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Pérez Balladares, Solidaridad y un balance de su gestión


Voy a tratar de ser lo más objetivo, dejando de lado cualquier forma de personalismo, en la tarea que me he impuesto de hacer un balance de la gestión de gobierno del presidente Ernesto Pérez Balladares, que está por finalizar en breves días.
Como preámbulo a ese análisis creo conveniente referirme al tipo de relación que como presidente del Partido Solidaridad mantuve por algo más de tres años con el mandatario.
Cuando murió mi hermano Gabriel, en el mes de diciembre de 1996, el presidente Pérez Balladares, con el deseo de continuar una estrecha vinculación con Solidaridad, me solicitó que asistiera, como invitado especial suyo, ya que yo no tenía ningún cargo oficial, a los desayunos que los lunes sostenía con los principales miembros de su gobierno. Asistí con alguna regularidad a los mismos hasta principio de este año, cuando surgió la candidatura a la Presidencia de la República, de mi yerno, el Ing. Alberto Vallarino, que fue respaldado por varios grupos de oposición. No deseaba con mi presencia, incomodar a nadie, ni tampoco sentirme incómodo. Era algo además que la decencia hacía obligatorio. Estuve, pues, cerca de la toma de algunas importantes decisiones. Muchas las respaldé y otras no. Siempre, eso sí, le dejé saber al mandatario mi opinión franca y sincera. A veces lo hice personalmente y otras por escrito. No estuve, por ejemplo, de acuerdo con el aumento de salario a los ministros, ni con la estrategia que se siguió para las reformas constitucionales, a pesar de eso Solidaridad lo respaldó. Las reuniones desayunos de los lunes eran más bien informales, casi nunca se llevaban actas de las mismas y muy poco se profundizaban los temas. Llegué a la conclusión de que Pérez Balladares buscaba en estas reuniones mantener la cohesión del grupo oficialista, pero, también, me convenció de que era en otro lugar y con muy pocas de las personas que allí se reunían, con quienes el presidente establecía sus estrategias y tomaba sus principales decisiones.
Mi relación personal con el Dr. Pérez Balladares siempre fue muy cordial y mutuamente respetuosa. Fui objeto de varias distinciones por parte de él, que yo le agradecí, pero que no las acepté, como fue el ofrecimiento que me hizo para que ocupara la Dirección de la Caja de Seguro Social y el nombramiento para el cargo de ministro de Relaciones Exteriores. No obstante, le brindé siempre que pude mi colaboración y respaldo. Me pidió que actuara como mediador en la huelga de los médicos de la Caja de Seguro Social, lo cual hice a pesar de que muchos amigos me insistían que no tenía nada que ganar y mucho que perder. Posteriormente me tocó presidir, a solicitud suya, la comisión que divulgó a los gremios y le explicó al país de la necesidad impostergable de eliminar las jubilaciones especiales, que con los años se habían relajado mucho creando discriminaciones inaceptables.
Ambas misiones fueron complejas y muy difíciles. Realicé mi labor con lealtad y, creo, modestia aparte, con habilidad, pues la huelga se resolvió en pocos días y los gremios y la opinión pública aceptaron, aunque no de buena gana, los cambios en sus jubilaciones sin que se produjeran mayores convulsiones sociales. Recibí de él su agradecimiento en elogiosas cartas, felicitándome por los éxitos en mis gestiones.
Si bien el señor Presidente fue siempre deferente, y amable conmigo y me dio muestras de simpatía personal, sentimiento que era correspondido por mí, no lo hizo en igual forma con el Partido; a pesar de haberle ofrecido reiteradas veces a miembros de Solidaridad algunas posiciones importantes en su gobierno (Carlos Clement para el Ministerio de la Vivienda, Ricardo Durán para la Zona Libre de Colón, José A. Cedeño para la Gobernación de Herrera, por solo destacar unos casos) nunca cumplió su promesa.
No obstante, la insatisfacción que existía por la falta de consecuencia política del mandatario para con Solidaridad, jamás se le condicionó nuestro respaldo, con el cual contó él en todo momento con lealtad y gran desprendimiento. l necesitaba nuestra contribución para su gobernabilidad, pero inexplicablemente trataba a la vez de debilitar políticamente al partido. ¿Por qué su extraña actitud?, no lo sé, pero los hechos posteriores al referéndum primero y a la elección del 2 de mayo después así lo demuestran. Esta explicación de su proceder podría dárnosla el inspirador de la novela el Dr. Jekill y Mr. Hyde que trata sobre la doble personalidad.
Sus relaciones conmigo siguieron siendo cordiales aunque comencé a notar cierto distanciamiento de su parte y estas tomaron un giro diferente a raíz de mi oposición al nombramiento de un amigo suyo en importante cargo público. Consideré y aún así lo creo que este amigo le hacía mucho daño por su mala imagen. Fui franco y claro al decírselo sin ningún ambage.
Me causó mucha pena su última comunicación conmigo en carta que le envió a Carlos Clement, presidente del Partido, en la cual le solicitaba la separación de todos los miembros de Solidaridad "a todos los niveles de su administración" a raíz de nuestra oposición a la Sala Quinta. Hizo alusiones en ella a mi hermano Gabriel con el claro propósito de insinuarle a la membresía Solidaria que Gabriel hubiera repudiado la actitud tomada por Samuel, su hijo, y por mí. Yo le contesté diciéndole que "quiénes mejor que nosotros para saber dónde hubiera estado ubicado mi hermano Gabriel. Que no dudábamos que estaría al lado nuestro respaldando con entusiasmo nuestra posición, pues él se había caracterizado siempre por defender la institucionalidad del país". Le agregué que "lamentaba que no se hubiera detenido en su carta a reconocerle al Partido los aportes que éste le había dado por cuatro años a su gobernabilidad".
La carta me fue devuelta por una de sus secretarias con una escueta nota que decía: "Don Samuel, por instrucciones del señor Presidente le devuelvo esta carta como no recibida en este despacho por considerar que ella es una GROSERIA".
Ese fue mi último contacto con el presidente. Personalmente resiento, por lo injusto y poco gallardo, el que utilizara a mi difunto hermano para tratar de incomodarnos a mi sobrino Samuel y a mí en un asunto circunstancial que debió tener otro epílogo muy distinto al que tuvo, si él lo hubiera enfocado en sus verdaderas dimensiones.

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