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Pedro de San José de Betancour, un alacrán y una lagartija


Escribí este ensayo en mi libro "De Palma a Vallejo", en 1964, que vuelve a la actualidad con la canonización de Pedro San José de Betancour. Desde el imperecedero y abigarrado conjunto histórico de las Tradiciones Peruanas de don Ricardo Palma, entre filibusteros, virreyes licenciosos, pudorosas doncellas, santos varones, pícaros atrabiliarios y gente de todo jaez, surge siempre el poético milagro de "El alacrán de Fray Gómez". Si entre los lectores de Palma se hiciese una encuesta para señalar las cinco tradiciones más populares, no sería arriesgado apostar por la inclusión de la portentosa historia en los primeros lugares. La incomparable fuerza narrativa de don Ricardo ha fijado la historia del milagro en la imaginación hispanoamericana con la trama de eternidad de que están hechos los cuentos de las Mil y Una Noche, el Quijote y las novelas de Balzac.
Sin embargo, sin mengua de su talento de narrador y, por lo contrario, como máximo homenaje a su imaginación, hoy nos atrevemos a afirmar que el tal milagro del alacrán convertido en valiosa joya morisca por Fray Gómez, jamás se produjo. Numerosos milagros hizo en vida Fray Gómez y aún después de su muerte, en olor de santidad. Pero el del alacrán, no; se lo atribuyó don Ricardo, probablemente como agradecimiento a todos los bienes que hizo en favor de los limeños de fines del siglo XVI y mediados del XVII.
En el breve prólogo a esta tradición, don Ricardo confía que, en su juventud, oyó con frecuencia a las viejas exclamar "esto vale tanto como el alacrán de Fray Gómez", ponderando el mérito y precio de una alhaja. Agrega, luego, que escribe la tradición para explicar el dicho de las viejas y el sentido del piropo "alacrancito de Fray Gómez" conque regaló a su hija Angélica. Pero antes que aceptemos su insinuación de que el milagro de Fray Gómez pertenece sólo a la tradición oral, don Ricardo cita las crónicas franciscanas y le imparte fidelidad histórica al acontecimiento: "Este era un lego contemporáneo de don Juan de la Pipirindica, el de valiente pica, y de San Francisco Solano, el cual lego desempeñaba en Lima, en el convento de los padres seráficos, las funciones de refitolero en la enfermería u hospital de los devotos frailes. El pueblo lo llamaba Fray Gómez, y Fray Gómez lo llamaban las crónicas conventuales y la tradición lo conoce por Fray Gómez... Fray Gómez hizo en mi tierra milagros a mantas, sin darse cuenta de ellos y como quien no quiere la cosa. Era de suyo milagrero; como aquel que hablaba en prosa sin sospecharlo".
En otro pasaje don Ricardo se arrepiente de su fe absoluta en los milagros de Fray Gómez y dice, con su característico escepticismo: "Yo no lo niego ni lo afirmo. Puede que sí y puede que no. Tratándose de maravillas, no gasto tinta en defenderlas ni en refutarlas".
Hecho el gasto, por nuestra parte continuaremos empleando tinta en verificar cuál fue el proceso de elaboración literaria del alacrán de Fray Gómez.
Evidentemente, don Ricardo, para escribir la popular tradición, leyó la "Crónica de la Religiosísima Providencia de los Doce Apóstoles del Perú", escrita por Fray Diego de Córdoba y Salinas, predicador franciscano. Publicada en 1651, contiene la historia de la orden franciscana en el Perú desde su arribo a estas tierras hasta la fecha señalada. El libro tercero de la copiosa crónica, entre las páginas 371 y 412, registra "la vida, muerte y milagros del venerable Padre Fray Juan Gómez, religioso lego, enfermero en el convento de San Francisco de Jesús". Fray Diego de Córdoba y Salinas enumera todos los milagros atribuidos a Fray Juan Gómez; empero, como lo hemos comprobado en la lectura directa del alacrán del convento no figura allí el milagro del alacrán transformado en rica alhaja por los maravillosos dedos de Fray Gómez. El insigne escritor peruano atribuyó a Fray Gómez el milagro que, en realidad, hizo otro beato franciscano en Guatemala.
Don Ricardo relata en su tradición otros milagros menores de Fray Gómez que sí figuran en la crónica de Fray Diego de Córdova y Salinas: la curación instantánea del jinete que, arrojado por su caballo, se descalabró; en la crónica se dice que el jinete era un negro bozal, pero don Ricardo sólo reporta que el jinete quedó con la cabeza hecha una criba; también consta el milagro de los pejerreyes frescos que Fray Gómez consiguió para San Francisco Solano, a pesar de que no era la época para tan apetecidos peces.
