Perspectivas partidarias
U n número importante entre quienes ostentan cargos de jefatura en los partidos derrotados en las pasadas elecciones, ha dado a conocer planes y proyecciones de cara al futuro accionar partidario, según cuadra a la visión particular de cada quien a la hora de abordar estos menesteres. La cuestión interesa, entre otras razones, porque los partidos continuarán jugando un papel de primer orden en el desarrollo de la política nacional, a disgusto de las opiniones de los llamados apolíticos o antipolíticos, que se empeñan en descalificarlos como articuladores del discurso público o como operadores por excelencia de la orientación ciudadana.
Esos ataques, por supuesto, no son nuevos, pero nadie todavía ha sido capaz de engendrar sustitutos con suficiente eficacia para reemplazarlos en las contiendas donde se dilucida cada cinco años la conducción política del Estado.
Los cambios que se anuncian parecen saludables para conseguir la renovación de las estructuras y oxigenarlas, e ir abriendo canales de participación democrática razonables en todos los niveles de la colectividad partidaria. Esos pasos, de darse, merecen recibirse con una bienvenida, por ser apropiados para eliminar el "maniobrerismo" y el "muñequeo" imperante en las capillas y en las cúpulas dirigentes. Es más, de materializarse, los cambios en esa dirección no dejarían de implicar riesgos y peligros para quienes, hasta ahora, gozan cómodamente de la falta de una verdadera democracia interna, lo que les asegura la inamovilidad en sus cargos.
Pero queda una primera impresión causada por las declaraciones exteriorizadas, en el sentido de querer explicar el secreto del triunfo obtenido por el PRD y Martín Torrijos con base en la decisión de celebrar elecciones primarias y directas para el escogimiento de los candidatos y de los cargos de dirección partidaria.
El enfoque, en esos términos, peca de incompleto por reduccionista. La celebración de elecciones directas y de primarias en el PRD no puede verse como un hecho aislado; es más bien parte de un conjunto de medidas, resultado de las experiencias, buenas y malas, vividas por ese partido, que tuvo el acierto de abandonar las rutas responsables de sus extravíos, tan propios del complejo mundo de la política.
Por cierto, en política no hay fórmulas mágicas. Aún reconociendo todo lo bueno de las medidas anunciadas, constreñirse a sus límites no bastaría para colocar en una verdadera perspectiva histórica a los partidos que operan dentro del sistema. Un poco de atención permite detectar una especie de tendencia prevaleciente entre los conductores que han anunciado los cambios comentados. Esa tendencia se traduce en entender su primordial tarea, como la de realizar todo lo que esté a su alcance para anular y, porqué no, aniquilar al resto de sus adversarios, más si se trata de aquellos ostentadores circunstanciales del poder. Esa concepción -útil y hasta necesaria en determinadas coyunturas, sobre todo en las electorales- ha sido a menudo la causa del olvido de lo que, a fin de cuentas, es la básica justificación histórica de los partidos políticos.
La política, conforme a las enseñanzas de sus mejores exponentes y de los auténticos estadistas, consiste en la ciencia o el arte cuyo objeto es lograr la transformación de la sociedad; la búsqueda de respuestas para solucionar las necesidades de la gente.
Los partidos políticos, en consecuencia, deberían ser, por encima de cualquier otra consideración, los instrumentos por medio de los cuales, en ejercicio de la política, se realizan esas transformaciones tendientes a proporcionarle bienestar (felicidad, decían los revolucionarios franceses y los padres fundadores de la nación norteamericana) a la mayoría de los ciudadanos. Partido político que no lo tenga presente terminará, sin remedio, renunciando al motivo esencial de su existencia y, aunque no se perciba de inmediato, acabará siendo abandonado por sus seguidores. Me atrevo a asegurar que en Panamá, como en otros países, carecer de esa perspectiva le ha abierto las puertas de los partidos a los logreros y oportunistas de toda laya quienes, llegado el momento, terminan imponiendo sus propias agendas personales, donde con frecuencia instalan, en lugar de privilegio, la deshonestidad y la corrupción.
Así como el sentido de rivalidad que alienta en todos los seres humanos no debería ser pretexto para que imperen invictos los ánimos enteramente destructivos, también hará falta la reflexión y la revisión del pensamiento, de los contenidos y hasta de los estilos de hacer política. De lo contrario, mucho me temo que los meros cambios a estatutos y reglamentos no vayan más allá de lo formal y que la anunciada renovación termine ahogada por la dinámica de los acontecimientos, en medio de las pugnas internas que ya empiezan a aflorar, agudizadas por el descalabro sufrido en las pasadas elecciones.
