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Patética ausencia de liderazgos


EL TRIUNFO en las pasadas elecciones de la nueva versión del PRD, llamada "patria nueva", reflejó, de manera dramática, la patética crisis de liderazgo que venimos sufriendo desde hace una buena cantidad de años y que, como una larga noche, parece no tener fin.
Desde el restablecimiento de la "democracia formal" (es muy discutible que hayamos tenido una verdaderamente), en diciembre de 1989, hemos vivido bajo la sombra que proyectaron Arnulfo Arias y Omar Torrijos. La del primero, parece haberse opacado con la presidencia de la señora Moscoso; a la del segundo, le ocurrirá igual cuando su vástago concluya su mandato presidencial. Pero, mientras llega ese momento, seguimos viviendo y sufriendo la triste realidad de una profunda crisis de liderazgos, en casi todos los órdenes de la vida nacional. Sin embargo, seguimos rehusando reflexionar seriamente sobre sus consecuencias para la estabilidad institucional y el futuro de nuestra nación.
En la vida política de los pueblos, las grandes encrucijadas: o fortalecen el papel de sus líderes, cuando éstos asumen y demuestran su capacidad de orientar a las masas populares, o provocan su sustitución por nuevos liderazgos, cuando los existentes no dan la talla. En Panamá, estamos inmersos en una gravísima encrucijada, la que nos plantea el proyecto de ampliación del Canal. Lo grave no es el reto que tenemos por delante sino la comprobación de que padecemos una ausencia de líderes que nos ayuden a enfrentarla, con conocimiento pleno y suficiente de las implicaciones y consecuencias de la decisión que deberemos tomar a la hora de votar en el referendo. El gobierno nacional, con el poder político, real y efectivo, que tiene en sus manos, aunque su representatividad se haya mermado sustancialmente y esté muy por debajo del porcentaje de votos que obtuvo en las elecciones de mayo de 2004, desde antes de asumir el poder se trazó como meta aprobar, siguiendo un cronograma inalterable. Poco le ha importado solucionar los problemas fundamentales que prometió resolver. Hoy tenemos más desempleo, la inseguridad pública alcanza niveles de tragedia y la prometida transparencia suena a chiste de mal gusto. Adicionalmente, ha golpeado al país, especialmente a los sectores populares y de la clase media con más impuestos y alzas de los precios de insumos básicos, como el combustible y la electricidad.
Aunque la gestión de la llamada "patria nueva" es un fracaso por donde se le mire, ella sigue impertérrita cumpliendo, no importa cuántas ronchas levante, con el cronograma que se ha trazado. Y podrá seguir en su empeño gracias a la pobreza de la también mal llamada oposición y de los liderazgos que debieran enjuiciar la gestión gubernamental y orientar y organizar al pueblo para que tenga capacidad de obligar a corregir el rumbo. Poco importa ser tuerto cuando se vive en el reino de los ciegos.
Frente a las embestidas de la reforma tributaria y de las reformas a la Caja del Seguro Social, los liderazgos de los partidos políticos y de los principales grupos empresariales, o fueron cómplices o guardaron un acomodaticio silencio. Con posterioridad se han quejado, cuando han comprobado que algunos de sus aspectos sí les afectan sus bolsillos, pero muy tímidamente, porque abrigan la esperanza de "emparejar las cargas" por otras vías.
En Panamá, existen siete partidos políticos legalmente constituidos y, por lo que parece, si dos de ellos llegan a resolver sus diferencias sobre el control de los pesos y centavos del subsidio electoral, se reducirán a 6. En la cúpula de todos ellos coinciden los mismos grupos de intereses que están esperando forrarse, aún más, con los miles de millones que, supuestamente, derramará la cornucopia dorada de la ampliación del Canal. Por consiguiente, ninguno de ellos ha asumido, ni asumirá, la responsabilidad de explicarle a sus adherentes, y mucho menos al país, cómo deben votar en el referendo. Si quieren ponerse al lado del gobierno y pedir el voto favorable, que lo hagan. Pero deben asumir la responsabilidad que corresponde a todo líder político, o que pretende serlo, de orientar al pueblo en las grandes encrucijadas de la vida nacional.
Las dirigencias de los partidos políticos, ahora que el gobierno, para la sorpresa de nadie, ha dado el paso de hacer suyo el proyecto de la Autoridad del Canal, y de aprobarlo con su aplanadora en la Asamblea, están obligadas a producir y divulgar, colectiva o individualmente, su posición. La que les dé la gana, pero que la sustenten, aunque sólo sea para la constancia histórica y para que, cuando llegue el momento, asuman las consecuencias: las buenas o las malas.
Todos los partidos políticos legalmente vigentes están representados en la Asamblea y todos, con sus diputados, concurrirán a las sesiones extraordinarias convocadas por el Ejecutivo. Cada uno de ellos, debe sustentar allí su posición, pero no con generalidades o escurriendo el bulto, sino cumpliendo con el deber que les impone la cuota de liderazgo que el pueblo depositó en ellos.
La Iglesia Católica, en la voz del Arzobispo de Panamá, ha dado una importante campanada. Se requiere un acuerdo nacional que, aparte de convenir sobre los aspectos de la metodología para la discusión amplia y satisfactoria de la propuesta de la ampliación, también preste atención prioritaria al conjunto de problemas que comprenden, desde la desintegración familiar hasta la inseguridad y la desigualdad rampante que erosiona las bases de nuestra sociedad. Su llamado no puedo llegar en mejor momento.
Pero para que esa sana apelación prospere se requerirá de mucho más que la indiscutible autoridad del Arzobispo Cedeño. Será imprescindible que los liderazgos políticos, de los partidos y de los otros grupos sociales concurran con sus voluntades y, principalmente, que el gobierno tenga la receptividad que, hasta ahora, nunca ha demostrado.

101 años de Panamá América

 
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