Pax iudeae
El hombre no puede, a sí mismo, negar a su familia. Puede estar disgustado o peleado con ella y decir: no lo conozco, no somos nada, no sé quien es, no sé de quién me hablas y muchas otras frases similares, ofensivas o no; pero sigue siendo su familia. Recuerdo que un amigo chitreano ya fallecido me refirió que en una ocasión alguien en el pueblo le preguntó a otra persona: "Óyeme fulano, cómo está tu hermano sutano? Y el fulano contestó: no sé de quién me hablas, él no es hermano mío"; y el que preguntaba, con esa gracia propia de la gente de esa región le contestó: " ah no? y como te lo quitáis".
Pero a los amigos, todos tenemos el derecho a escogerlos.
En materia de amigos y enemigos los estados actúan en forma parecida. Por ejemplo: el gobierno de los Estados Unidos ha encontrado una forma muy curiosa, pero efectiva, cuando quieren estigmatizar a alguien. Si una persona por algún motivo no le cae bien le niegan, cancelan o revocan la visa para entrar a ese país; y el afectado sufre una especie de capiti diminutio, máxima, media o mínima, de acuerdo con el talante del individuo.
En el año 70 de Nuestra Era, el emperador romano Tito Flavio Vespasiano aburrido de las peleas, conflictos y fanatismo de los Zelotes de la Judea-Palestina con el imperio, envió a su hijo Tito para que acabara con las revueltas que ya tenían rato, y éste arrasó con Jerusalén. De acuerdo con algunos historiadores, ese hecho contribuyó al fortalecimiento del cristianismo y a que también se achacara a la nueva religión el infortunio de la diáspora, lo cual, por supuesto, no es cierto. La diferencia con Jesús fue el ecumenismo de él, contrario a la creencia del nómada pueblo judío de que ellos eran el pueblo escogido de Dios. Y creo que ese es el problema básico.
En 1948, a solo dos años de la terminación de la segunda guerra mundial, la Asamblea General de las Naciones Unidas, como consecuencia de esa tragedia general sufrida por la humanidad, decidió la creación del Estado de Israel, y pensé: se reanudaron los problemas con los vecinos. Desde los tiempos de Nabucodonosor a los fundamentalistas de estos señores les ha sido difícil llevarse con sus prójimos. Por una razón bien sencilla: se han creído la fábula de que son el pueblo escogido por Dios. Y como son el pueblo escogido por Dios, creen poder hacer casi todo lo que se les ocurra.
Y así ha sido. Premunidos del apoyo del gobierno de los Estados Unidos gobierno que por cierto tiene un concepto maniqueísta del mundo, lo que los lleva a estar en permanente conflicto con el principio de contradicción explicado por Aristóteles- aparte de aceptar, por supuesto, la creación del Estado de Israel por las Naciones Unidas, se han negado a cumplir con todas las resoluciones de dicho organismo internacional.
Por ello, es que ahora han atacado al Estado Soberano del Líbano, y en una forma asquerosa y degradante para el gobierno de Israel están masacrando a la población civil, han destruído: carreteras, aeropuertos, escuelas, hospitales, instalaciones de producción de energía eléctrica, vías de acceso a la ayuda humanitaria internacional, y algo muy curioso: no sólo han bombardeado a Beirut, la capital del Líbano, sino también a ciudades y sitios que son patrimonio de la humanidad como Tiro, Sidón y Baalbek. Es decir, ellos están aparte del mundo y piensan, me parece, que es nuestra obligación aceptarlo.
Todos los gobiernos decentes y con arrestos suficientes, deben retirar sus embajadores de ese país. Estoy seguro de que les entraría un furor incontenible porque a pesar de estar contra el mundo, quieren que todos le reconozcan su existencia. Pareciera que sufrieran una especie de complejo de bastardía. El único país que ha hecho lo aquí sugerido es la República Bolivariana de Venezuela, a quien felicito por el repudio a ese acto de barbarie contra el Líbano, y solidaridad con una causa justa, negándole el saludo a un Gobierno criminal. Si otros gobiernos actuaran igual al de Venezuela, ya hubieran encontrado la fórmula para solucionar el desaguisado.
El gobierno de Israel va a seguir en su desafortunada contumacia por contar con el apoyo del gobierno de los Estados Unidos. Entre sus delirios se han imaginado que ellos son impunes, y están equivocados. Hace algunos años a Israel se le ocurrió venderle armas a no recuerdo qué Nación oriental y le dijeron que no lo hicieran. Los nuevos Zelotes insistieron porque argüían tener derecho a hacerlo, hasta que alguien, no recuerdo si en el Senado de los Estados Unidos u otro órgano de poder, propuso que le quitaran o suspendieran la enorme ayuda anual que le daban. Hasta ahí llegó el deseo de vender armas en contra de las instrucciones del amo.