(*El autor fue también rector de la Universidad de Panamá.)
Esos ataques, por supuesto, no son nuevos, pero nadie todavía ha sido capaz de engendrar sustitutos con suficiente eficacia para reemplazarlos en las contiendas donde se dilucida cada cinco años la conducción política del Estado.
Los cambios que se anuncian parecen saludables para conseguir la renovación de las estructuras y oxigenarlas, e ir abriendo canales de participación democrática razonables en todos los niveles de la colectividad partidaria. Esos pasos, de darse, merecen recibirse con una bienvenida, por ser apropiados para eliminar el "maniobrerismo" y el "muñequeo" imperante en las capillas y en las cúpulas dirigentes. Es más, de materializarse, los cambios en esa dirección no dejarían de implicar riesgos y peligros para quienes, hasta ahora, gozan cómodamente de la falta de una verdadera democracia interna, lo que les asegura la inamovilidad en sus cargos.
Pero queda una primera impresión causada por las declaraciones exteriorizadas, en el sentido de querer explicar el secreto del triunfo obtenido por el PRD y Martín Torrijos con base en la decisión de celebrar elecciones primarias y directas para el escogimiento de los candidatos y de los cargos de dirección partidaria.
El enfoque, en esos términos, peca de incompleto por reduccionista. La celebración de elecciones directas y de primarias en el PRD no puede verse como un hecho aislado; es más bien parte de un conjunto de medidas, resultado de las experiencias, buenas y malas, vividas por ese partido, que tuvo el acierto de abandonar las rutas responsables de sus extravíos, tan propios del complejo mundo de la política.
Por cierto, en política no hay fórmulas mágicas. Aún reconociendo todo lo bueno de las medidas anunciadas, constreñirse a sus límites no bastaría para colocar en una verdadera perspectiva histórica a los partidos que operan dentro del sistema. Un poco de atención permite detectar una especie de tendencia prevaleciente entre los conductores que han anunciado los cambios comentados. Esa tendencia se traduce en entender su primordial tarea, como la de realizar todo lo que esté a su alcance para anular y, porqué no, aniquilar al resto de sus adversarios, más si se trata de aquellos ostentadores circunstanciales del poder. Esa concepción -útil y hasta necesaria en determinadas coyunturas, sobre todo en las electorales- ha sido a menudo la causa del olvido de lo que, a fin de cuentas, es la básica justificación histórica de los partidos políticos.
La política, conforme a las enseñanzas de sus mejores exponentes y de los auténticos estadistas, consiste en la ciencia o el arte cuyo objeto es lograr la transformación de la sociedad; la búsqueda de respuestas para solucionar las necesidades de la gente.
Los partidos políticos, en consecuencia, deberían ser, por encima de cualquier otra consideración, los instrumentos por medio de los cuales, en ejercicio de la política, se realizan esas transformaciones tendientes a proporcionarle bienestar (felicidad, decían los revolucionarios franceses y los padres fundadores de la nación norteamericana) a la mayoría de los ciudadanos. Partido político que no lo tenga presente terminará, sin remedio, renunciando al motivo esencial de su existencia y, aunque no se perciba de inmediato, acabará siendo abandonado por sus seguidores. Me atrevo a asegurar que en Panamá, como en otros países, carecer de esa perspectiva le ha abierto las puertas de los partidos a los logreros y oportunistas de toda laya quienes, llegado el momento, terminan imponiendo sus propias agendas personales, donde con frecuencia instalan, en lugar de privilegio, la deshonestidad y la corrupción.
Así como el sentido de rivalidad que alienta en todos los seres humanos no debería ser pretexto para que imperen invictos los ánimos enteramente destructivos, también hará falta la reflexión y la revisión del pensamiento, de los contenidos y hasta de los estilos de hacer política. De lo contrario, mucho me temo que los meros cambios a estatutos y reglamentos no vayan más allá de lo formal y que la anunciada renovación termine ahogada por la dinámica de los acontecimientos, en medio de las pugnas internas que ya empiezan a aflorar, agudizadas por el descalabro sufrido en las pasadas elecciones.
(*El autor fue también rector de la Universidad de Panamá.)