¡Pídala a Maimónides!
CON SU FECUNDA sabiduría irradió luz y razón a una comunidad judía y árabe -cultura Sefaradí- durante el tiempo de la conquista musulmana en territorios españoles. Fue célebre médico, gran filósofo, prudente juez, codificador de la ley judía -Mishná-, asesor del Sultán Saladito I, y aunque judío de nacimiento y amante de su estirpe, usaba vestimenta árabe. Nació en el año de 1135 en la ciudad de Córdoba de la Región Andaluza y es enterrado en el año de 1204 en la ciudad de Galilea, Israel. Nuestro personaje es Moisés Ben Maimónides.
Allá, en la ciudad de Córdoba, España, es visita obligada para todo viajero concurrir al antiguo barrio de la judería y contemplar, dentro de él, el imponente busto o monumento de Maimónides. Se advierte algo especial: las puntas de ambos zapatos de Maimónides están brillantes, refulgentes, pulidas, como si a diario algún admirador o seguidor de sus doctrinas, con un suave pañuelo, permanentemente las lustrara. Sin embargo, todo lo que resta de tan imponente monumento está enmohecido, negro: prueba de que el tiempo ha viajado por largas y severas centurias -más de 800 años- logrando doblegar, inclusive, el propio bronce de que está construida la egregia imagen de Maimónides.
Es sencillo descubrir o concluir el porqué del brillo en ambas puntas de los zapatos del gran Filósofo: todos cuanto contemplan el monumento han escuchado el consejo de que tocando las puntas de los zapatos de Maimónides absorberán la sabiduría de éste. ¡Vaya manera de pretender obtener la sabiduría!
Esa anécdota, a como otras que pueden ser relatadas con menor o mayor interés, pone de manifiesto que algunos hombres y mujeres, con esfuerzos y sacrificios propios, alcanzan la sabiduría, aunque ellos por sí mismos no se reputen o cataloguen como sabios: la humildad es una prueba evidente de la sabiduría. Otros, sin ningún tipo de sacrificio, pretenden ser sabios y así se consideran, hombres de ciencia y prudencia: devienen en lo cursi, lo ridículo, y son como instrumentos musicales que no dan buen tono, por eso desentonan cuando hablan y hasta cuando escriben. El principio de la sabiduría es el temor a Dios, así lo dice la Biblia.
Otra cuestión no menos importante es considerar que nada sabemos y que nada conocemos. Quien pretenda obtener la sabiduría creyéndose sabio, mal empieza. Y más todavía cuando ignora a sus maestros o les falta el respeto. Al mal discípulo hay que advertirle o sentenciarle lo siguiente: "¡Vaya a tocar la punta del calzado de Maimónides!". Los malos ex alumnos son especuladores, sofistas, malagradecidos con Dios y con la vida; malos ejemplos, nadie los sigue, nadie los toma en cuenta, se vuelven vanidosos, engreídos, picapleitos, impopulares, faltos de erudición (¿podrán explicar el concepto aquiniano de la justicia y de la ley o las reflexiones kantianas de la ley general universal o, si se quiere, las concepciones actuales del derecho y la justicia de Finnis?); manejan muy mal los conceptos aprendidos y quieren hacer aportes sin tener las herramientas que dan los estudios de toda una vida y la experiencia. Sin embargo, éstos tienen sus pequeños ejércitos en donde cada soldado es tan igual o peor que ellos mismos. Parecen arlequines en el escenario de la existencia diaria. Están plagados de la soberbia y la vanidad: son ellos dignos representantes de la arrogancia y de la egolatría, y así se atreven a llamar a quienes fuimos sus maestros: "ególatras". Son echados de los lugares a los que concurren los hombres sencillos, humildes, prudentes, porque no encuentran espacio ni silla ni banca. Aún no bien se les seca la tinta de los diplomas de los que hacen alarde y creen que el mundo les pertenece. ¡Vayan a tocarle las puntas a los zapatos de Maimónides!.
Estos pocos detractores han salido a decir a los cuatros vientos, a lo largo y ancho del país, que los autores o miembros de la Comisión Codificadora somos todos unos ególatras y que los ante proyectos son una especie de adefesio forense. No han tenido ni reparo ni cordura, respeto ni disciplina. Ahora resulta que esos muchachos nos quieren enseñar las letras menudas del Derecho. De no ser porque los sigo mirando como mis ex alumnos, bien les haría un reto público a fin de discutir, en tribuna nacional, los contenidos de sendos proyectos de código penal y procesal punitivo. Los desenmascararía, los desnudaría y pondría en evidencia que son otros los ánimos e intereses que los impulsa a despotricar de los serios contenidos de las propuestas de códigos. Todo es el fruto de un perverso egoísmo que los delata cuando hablan; las mezquindades son múltiples, pues se hallan cobijadas en un discurso opositor a las propuestas de reforma penal que se anida en la malquerencia, en la indisposición, en el desprestigio, en fin. Yo siempre he dicho: A mí que se me combata con inteligencia, más inteligencia y no con el dime que te diré o los diretes; no con el argumento plagado de subjetividad -ad hominem-, sino con razones de peso académico. ¡La inteligencia se contra argumenta con más inteligencia!
