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Pendenciera majestad


No es posible ya representar al Estado como una majestad, como un ente dotado de grandeza y superioridad, que nos interpela desde los altos estrados de la autoridad moral. Aunque nos duela aceptarlo, el Estado panameño que hemos construido hasta el día de hoy es una organización débil al momento de proteger a sus miembros, opaca en la gestión de los asuntos políticos, incompetente en la entrega de servicios básicos, y propensa al abuso cuando recurre a la fuerza. Estos atributos los ha venido exhibiendo desde hace varias administraciones y no son en modo alguno exclusivos del actual gobierno. Sin embargo, recientemente, se ha añadido una nueva figura a las tristes características mencionadas: ahora el Estado se comporta de modo agreste ante las situaciones más delicadas y responde a las provocaciones calculadas de quienes se sienten ganadores cada vez que se abre una ventana de conflicto, con un tono pendenciero, que es tan desagradable como peligroso. Los que hoy ostentan la representación del Estado parecen haber encontrado la solución definitiva contra el canibalismo: comerse a los caníbales. Un poco de mesura en la respuesta, un mayor apego al rol institucional que están obligados a desempeñar, y más propiedad en el lenguaje, son algunas expectativas mínimas que tenemos sobre las actuales autoridades los que ciframos la prosperidad conjunta de la nación en la capacidad de madurar como república moderna. El ejercicio de la autoridad obliga al respeto y a la prudencia; el gusto por la gresca y las bravuconadas menoscaban su legitimidad.

101 años de Panamá América

 
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