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Pascua judía y Pascua cristiana


El Judaísmo es una religión de los tiempos y de los ciclos agrícolas, fundamentalmente ligado a la Tierra de Israel. Menciones bíblicas y litúrgicas aluden una y otra vez al desarrollo de la naturaleza y la acción del hombre en aquella zona del Oriente Próximo, incluso antes de la ocupación del país por los descendientes de Jacob.
Dentro de aquella parábola milenaria, hace 33 siglos, un hombre de 80 años cambió radicalmente y para bien el destino judío y de la humanidad entera. Fue un egipcio, Príncipe de la Casa de Faraón, Moisés quien nació esclavo y predicó la libertad, nació pagano y se convirtió al único Dios, nació en la opulencia y prefirió compartir la vida de los más pobres. Moisés, quien en la edad adulta descubrió el misterio de su propia indentidad.
Moisés es el Legislador por antonomasia y, al mismo tiempo, el artífice de la Liberación, de la única libertad que, en las páginas de la Escritura, sólo puede provenir de un Dios sin nombre. Un Dios que camina con su pueblo y lo conduce del país de la opresión a una Tierra de solaz y abundancia y le entrega el código de las Leyes de vida que ya tienen ¡cuatro mil años!
La conquista de la libertad judía no se hizo sin traumas. La noche previa fue "de terror" porque Dios pasaría (Pesah) sobre Egipto en un acto de venganza. Sólo la sangre de un cordero sin mácula salvaguardaría a los hebreos del exterminio.
14 del mes primaveral de Nisán. La Pascua, el paso, la protección divina y la instauración del rito de comer el cordero de prisa, calzados los pies, puesto el manto y el bastón en la mano, listos para partir, como si la festividad hubiese marcado el destino de los judíos para siempre, el pueblo de las permanentes peregrinaciones, persecuciones y ansias inquebrantables de libertad y seguridad.
En los textos revelados se denomina la Pascua la fiesta del pan sin levadura (Exodo, Levítico y Deuteronomio). Se la conoce igualmente como la Fiesta de la Libertad o Festival de la Primavera.
En el siglo VII entes de la era común, el Rey Josías le devolvió todo su significado y esplendor. Antes, entonces y ahora es una fecha esencial del Judaísmo lo que equivale a decir que marca su nacimiento a la Historia del mundo como nación libre de atributos propios.
El mensaje no quedaría reducido a los límites geográficos de Israel ni donde se hallaran sus hijos en la Diáspora. Una vocación universalista implicaban aquellos conceptos. La libertad personal y comunitaria de que habla la Biblia tardaría muchos siglos en ser reconocida por el mundo moderno desde la abolición de la esclavitud infamante hasta la Declaración de los Derechos Humanos, justicia social, respeto al individuo y acatamiento de su dignidad y demás valores que le son inherentes.
La Pascua judía rechaza cualquier forma de sojuzgar al hombre; impugna los despotismos no importa su color ni estilo; simboliza la antítesis de cuanto pueda menoscabar el privilegiado sitial que ocupa el ser humano en las escalas de las criaturas.
Heredero directo de esa incomparable promulgación del hecho libertario humano es el Cristianismo, injertado en la savia nutricia judía y sin la cual sería vacuo e incomprensible. El Rabí de Nazareth fue un consumado cumplidor de la Ley. Reunido con sus discípulos la noche memorable de la Pascua, llevó a cabo el ritual del Seder o Cena con minucioso detalle.
Los intérpretes han querido ver en sus gestos y palabras la señal de que el cristiano siempre está reviviendo, resucitando a una vida mejor, de ascensión y perfeccionamiento redentor.
Para el Cristianismo, la Fiesta de la Primavera se transformó en la de la Resurrección, en el despertar del Maestro y de todos sus seguidores a una existencia según el plan de Dios, de la cual Jesús fue paradigma absoluto.
De esta suerte, la Fiesta principal de Israel vino a ser la Fiesta por excelencia de los cristianos. En el fondo de ambas teologías hay un llamado a seguir, no sólo rememorando los hechos históricos, sino a actualizar para nosotros el sentido de la libertad y reconocernos legatarios de unas nociones a las cuales el paso de los milenios no causa detrimento.
La noche pascual, durante la lectura de la Hagada o narración, cada judío declara que se siente como si él mismo hubiese salido de Egipto, conducido por el Eterno a través del desierto solitario e inhóspito, a un paraje de bendición y paz.
Para los cristianos, la noche pascual es la del tránsito de la tiniebla a la luz, de la muerte a la vida, de la culpa a la gracia.
La ceremonia expresa que todo el orbe se sienta libre de la oscuridad que lo cubría.
Noche dichosa que enriqueció a los hebreos y destruyó a los egipcios, noche que anula la prepotencia de los tiranos, ya fueren políticos o ideológicos.
¡Qué grandiosas ideas las de las dos religiones, la antigua cepa de Israel y su retoño cristiano! Pascua judía y Pascua cristiana que han brotado de un solo trono escriturístico que, pese a sus diferencias, nos aproximan para enseñarnos que en cada hombre existe una sed nunca saciada de justicia, libertad y paz. Isaías el Profeta lo dijo en estas palabras inmortales: "Estarás lejos de la opresión, y no tendrás que tener; y lejos del terror que no se acercará". (cap 54)

101 años de Panamá América

 
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