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Pedro Lamet sobre Pedro Arrupe




Sacerdote jesuita

La Fundación XX siglos en su publicación volumen I "XX siglos, Católicos Españoles" nos presenta una semblanza de Pedro Lamet, periodista y poeta, autor de libros de historia, sobre el tema que en estas dos semanas hemos abordado acerca de Pedro María Arrupe. Extracto aquellos datos que me parecen de interés. "Era claro y alto como el monte Fuji" comentaba hace algunos años en Tokio desde su enigmática sonrisa japonesa uno de los ex novicios de Pedro Arrupe de los trágicos tiempos de Hiroshima. Hoy es obligado situar su figura entre las más destacadas de la historia contemporánea de la Iglesia y sin duda, como un testigo cualificado del siglo XX y profeta del XXI.
La vida de Arrupe, que se extinguió suavemente en la curia de la Compañía de Jesús en Roma, ha sido un puente de creatividad y evangélica osadía entre Oriente y Occidente entre la iglesia del Concilio y el posconcilio. Aquel muchacho nacido en el Bilbao siderúrgico de 1907 hijo de un arquitecto fundador de La Gaceta del Norte, alumno de Medicina en Madrid del profesor Negrín, quien se enfadó de que su brillante alumno se hiciera jesuita, viviría todas las convulsiones de su tiempo. Desde el destierro de España, por la expulsión de la orden ignaciana hasta el Apocalipsis de Hiroshima, pasando por la cárcel en Japón cuando fue acusado de espiar la experiencia y de la injusticia y la vanguardia de la inculturación.
Ya de jesuita y después de dejar en el noviciado de Loyola una imagen imborrable de sí mismo en Oña (Burgos), mientras estudiaba la filosofía tuvo una experiencia mística, según me confió ya enfermo en Roma. Escuché una voz que me decía: Tú serás el primero; y sentí una luz interior por al que lo vi todo claro.
Desterrado de España, con la expulsión de los jesuitas en la Segunda República, Pedro daría otro paso que preparaba ya al futuro general de la Compañía: dejaba sus raíces para pasar a ser un hombre universal, su formación filosófica y teológica y en bioética en Marneffe, Valkengurg y Cleveland (EL.l7C) catapulta a este bilbaíno de origen burgués al universalismo sin fronteras de ciudadano del mundo que caracterizará toda su vida. Los brazos dolorosamente levantados al cielo para alzar la eucaristía en el monte Fuji ya en Japón. La pobreza de un país que no había despertado aún a su milagro económico la inculturación, su inmersión en la lengua japonesa, no sólo algunos de los rasgos de la peripecia de aquél misionero que ya se adelantaba a su tiempo. El día que puede calificarse de histórico durante su estancia en Japón y en toda su vida fue el 6 de agosto de 1945, en Hiroshima, donde era maestro de novicios. La bomba atómica marca el ecuador del itinerario espiritual de Pedro Arrupe. Aquél instante eterno en la capilla, frente al reloj parado en la explosión, desata en su interior otro estallido de amor. Desde su radical optimismo de hombre enamorado, Pedro transforma la fuerza destructora, que acabó con 200,000 japoneses, en energía para la creatividad.
El primer paso sería convertir su noviciado en improvisado hospital, donde menos uno, todos sus enfermos se salvaron gracias a su iniciativa de autocurarlos mediante la sobrealimentación. Arrupe quedaría marcado para bien, por la bomba, que estallaría en su increíble libertad espiritual y en su osada evangélica a través de toda su vida.
Ya de primer provincial de la viceprovincia de Japón, con la internacionalización de esta misión jesuita, tuvo ocasión de vivir como en un tubo de ensayo. "Don Pedro" como le llamaban cariñosamente sus súbditos, cambió el "ordeno y mando" de la férrea orden ignaciana por una sonrisa de amor evangélico y la ascética cerrada en sí misma, en un impulso positivo de servicio, definiendo a los jesuitas como "hombres para los demás". Cuando Arrupe llega a Roma, en 1965, en pleno Concilio, ya era un hombre del Concilio antes del Concilio. El carácter simpático y el magnetismo de su personalidad parecían abrirle todas las puertas.
En aquellos años creativos de una Iglesia, que se despertaba con sus intuiciones de futuro sobre la Iglesia. Lejos de huir y arredrarse en tiempos de crisis, apretaba el acelerador buscando nuevos horizontes en los convulsos años 60 y 70. Pero este talante, su nueva concepción de la obediencia, su estilo amistoso de gobernar, acabarían por costarle caro. Sufrió la incomprensión y hasta la traición dentro de sus filas, se le acusó de que "un vasco fundó la "Compañía de Jesús y otro se la estaba cargando". Tuvo que enfrentarse con un riesgo de escisión por parte de los de la "estricta observancia". Y finalmente recibió una admonición de Pablo VI durante la Congregación General, que se replanteó la supresión de los "grados" o categorías de jesuitas y decidió optar por la justicia, el Papa que le quería "como un abuelo" y conservaba en su devocionario las oraciones compuestas por él. Le reprendió severamente.
Finalmente su gran noche oscura sobrevendrá en tiempos de Juan Pablo II, que se resiste a recibir al general de los jesuitas. Solo dos veces, durante diez minutos, pudo Arrupe conversar con él. Y, cuando lo consigue y le presenta su dimisión por no sentirse con la confianza de la Santa Sede, el Papa se la niega. Tenía en mente otros planes de reforma sobre la Compañía.
Arrupe obedecía sonriendo y animando a sus compañeros. Pero algo se rompía dentro de él en una secreta y terrible noche oscura. Al regreso de un viaje a Extremo Oriente, el 17 de agosto de 1981, cae gravemente enfermo, víctima de una trombosis cerebral. En octubre otro golpe más duro de la Santa Sede cae sobre el ya debilitado padre Arrupe. El cardenal Casaroli le deja llorando en su cuarto de enfermería con una carta por la que el Papa interrumpía el proceso constitucional de la Compañía y nombrada a dedo, como delegado suyo en la Orden a un octogenario jesuita, confesor de los dos papas Paolo Dezza, premiado luego con el cardenalato; y como su coadjutor a Gisseppe Pittau, premiado con la secretaría de un dicasteno. Y actualmente Obispo.
Arrupe inclinó la cabeza y anonadado obedeció una vez más. Cuando le visité en Roma para tomar datos para mi biografía, con su media palabra de enfermo el hombre que había hablado siente lenguas y había sido recibido por los más importantes personajes de aquél tiempo me abrió balbuciente su corazón, un corazón partido entre su obediencia y su noche oscura, entre la incomprensión y la caridad interior "No lo entiendo. No los comprendo "decía" el Papa conmigo habló poquisimo. Yo nunca intenté forzar ninguna voluntad. Siempre dialogué con todos"... Y sigue el autor concluyendo "Sus últimas palabras fueron " para el presente Amén.. y para el futuro Aleluya".


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