En la crónica se anota que Fray Gómez, ante el pedido de San Francisco, salió de la celda del santo varón y reapareció con los pejerreyes en una vasija. Don Ricardo se deja vencer por su proclividad a la ironía e imagina a Fray Gómez extrayendo los pejerreyes de una manga del hábito, como un Houdini colonial.
Irreverencias aparte, ejemplar ministro de Dios fue Fray Gómez. Combatió sin tregua con el demonio; castigó su cuero con el ayuno y la abstinencia; alivió los males a ricos y menesterosos, a nobles y a indios desvalidos: besó las llagas de los leprosos y le proporcionó instantáneo remedio; aplacó dolores de parturientas y, aunque sin recurrir al alacrán atribuido por Palma, sacó de apuros a más de un apremiado comerciante. Pero ¿fue el alacrán invención pura de don Ricardo? Esta es nuestra hipótesis: Palma es probable que transfiriera a su tradición un milagro atribuido a otro fraile franciscano, contemporáneo suyo, que vivió y murió en Santiago de Guatemala: Pedro de San Joseph de Bethancur que nació en 1625 en Chafna, Villaflor de Tenerife, islas Canarias. Fray Gómez nació en Extremadura en 1560.
Un escritor guatemalteco de hoy, Carlos Samayoa Chinchilla, ha escrito un cuento titulado "La lagartija esmeralda", basado en crónicas guatemaltecas de la época, pertenece a Fray Pedro de San Joseph de Bethancur. Dice la historia que el santo franciscano de Guatemala, como el de Lima, vivía entregado al cuidado de los enfermos de los hospitales de caridad, vestía ropas viejas y se martirizaba con el ayuno. Cierto día, en el recodo de un camino, se le aproximó un pobre indio y, con acongojado acento, le informó de su precaria situación económica. El padre Bethancur tenía la bolsa vacía de monedas; pero corrigió esta eventualidad fiduciaria cogiendo una lagartija que retozaba al sol. En las manos del pobre indio, la lagartija se convirtió en una esmeralda. Pasaron los años. El pobre indio se convirtió en un comerciante próspero y así pudo llegar, hasta el convento del padre Bethancur y devolverle la valiosa joya. Entonces, el padre Bethancur, como Fray Gómez en la tradición de Palma, puso la joya en el suelo y al instante volvió a su forma auténtica y vivaz de lagartija y desapareció entre la hierba alta.
La semejanza básica entre las dos historias ofrece, como se advertirá, cierto pie para pensar en la posible transmisión de fuentes. Por lo demás, reelaboraciones como ésta son características en el método de composición de Palma, quien en sus Tradiciones, como se ha anotado reiteradamente, mezclaba historia y fantasía como mejor placía a suplan narrativa. El propio don Ricardo admitía que participaban en su composición "algo, y aún algo de mentira, y tal cual dosis de verdad, por infinitesimal u homeopática que ella sea...".
En el caso del alacrán de Fray Gómez la mentira era relativa, pues el milagro existió, y, para mayor valimento histórico, lo hizo un franciscano paisano del afincado en Lima. lector voraz de crónicas conventuales, registros de clérigos, vidas de santos, relatos de misioneros, etc. don Ricardo bien pudo haberse enterado de la vida y milagros del fraile franciscano que, en Guatemala, ejercía un ministerio tan sacrificado como el limeño de Fray Gómez. Pedro de San Joseph de Bethancourt llegó a Guatemala en 1651 y se alistó como Terciario de la Orden de San Francisco.
Fundó allí un hospital para menesterosos y una escuela de primeras letras para niños indígenas; posteriormente impulsó la construcción de un asilo para convalecientes y la fundación de la Orden Betlemítica. Se cuenta que una anciana negra y un tartamudo y baldado al mismo tiempo le ayudaban en el cuidado de sus enfermos y desvalidos. Murió en olor de santidad, como Fray Gómez, en 1667, treinta y seis años después que su hermano de hábito y milagros. El pueblo guatemalteco le atribuye múltiples milagros y venera su memoria, aún ignorando que su gloria fue tal que iluminó la imaginación del patriarca de las letras peruanas, para loor y prez de los hermanos de poverello de Asís. Laud Deo.

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