Pascuas de Resurrección
Maltratado y torturado en el camino del Calvario. Burlado, escarnecido y muerto en la infamia de la cruz, que luego se convirtió en símbolo de redención. Pero siguió viviendo en el corazón de sus discípulos y su doctrina de paz y de justicia para la humanidad perdura a través de los siglos.
Resucitó porque los grandes ideales no pueden morir. Volvió a la vida eterna, porque una vida sostenida por la sed de amor, por la comprensión y la sinceridad, no puede perecer. Todas las armas y todos los poderes de la fuerza terrenal, son insuficientes para destruir la fe que se encierra en lo más hondo del corazón. Y Jesús no era solamente su envoltura terrenal: era el espíritu de la verdad, el sentimiento de la justicia, que han ido creciendo a través del tiempo hasta convertirse en la esperanza de una vida mejor para la gran mayoría de los seres de todo el mundo.
Hay júbilo en el corazón del hombre en esta fecha gloriosa. Los días tristes, la dolorosa ansiedad, el duelo angustioso, han desaparecido. Las campanas se han echado al vuelo, la alegría ha prendido en los corazones y la esperanza se ha iluminado con los colores más hermosos y brillantes. Es la Pascua de Resurrección, que reafirma todos los años en el sentimiento cristiano la seguridad de que sigue viva y vigorosa la doctrina que constituye el más sólido fundamento para la esperanza de un mundo mejor y más completo para todos.
Millones de hombres y mujeres, de niños y de ancianos, de todas las razas y de todos los colores, de todas las condiciones culturales, sociales y políticas, celebran esta fecha con regocijo profundo. Y esa simultaneidad sirve para comprobar, una vez más, que son profundos y perdurables los sentimientos que unen a todos los pueblos, a todas las razas, a todos los hombres, en el anhelo común de encontrar la felicidad por medio del amor, de la paz y de la libertad.
Resucitó porque los grandes ideales no pueden morir. Volvió a la vida eterna, porque una vida sostenida por la sed de amor, por la comprensión y la sinceridad, no puede perecer. Todas las armas y todos los poderes de la fuerza terrenal, son insuficientes para destruir la fe que se encierra en lo más hondo del corazón. Y Jesús no era solamente su envoltura terrenal: era el espíritu de la verdad, el sentimiento de la justicia, que han ido creciendo a través del tiempo hasta convertirse en la esperanza de una vida mejor para la gran mayoría de los seres de todo el mundo.
Hay júbilo en el corazón del hombre en esta fecha gloriosa. Los días tristes, la dolorosa ansiedad, el duelo angustioso, han desaparecido. Las campanas se han echado al vuelo, la alegría ha prendido en los corazones y la esperanza se ha iluminado con los colores más hermosos y brillantes. Es la Pascua de Resurrección, que reafirma todos los años en el sentimiento cristiano la seguridad de que sigue viva y vigorosa la doctrina que constituye el más sólido fundamento para la esperanza de un mundo mejor y más completo para todos.
Millones de hombres y mujeres, de niños y de ancianos, de todas las razas y de todos los colores, de todas las condiciones culturales, sociales y políticas, celebran esta fecha con regocijo profundo. Y esa simultaneidad sirve para comprobar, una vez más, que son profundos y perdurables los sentimientos que unen a todos los pueblos, a todas las razas, a todos los hombres, en el anhelo común de encontrar la felicidad por medio del amor, de la paz y de la libertad.