Permiso
Serían las 10:15 de la mañana del pasado miércoles. Me encontraba en el pasillo del segundo piso de los tribunales penales en Ancón, exactamente frente a la puerta de entrada al Juzgado Segundo de Circuito de lo Penal. Realizaríamos una audiencia penal en defensa de una dama. Me acompañaba el abogado Armando Guerra, mi gran colaborador, durante años, en nuestro despacho forense. El, recostado a la pared del fondo y yo, en frente de él, compartíamos reflexiones sobre la responsabilidad penal y la culpabilidad relacionadas con el caso que ventilábamos, y concluíamos la inocencia de nuestra defendida.
En ese momento, en medio de nosotros, pasa un joven letrado, núbil abogado, con lo músculos de su rostro como atados, soldados por algún pensamiento estresante. Lo miré, caminó como cinco metros y le dije a mi sobrino: ¡Qué pena que el jovencito no conozca la palabra “permiso”!. Pese a la distancia recorrida, este joven pudo escuchar las expresiones que contenían mi incomodidad por su falta de respeto y educación respecto a las normas de urbanidad y del trato social. Detuvo la marcha, regresó, muy parco y dijo: “No tengo porqué pedir permiso. Esto es un pasillo público y por aquí puede cruzar uno sin tener que pedir permiso”. “Qué equivocado está usted jovencito”, pude replicar. ¡Con semejante análisis usted destruye las normas básicas de la urbanidad y la interacción social”. “Significa que no debo pedir permiso a mi esposa ni a mi secretaria, menos a mis hijos, tampoco a mis hermanos, porque ellos son tales”. Tampoco se lo debo solicitar a mis amigos, menos a mis conocidos y de los extraños que ni esperen semejante pedido”. El muchacho exclamó: “Tuve un profesor que me dijo: Aunque estés equivocado, nunca reniegues de tu credo, porque es lo que vale”. Le aconsejé: “Vale más admitir una equivocación que perpetuar un error”. Luego s retiró cabizbajo, taciturno, tal vez avergonzado.
¿Cuesta trabajo, duele tanto al orgullo, pedir o decir “permiso” cuando una pasa o camina entre dos personas que dialogan o conversan o aun cuando no lo hagan, pero pasamos en medio de ellas? No hay duda que, en cuestión de instrucción, las escuelas tienen un papel preponderante que jugar, pero en cuanto a urbanidad, todo es cuestión del hogar.
Nada perdemos cuando decimos: permiso, perdone, disculpe por favor, tenga la fineza, permítame, tenga la bondad, ¿podría ?, es suyo, mucho gusto, muy agradecido, bienvenido (el tradicional “you are welcome” inglés), pase, disculpe, me perdona, lo siento, etc. Estos son los datos de urbanidad que hacen elegante y cohesionada a una sociedad.
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