No es que las propuestas de reforma penal sean perfectas. La infalibilidad humana no existe. Pero, por favor, pongámonos de una vez por todas de acuerdo en que los anteproyectos presentados constituyen un gran adelanto, un enorme paso, en la búsqueda de soluciones concretas a los problemas de la justicia penal panameña. Toda crítica constructiva, bien intencionada, bienvenida sea. Allí está la Asamblea que es el escenario natural para toda feliz iniciativa o discusión.
stekrakri@hotmail.com
Allá, en la ciudad de Córdoba, España, es visita obligada para todo viajero concurrir al antiguo barrio de la judería y contemplar, dentro de él, el imponente busto o monumento de Maimónides. Se advierte algo especial: las puntas de ambos zapatos de Maimónides están brillantes, refulgentes, pulidas, como si a diario algún admirador o seguidor de sus doctrinas, con un suave pañuelo, permanentemente las lustrara. Sin embargo, todo lo que resta de tan imponente monumento está enmohecido, negro: prueba de que el tiempo ha viajado por largas y severas centurias -más de 800 años- logrando doblegar, inclusive, el propio bronce de que está construida la egregia imagen de Maimónides.
Es sencillo descubrir o concluir el porqué del brillo en ambas puntas de los zapatos del gran Filósofo: todos cuanto contemplan el monumento han escuchado el consejo de que tocando las puntas de los zapatos de Maimónides absorberán la sabiduría de éste. ¡Vaya manera de pretender obtener la sabiduría!
Esa anécdota, a como otras que pueden ser relatadas con menor o mayor interés, pone de manifiesto que algunos hombres y mujeres, con esfuerzos y sacrificios propios, alcanzan la sabiduría, aunque ellos por sí mismos no se reputen o cataloguen como sabios: la humildad es una prueba evidente de la sabiduría. Otros, sin ningún tipo de sacrificio, pretenden ser sabios y así se consideran, hombres de ciencia y prudencia: devienen en lo cursi, lo ridículo, y son como instrumentos musicales que no dan buen tono, por eso desentonan cuando hablan y hasta cuando escriben. El principio de la sabiduría es el temor a Dios, así lo dice la Biblia.
Otra cuestión no menos importante es considerar que nada sabemos y que nada conocemos. Quien pretenda obtener la sabiduría creyéndose sabio, mal empieza. Y más todavía cuando ignora a sus maestros o les falta el respeto. Al mal discípulo hay que advertirle o sentenciarle lo siguiente: "¡Vaya a tocar la punta del calzado de Maimónides!". Los malos ex alumnos son especuladores, sofistas, malagradecidos con Dios y con la vida; malos ejemplos, nadie los sigue, nadie los toma en cuenta, se vuelven vanidosos, engreídos, picapleitos, impopulares, faltos de erudición (¿podrán explicar el concepto aquiniano de la justicia y de la ley o las reflexiones kantianas de la ley general universal o, si se quiere, las concepciones actuales del derecho y la justicia de Finnis?); manejan muy mal los conceptos aprendidos y quieren hacer aportes sin tener las herramientas que dan los estudios de toda una vida y la experiencia. Sin embargo, éstos tienen sus pequeños ejércitos en donde cada soldado es tan igual o peor que ellos mismos. Parecen arlequines en el escenario de la existencia diaria. Están plagados de la soberbia y la vanidad: son ellos dignos representantes de la arrogancia y de la egolatría, y así se atreven a llamar a quienes fuimos sus maestros: "ególatras". Son echados de los lugares a los que concurren los hombres sencillos, humildes, prudentes, porque no encuentran espacio ni silla ni banca. Aún no bien se les seca la tinta de los diplomas de los que hacen alarde y creen que el mundo les pertenece. ¡Vayan a tocarle las puntas a los zapatos de Maimónides!.
Estos pocos detractores han salido a decir a los cuatros vientos, a lo largo y ancho del país, que los autores o miembros de la Comisión Codificadora somos todos unos ególatras y que los ante proyectos son una especie de adefesio forense. No han tenido ni reparo ni cordura, respeto ni disciplina. Ahora resulta que esos muchachos nos quieren enseñar las letras menudas del Derecho. De no ser porque los sigo mirando como mis ex alumnos, bien les haría un reto público a fin de discutir, en tribuna nacional, los contenidos de sendos proyectos de código penal y procesal punitivo. Los desenmascararía, los desnudaría y pondría en evidencia que son otros los ánimos e intereses que los impulsa a despotricar de los serios contenidos de las propuestas de códigos. Todo es el fruto de un perverso egoísmo que los delata cuando hablan; las mezquindades son múltiples, pues se hallan cobijadas en un discurso opositor a las propuestas de reforma penal que se anida en la malquerencia, en la indisposición, en el desprestigio, en fin. Yo siempre he dicho: A mí que se me combata con inteligencia, más inteligencia y no con el dime que te diré o los diretes; no con el argumento plagado de subjetividad -ad hominem-, sino con razones de peso académico. ¡La inteligencia se contra argumenta con más inteligencia!
No es que las propuestas de reforma penal sean perfectas. La infalibilidad humana no existe. Pero, por favor, pongámonos de una vez por todas de acuerdo en que los anteproyectos presentados constituyen un gran adelanto, un enorme paso, en la búsqueda de soluciones concretas a los problemas de la justicia penal panameña. Toda crítica constructiva, bien intencionada, bienvenida sea. Allí está la Asamblea que es el escenario natural para toda feliz iniciativa o discusión.
stekrakri@hotmail.com