Ojalá que mi país siguiera el ejemplo de Venemela.
Pero a los amigos, todos tenemos el derecho a escogerlos.
En materia de amigos y enemigos los estados actúan en forma parecida. Por ejemplo: el gobierno de los Estados Unidos ha encontrado una forma muy curiosa, pero efectiva, cuando quieren estigmatizar a alguien. Si una persona por algún motivo no le cae bien le niegan, cancelan o revocan la visa para entrar a ese país; y el afectado sufre una especie de capiti diminutio, máxima, media o mínima, de acuerdo con el talante del individuo.
En el año 70 de Nuestra Era, el emperador romano Tito Flavio Vespasiano aburrido de las peleas, conflictos y fanatismo de los Zelotes de la Judea-Palestina con el imperio, envió a su hijo Tito para que acabara con las revueltas que ya tenían rato, y éste arrasó con Jerusalén. De acuerdo con algunos historiadores, ese hecho contribuyó al fortalecimiento del cristianismo y a que también se achacara a la nueva religión el infortunio de la diáspora, lo cual, por supuesto, no es cierto. La diferencia con Jesús fue el ecumenismo de él, contrario a la creencia del nómada pueblo judío de que ellos eran el pueblo escogido de Dios. Y creo que ese es el problema básico.
En 1948, a solo dos años de la terminación de la segunda guerra mundial, la Asamblea General de las Naciones Unidas, como consecuencia de esa tragedia general sufrida por la humanidad, decidió la creación del Estado de Israel, y pensé: se reanudaron los problemas con los vecinos. Desde los tiempos de Nabucodonosor a los fundamentalistas de estos señores les ha sido difícil llevarse con sus prójimos. Por una razón bien sencilla: se han creído la fábula de que son el pueblo escogido por Dios. Y como son el pueblo escogido por Dios, creen poder hacer casi todo lo que se les ocurra.
Y así ha sido. Premunidos del apoyo del gobierno de los Estados Unidos gobierno que por cierto tiene un concepto maniqueísta del mundo, lo que los lleva a estar en permanente conflicto con el principio de contradicción explicado por Aristóteles- aparte de aceptar, por supuesto, la creación del Estado de Israel por las Naciones Unidas, se han negado a cumplir con todas las resoluciones de dicho organismo internacional.
Por ello, es que ahora han atacado al Estado Soberano del Líbano, y en una forma asquerosa y degradante para el gobierno de Israel están masacrando a la población civil, han destruído: carreteras, aeropuertos, escuelas, hospitales, instalaciones de producción de energía eléctrica, vías de acceso a la ayuda humanitaria internacional, y algo muy curioso: no sólo han bombardeado a Beirut, la capital del Líbano, sino también a ciudades y sitios que son patrimonio de la humanidad como Tiro, Sidón y Baalbek. Es decir, ellos están aparte del mundo y piensan, me parece, que es nuestra obligación aceptarlo.
Todos los gobiernos decentes y con arrestos suficientes, deben retirar sus embajadores de ese país. Estoy seguro de que les entraría un furor incontenible porque a pesar de estar contra el mundo, quieren que todos le reconozcan su existencia. Pareciera que sufrieran una especie de complejo de bastardía. El único país que ha hecho lo aquí sugerido es la República Bolivariana de Venezuela, a quien felicito por el repudio a ese acto de barbarie contra el Líbano, y solidaridad con una causa justa, negándole el saludo a un Gobierno criminal. Si otros gobiernos actuaran igual al de Venezuela, ya hubieran encontrado la fórmula para solucionar el desaguisado.
El gobierno de Israel va a seguir en su desafortunada contumacia por contar con el apoyo del gobierno de los Estados Unidos. Entre sus delirios se han imaginado que ellos son impunes, y están equivocados. Hace algunos años a Israel se le ocurrió venderle armas a no recuerdo qué Nación oriental y le dijeron que no lo hicieran. Los nuevos Zelotes insistieron porque argüían tener derecho a hacerlo, hasta que alguien, no recuerdo si en el Senado de los Estados Unidos u otro órgano de poder, propuso que le quitaran o suspendieran la enorme ayuda anual que le daban. Hasta ahí llegó el deseo de vender armas en contra de las instrucciones del amo.
Ojalá que mi país siguiera el ejemplo de Venemela.