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Pesadilla rodante


La Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre no ha dado debida atención al problema de los vehículos pesados que transitan por las calles de la capital. El asunto es serio y está haciendo crisis al agregar ahora, al inmenso parque de camiones de la industria de la construcción, el dedicado a transportar los millones de toneladas de tierra y rocas excavados de la ampliación del Canal. Y si los automotores son un arma en potencia, los camiones son como armas nucleares atropellando y abriéndose paso entre las calles atestadas de automóviles corrientes, sobre todo cuando son conducidos en forma desordenada y en mal estado mecánico.

¿Tienen seguro? Y en caso afirmativo, ¿tienen suficiente cobertura para la magnitud de los daños que son capaces de infligir? De hecho, todos los días se les ve yendo y viniendo como alma que lleva el diablo, a toda velocidad, sin prever qué pasaría si sus frenos llegaran a fallar. Son verdaderos diablos rojos, con todos sus desmanes, pero en versión de tanques de guerra.

¿Qué hacer? Ante todo, crear una oficina especial para fiscalizar todos sus detalles; desde quiénes los conducen, hasta sus seguros y estado mecánico, que debe ser más riguroso. Fuera de eso, hay que crear reglas de tránsito especiales para ellos, porque no son vehículos corrientes, dado su peso y dimensión. Así por ejemplo, requieren de gobernadores de velocidad y mejores frenos, al igual que de horarios especiales de tráfico, preferiblemente nocturno, aunque haya excepciones, como en el caso de los que proveen cemento premezclado y los que cargan basura. Los que transportan tierra, piedra, arena y otros materiales, que no se fraguan ni se estropean con el tiempo, pueden hacerlo a otra hora. Hay que verificar igualmente su peso, porque no pueden seguir rompiendo calles impunemente y si lo hacen, deben pagar tasas especiales por ello.

101 años de Panamá América

 
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