Percepción de la corrupción
Transparencia Internacional acaba de publicar el Índice de Percepción de la Corrupción 2004, en el cual fueron evaluados 146 países del hemisferio. América Latina, como siempre, muestra cifras poco alentadoras, excepto Chile y Uruguay que se han mantenido y mejorado, respectivamente.
En el caso de Panamá, el índice referido lo sitúa en el puesto 62 por encima del 66 alcanzado el año pasado, lo cuál indica una mejora expresada en el índice de 0 a 10, donde mientras más se acerca a 10, menos corrupción existe. Cuenta este año con un índice de 3.7, una mejora de 0.3 puntos respecto al 2003, donde obtuvo 3.4. Aparentemente existe una leve mejora, pero es poco alentadora para lo que debería suceder en una democracia y desarrollo basado en la limpieza moral de quienes ejercen funciones públicas, pero también en el ámbito privado.
Los gobiernos deben dejar que un organismo independiente y autónomo los fiscalice continuamente, así como no tener miedo de mostrar cómo, en qué y porqué se gastan los recursos públicos. El sistema privado, si quiere lograr un desarrollo empresarial de calidad, deberá evitar los sobornos y las malas prácticas, sobre todo al ganar millonarias licitaciones por concepto de sus productos o servicios.
La sociedad civil juega un papel primordial en la medida que es capaz de vigilar al centímetro la tan sesgada costura del ejercicio político. Los ciudadanos que caminan por las calles de las capitales latinoamericanas están contaminados con una percepción negativa de cómo nuestros gobernantes usan los recursos, y a veces cómo hacen gala de ellos para sus intereses personales o partidarios.
El ciudadano al que nos referíamos tiene esta percepción porque cuando se cometen actos de corrupción se brinda el peor ejemplo público a los demás. Nadie creería en un gobierno que exija racionalización en los gastos y el ahorro si por el contrario despilfarra el dinero de los impuestos. Por ello, los políticos y empresarios deben cambiar de actitud frente al ejemplo que les brindan a los ciudadanos. Este tema, visto positivamente, se convierte en el cultivo de virtudes como la honestidad, responsabilidad, puntualidad, respeto.
En vez de que los gobiernos gasten fondos en proyectos que no garantizan una mejora sustantiva en la dignidad del ser humano, deberían incluir en sus planes acciones que permitan mejorar la coherencia social, política y económica de la deteriorada sociedad latinoamericana.
(calbertp@cpi.udep.edu.pe)
En el caso de Panamá, el índice referido lo sitúa en el puesto 62 por encima del 66 alcanzado el año pasado, lo cuál indica una mejora expresada en el índice de 0 a 10, donde mientras más se acerca a 10, menos corrupción existe. Cuenta este año con un índice de 3.7, una mejora de 0.3 puntos respecto al 2003, donde obtuvo 3.4. Aparentemente existe una leve mejora, pero es poco alentadora para lo que debería suceder en una democracia y desarrollo basado en la limpieza moral de quienes ejercen funciones públicas, pero también en el ámbito privado.
Los gobiernos deben dejar que un organismo independiente y autónomo los fiscalice continuamente, así como no tener miedo de mostrar cómo, en qué y porqué se gastan los recursos públicos. El sistema privado, si quiere lograr un desarrollo empresarial de calidad, deberá evitar los sobornos y las malas prácticas, sobre todo al ganar millonarias licitaciones por concepto de sus productos o servicios.
La sociedad civil juega un papel primordial en la medida que es capaz de vigilar al centímetro la tan sesgada costura del ejercicio político. Los ciudadanos que caminan por las calles de las capitales latinoamericanas están contaminados con una percepción negativa de cómo nuestros gobernantes usan los recursos, y a veces cómo hacen gala de ellos para sus intereses personales o partidarios.
El ciudadano al que nos referíamos tiene esta percepción porque cuando se cometen actos de corrupción se brinda el peor ejemplo público a los demás. Nadie creería en un gobierno que exija racionalización en los gastos y el ahorro si por el contrario despilfarra el dinero de los impuestos. Por ello, los políticos y empresarios deben cambiar de actitud frente al ejemplo que les brindan a los ciudadanos. Este tema, visto positivamente, se convierte en el cultivo de virtudes como la honestidad, responsabilidad, puntualidad, respeto.
En vez de que los gobiernos gasten fondos en proyectos que no garantizan una mejora sustantiva en la dignidad del ser humano, deberían incluir en sus planes acciones que permitan mejorar la coherencia social, política y económica de la deteriorada sociedad latinoamericana.
(calbertp@cpi.udep.edu.pe)