a reconciliarnos con Dios. Nosotros los que a diario lo negamos con nuestra ramplonería cristiana afirmamos, prometemos, blasonamos de que aunque todo el mundo se corra yo voy a estar allí, y sin embargo, quedamos enredados en trivialidades intrascendentes y en el baúl profundo de las excusas ya no encontramos la que más convenga, por tanto, como Pedro, Señor tú sabes todas las cosas, tú sabes que te amo.
En el libro de la historia de la iglesia primitiva, los hechos o los actos de los apóstoles, el autor eclesiástico luego de presentarnos el triunfo del Señor en ascensión, introduce los discursos de Pedro. Nada menos que el seguidor de Jesús que aparatosamente sucumbió en la lealtad a su maestro, negándolo, renegándolo, aproximándose al inexplicable comportamiento del funesto Iscariot, como quien dice inscribiéndose en su partido, asustado repitiendo que no lo conocía cuando lo pusieron contra la pared. Qué actitud tan conocida en nuestro medio. Por las calles caminamos y en la multitud nos topamos con tanto personal que se distinguieron por ser los primeros y aventajados en propugnar ciertos ideales y luego, con una cara de piedra, transitan sonrientes después de haberse cansado de negar lo que defendieron. Si Jesús tuvo su Judas y su Pedro , no nos extrañemos, pero lo que pasó con Judas es que dentro de él, jamás aceptó que Cristo pudiera resucitar. Pedro, aparentemente, sí lo aceptó aun cuando no lo entendió.
Lucas menciona el hecho casi como quien no quiere, que el Señor se les había aparecido a varios, incluso a Simón. En esa mención casi casual de este hecho hay un poderoso mensaje y gran consolación para todos.
Simón era Pedro. El mismo que en no menos de tres ocasiones había negado al Señor (Lucas 22:54-66).
En la primera cristiandad el negar al Señor sonaba como el estallido de un trueno en los oídos. Para ellos, Pedro era el más pecador de todos, el peor de los traidores, el más ingrato de todos.
Sin embargo el mismo evangelio dice que el resucitado se apareció a Simón. y lógicamente nos hace ver que Simón se lo transmitió a los demás.
Qué fue lo que le sucedió a Simón, pues que el Señor le había perdonado su pecado. Que el Señor, no obstante este hecho, salió a buscarlo. Se le presentó en una escena indescriptible ya que no hay datos para reconstruirla pero sí para imaginarla, como cuando entre nosotros, alguien que te estima y a quien has traicionado te viene a buscar.
Lo que sucede es fácil imaginarlo. Me hago una idea de cómo es eso cuando en la televisión española en el programa de Paco Lobatón, se vuelven a ver, o se vuelven a conocer personas que en una época fueron una familia y que por razones diversas viven miles de kilómetros aparte y el programa de Paco los vuelve a reunir.
Es horrorosamente emotivo. ¿Dónde meter la cara? ¿qué clase de excusa, a ver qué invento?, me lloro , me río, pongo la cara seria ¿qué?
La resurrección es un don de Dios para nosotros que nos lleva a reconciliarnos con Dios. Nosotros los que a diario lo negamos con nuestra ramplonería cristiana afirmamos, prometemos, blasonamos de que aunque todo el mundo se corra yo voy a estar allí, y sin embargo, quedamos enredados en trivialidades intrascendentes y en el baúl profundo de las excusas ya no encontramos la que más convenga, por tanto, como Pedro, Señor tú sabes todas las cosas, tú sabes que te amo.