Pataletas chauvinistas
Lima/AIPE.- En una ceremonia transmitida en directo por la televisión y radio de Perú y Ecuador, que contó con la presencia de los presidentes Fujimori y Mahuad, se demarcó total y definitivamente la frontera entre ambos países, a través de la suscripción del acta de colocación del último hito fronterizo.
Luego de más de siglo y medio de rencores y diferencias, y después de 57 años de la firma del Protocolo de Río de Janeiro, 12 millones de ecuatorianos y 24 millones de peruanos han logrado que, lo que parecía un imposible, se convierta en realidad.
Más de cinco décadas de conflicto, tres guerras en el camino (1941, 1981 y 1995), centenares de muertos y no pocas decenas de soldados mutilados ha sido el saldo que han tenido que pagar Perú y Ecuador para arribar, por fin, a la paz.
Con la colocación del último hito fronterizo se ha logrado lo más importante: cerrar la frontera, culminar la demarcación de acuerdo al Protocolo de Río, el fallo de Braz Días de Aguiar y los pareceres técnico-jurídicos.
Con el cierre definitivo de la frontera se clausura un capítulo de resentimientos, odios e ilusorias aspiraciones expansionistas por parte de Ecuador, para dar lugar a una paz honrosa.
Es cierto que en el Perú nadie ha descorchado botellas para celebrar, porque todavía tomará algún tiempo doblegar la desconfianza de algunos y el desfasado chauvinismo de otros.
Hay quienes ven la cesión de Tiwinza como una suerte de trofeo de guerra arrebatado por los ecuatorianos para humillar a los peruanos.
Sin embargo, hay que reconocer que la solución final ha sido realista y beneficiosa para el Perú. La concesión de Tiwinza consiste en la donación de un kilómetro cuadrado que se encuentra en territorio peruano, sometido a las leyes y jurisdicción peruanas. Se trata de una entrega a perpetuidad, pero no territorial. Sobre Tiwinza los peruanos tienen una propiedad absoluta y derechos de dominio ilimitados. Ergo, no hay cesión territorial ni pérdida de soberanía, como afirman algunos pocos políticos beligerantes.
Como ha comentado el ex premier Javier Valle Riestra, "esos políticos de pseudoizquierda, esos socialistas que quieren guerra entre pueblos siameses se desempeñan como ultrachauvinistas, y para tener cartel electoral escogen una posición de las que Lenin llamaba "socialpatriotas". Y están dispuestos a bailar sobre el cadáver del Perú, con tal de tener un escaño".
La donación de Tiwinza ha sido cuestionable, pero al mismo tiempo fundamental para el logro de la paz.
A fin de cuentas, es Ecuador, y no Perú, quien tendrá que cambiar sus libros de historia, romper y rehacer sus mapas, y modificar sus libros de geografía. Es Ecuador, y no Perú, quien debe enfrentar que su historia se construyó sobre utopías y aceptar que la razón jurídica siempre estuvo del lado de los peruanos.
Y al gobierno de Fujimori le toca, en estos momentos, explicarle a la nación que estamos ante un hito histórico, para nosotros el más importante del siglo XX. Lamentablemente, en vez de echar luz sobre las bondades del acuerdo y disipar las dudas de muchos peruanos, la política gubernamental ha sido la del silencio y el autismo, rasgo característico del estilo autoritario.
Luego de más de siglo y medio de rencores y diferencias, y después de 57 años de la firma del Protocolo de Río de Janeiro, 12 millones de ecuatorianos y 24 millones de peruanos han logrado que, lo que parecía un imposible, se convierta en realidad.
Más de cinco décadas de conflicto, tres guerras en el camino (1941, 1981 y 1995), centenares de muertos y no pocas decenas de soldados mutilados ha sido el saldo que han tenido que pagar Perú y Ecuador para arribar, por fin, a la paz.
Con la colocación del último hito fronterizo se ha logrado lo más importante: cerrar la frontera, culminar la demarcación de acuerdo al Protocolo de Río, el fallo de Braz Días de Aguiar y los pareceres técnico-jurídicos.
Con el cierre definitivo de la frontera se clausura un capítulo de resentimientos, odios e ilusorias aspiraciones expansionistas por parte de Ecuador, para dar lugar a una paz honrosa.
Es cierto que en el Perú nadie ha descorchado botellas para celebrar, porque todavía tomará algún tiempo doblegar la desconfianza de algunos y el desfasado chauvinismo de otros.
Hay quienes ven la cesión de Tiwinza como una suerte de trofeo de guerra arrebatado por los ecuatorianos para humillar a los peruanos.
Sin embargo, hay que reconocer que la solución final ha sido realista y beneficiosa para el Perú. La concesión de Tiwinza consiste en la donación de un kilómetro cuadrado que se encuentra en territorio peruano, sometido a las leyes y jurisdicción peruanas. Se trata de una entrega a perpetuidad, pero no territorial. Sobre Tiwinza los peruanos tienen una propiedad absoluta y derechos de dominio ilimitados. Ergo, no hay cesión territorial ni pérdida de soberanía, como afirman algunos pocos políticos beligerantes.
Como ha comentado el ex premier Javier Valle Riestra, "esos políticos de pseudoizquierda, esos socialistas que quieren guerra entre pueblos siameses se desempeñan como ultrachauvinistas, y para tener cartel electoral escogen una posición de las que Lenin llamaba "socialpatriotas". Y están dispuestos a bailar sobre el cadáver del Perú, con tal de tener un escaño".
La donación de Tiwinza ha sido cuestionable, pero al mismo tiempo fundamental para el logro de la paz.
A fin de cuentas, es Ecuador, y no Perú, quien tendrá que cambiar sus libros de historia, romper y rehacer sus mapas, y modificar sus libros de geografía. Es Ecuador, y no Perú, quien debe enfrentar que su historia se construyó sobre utopías y aceptar que la razón jurídica siempre estuvo del lado de los peruanos.
Y al gobierno de Fujimori le toca, en estos momentos, explicarle a la nación que estamos ante un hito histórico, para nosotros el más importante del siglo XX. Lamentablemente, en vez de echar luz sobre las bondades del acuerdo y disipar las dudas de muchos peruanos, la política gubernamental ha sido la del silencio y el autismo, rasgo característico del estilo autoritario.