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Pérdidas sensibles


Si hay algo que pareciera rutinario y a lo cual jamás nos acostumbraremos es a recibir noticias de personas conocidas que han llegado al final de sus vidas. Quiero hacer memoria de cuatro personas que en estos últimos días del mes de agosto han fallecido. El hermano jesuita Manuel Guindano Goñi, el colega presbítero de la comunidad carmelita, el Padre Antonio Martínez Ibañez y dolorosa trágica muerte violenta de los señores César Loúndes Endara y César "Cesarín" Loúndes Contreras.
Comenzando por estos últimos y concretamente por Don César padre, lo menos que puedo hacer en un escrito, fuera de recordarlo y lamentar su inesperada partida, es agradecerle en el recuerdo su amistad generosa, cordial e inmerecida de mi parte.
La amistad se suscitó cuando Don César impulsaba el Instituto de Técnicas Especializadas y acudía a Radio Hogar donde yo prestaba servicios entonces, a solicitar cuñas radiales para su pequeña empresa. Con motivo de estas visitas, al sentirle el hablado con acento ecuatoriano, le informé que yo había vivido en ese bello país por seis años. Allí ocurrió la conexión. Y luego de intercambiar impresiones sobre Quito, Cotocollao, Machachi, y el Valle de los Chillos, fue creciendo la amistad y en poco tiempo fui repetidas veces huésped de sus distintas celebraciones familiares y de su empresa. Era un exquisito anfitrión. Gracias a Don César Loúndes Endara pude familiarizarse con los rudimentos de la computadora, ya que me insistió, a pesar de mis objeciones sobre mi edad, que tomara algunos cursos previos que, gracias a Dios, me han servido hasta el presente. Hace ya algún tiempo, estando este caballero en sus 40s, en los años de plenitud de la vida, sufrió un derrame cerebral consecuencia de la notoria intensidad con que se entregaba a su trabajo y a su afán perfeccionista quedando lisiado y limitado ocasionándole un vuelco total en todo el ritmo de vida, de trabajo y de su empresa. Algo que, lógicamente, le costó aceptar. Sus dos hijos, un varón, el Junior, César, "Cesarín" y la niña, Stephanie cursaron sus estudios en el Colegio Javier en donde terminaron con el bachillerato. Concluidas estas responsabilidades colegiales de sus hijos, nos perdimos de vista y la semana pasada, con inmenso pesar, estuve en las exequias de padre e hijo, quienes ante sus desconsoladas esposa y madre e hija, habían dispuesto de sus existencias prematuras y violentamente. Los encomendamos al Señor que en su infinita misericordia los habrá acogido conocedor únicamente de los recónditos móviles de estas inexplicables muertes.
El Padre Antonio Martínez Ibañez, carmelita, también sentidamente lo despedimos con toda la feligresía de la Parroquia de Nuestra Señora de El Carmen en días pasados. Los mejores años de su vida los invirtió en el servicio a Dios en sus fieles en esta tierra panameña. Una temporada misionó en la provincia de Veraguas en el distrito de Soná, cuando esa comunidad religiosa tenía la responsabilidad pastoral de esa parroquia. Luego, me tocó colaborar con él en el Vicariato entonces de San Miguelito, en la parroquia Cristo Luz del Mundo, en Pan de Azúcar. Su tarea apostólica se extendía hasta la cuasi parroquia 9 de Enero y atendiendo a otras comunidades. La enfermedad de diabetes le impidió continuar, haciéndole frente a tantas exigencias parroquiales y retornó a la parroquia de El Carmen, en Vía España, caminando con el Movimiento Neo Catecumenal. Es de admirar lo diuturno de su enfermedad y las múltiples complicaciones que tuvo que sufrir demostrando ser de fuerte y resistente contextura y de un gran amor a la vida. Que descanse en la paz del Señor este luchador del Evangelio y que su ejemplo suscite muchos imitadores.
Mencionábamos al hermano jesuita, Manuel Guindano Goñi. Muchos de la "vieja guardia de los años 30" de la parroquia de San Francisco de Asís de la ciudad, Casco Viejo, lo recordarán. En la Casa Solariega de Loyola, murió el 22 de agosto a los 94 años de edad y 70 de religioso. Había nacido en Javier (Navarra), hizo su noviciado en Tournai, Bélgica; vino de España a Panamá el 12 de agosto de 1934, siendo superior el recordado Padre Antonino Atucha, S.J. En 1937 pasó a la República de El Salvador donde vivió un año. De regreso de aquellas tierras, permaneció en Panamá hasta fines del curso 1947-48. Desde entonces marchó a Granada, Nicaragua al Colegio Centro América ejerciendo distintos oficios en fincas y colegios. En 1982 regresó a España trabajando hasta 1998 en Javier. De donde pasó a la enfermería de Loyola ciego. El Hermano Guindano, concretamente para el que escribe esta columna fue el instrumento humano que usó Dios Nuestro Señor para hablarme de la posible vocación a la vida religiosa, en un momento de mi vida, en que pensaba en todo menos en esa posibilidad, rebatiéndole todos sus argumentos, que a la postre, tenían la razón. Fue uno de esos soldados desconocidos y uno de esos múltiples héroes anónimos de la vida religiosa que, viniendo desde España y de otras latitudes, en el centenario que se acerca de nuestra república hay que por lo menos mencionarlos y honrarlos por los muchos servicios prestados a la comunidad creyente de los panameños contribuyendo a hacer la patria.

101 años de Panamá América

 
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