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Pataleo de ahogado


Cuenta la tradición panameña que el pataleo que da el ahogado, no vale nada: el muerto, aunque se mueva, muerto está; nadie lo podrá revivir como a Lázaro. Lo mismo ocurre con los fallos de la Corte Suprema de Justicia: son finales, definitivos y obligatorios; no hay nada que los resucite. No hay que ser abogado ni muy inteligente para conocer ese principio, incluido en el Art. 206 de la Constitución Nacional. Cualquier pataleo que se haga sobre lo mismo, no variará su contenido.

El 22 de febrero pasado, la Sala Tercera Contencioso Administrativa de la Corte Suprema, revirtió decisión de entidad administrativa del Estado panameño, declarando nula la concesión de un famoso y costoso inmueble. Esa sentencia, que quienes la leen y desmenuzan concuerdan que es una de las decisiones mejor fundamentadas de la Corte en los últimos meses, y que le da lustre a la institución en su nueva era, ha sido cuestionada severamente por quienes se sienten afectados por ella. Por tratarse de un proceso donde mi firma forense representó al ganador, me abstengo ir al fondo de su contenido.

Sin embargo, quienes se ven afectados por tal decisión judicial, arremeten contra la Corte y aducen que la misma atenta contra la seguridad jurídica del país. Insultan a los abogados litigantes, como si fuésemos los únicos responsables de un fallo negativo para ellos y no su trasgresión a la ley. Aducen lentitud en la justicia, hecho cierto, pero que desafortunadamente se nos aplica a todos de los que tenemos por profesión ejercer como abogados. Argumentan que cómo se permitió construir sobre el inmueble en litigio, para ahora salirse con semejante fallo, olvidándose que cuando uno está en esa situación pendiente es mejor esperar el resultado del mismo para poder seguir adelante. Es lo que haría una persona prudente y con dos dedos de frente. Lo demás es como jugar lotería confiados de tener el número ganador.

Para estos trasnochados la justicia es justa cuando los beneficia a ellos; la única que están acostumbrados a darle valor. Hoy por fin vemos luz de una justicia ciega que falla sin mirar a quien beneficia o a quien perjudica, ya sean éstos sencillos o famosos, sean ricos o pobres, sean encopetados o encutarrados. ¿No era ésa la justicia que siempre clamábamos?

101 años de Panamá América

 
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