Pilar del arnulfismo, por sus ideales nacionalistas
En ese ejercicio permanente de revisar los periódicos de ayer, nos encontramos en estos días con una noticia que nos llevó a evocar la memoria de Santander Alvarado, un hombre que siempre admiré por sus ideales nacionalistas. A pesar de que podía ser mi padre, en todo momento mantuvo conmigo el diálogo de un adulto.
Me refiero a la fundación de la Unión Nacional Constitucionalista, un grupo cívico que defendía la vigencia de la Constitución Nacional, frente al gobierno de facto de Ricardo Adolfo de la Guardia, quien tras un golpe de gobierno con el apoyo de la Policía Nacional, ascendió al poder como Ministro Encargado de la Presidencia en forma provisoria, pero desconociendo todo precepto constitucional se empeñó en mantenerse en el poder hasta que fue obligado a renunciar por presión popular.
Yo era un niño cuando conocí a Santander Alvarado, su hijo Juan Vicente y yo erámos compañeros de colegio, y de manera frecuente coincidíamos en su oficina ubicada en la Calle Carlos Mendoza, donde nos reuníamos para estudiar y preparar los deberes escolares.
Hombre afable y conversador, Santander hablaba frecuentemente de sus andanzas. Aún cuando por muchos años se dedicó a la venta de medicinas, tenía un elevado concepto de sus deberes cívicos, y en todo momento se vinculó a los afanes de la política partidista.
Sentía orgullo en afirmar que él había sido miembro fundador del Partido Nacional Revolucionario, y que había participado activamente con su hermano Vicente Alvarado Linares en la campaña electoral, que llevó a la Presidencia de la República en el año de 1940, al Dr. Arnulfo Arias por primera vez.
En esa oportunidad fue elegido miembro del Ayuntamiento Provincial, que como una novedad se inició en Panamá como una Cámara Provincial. Disgustado por el giro que tomaron los acontecimientos que llevaron al desplazamiento del poder al Presidente de la República, se reunió con un grupo de amigos, entre ellos José Manuel Varela y Francisco José Linares, quien era miembro de la Asamblea Nacional, y empezaron en forma clandestina a formar una agrupación cívica, emulando el antiguo grupo de Acción Comunal.
Los miembros de la agrupación que formara Santander Alvarado y sus compañeros, adoptaron el nombre de Unión Nacional Constitucionalista, porque señalaban que era necesario restaurar en Panamá el régimen constitucional. Ellos empezaron a editar un periódico combativo que imprimían en la imprenta del diario El Panamá América.
El periódico estuvo circulando en los años de 1943 y 1944, recibiendo el apoyo generoso de muchos simpatizantes de Arnulfo Arias, quien permanecía radicado en exilio en la nación Argentina.
El gobierno de Ricardo Adolfo de la Guardia se caracterizó desde su inicio por sus prácticas represivas, especialmente contra los que le adversaban políticamente, y ello obligó en innumerables oportunidades a que Santander tuviese que refugiarse en la Zona del Canal.
La situación se hizo más difícil sobre todo en los últimos meses del año de 1944, cuando el régimen de Ricardo Adolfo de la Guardia acentuó la persecución contra los grupos que le combatían. Lo que se conocía entonces como la Policía Secreta Nacional, recordarán esa institución especializada en toda clase de mecanismos de amedrentamiento contra los adversarios políticos del régimen, tanto en la calle, como contra los que tenían la mala suerte de llegar a las celdas tenebrosas de su cuartel ubicado en la Calle 11, mejor conocida como la Bajada de Jaén.
Era como una especie de Cámara de la Inquisición en donde pasaban las cosas más imprevistas.
Fueron días difíciles para Santander porque su familia sólo contaba con sus pequeños ingresos para atender los gastos del hogar, pero era hombre capaz de llevar su idealismo a los extremos sin pensar en las consecuencias.
Cuando retornó al país Arnulfo Arias en el año de 1945, Santander fue de los primeros en inscribirse en la nueva agrupación partidista, que adoptó la nomenclatura de Partido Revolucionario Auténtico, y en esa oportunidad, como miembro de los grupos de oposición fue recluido en la cárcel varias veces, sobre todo después del proceso electoral de 1948, que llevó al poder a Domingo Díaz Arosemena.
Víctima de los desmanes del Pie de Guerra, una organización paramilitar del Partido Liberal, fue golpeado y llevado a la cárcel el día 3 de julio de 1948, por el delito de haber permanecido en el recinto del Partido Revolucionario Auténtico (PRA) para denunciar junto a sus compañeros de militancia, el fraude electoral que había desconocido el triunfo de su candidato.
En noviembre de 1949, tras la revisión de las Actas Electorales, la Junta Nacional de Escrutinio reconoció el triunfo de Arnulfo Arias, y al llegar a la Presidencia tuvo para Santander innumerables distinciones.
Yo recuerdo que para esa fecha, ya Juan Vicente, su hijo, había terminado sus estudios en el Instituto Nacional, y había sido enviado por su padre a la Ciudad de México para que emprendiera la carrera de medicina, que había sido su ilusión desde los días de la infancia.
Ante la ausencia de Juan Vicente, dejé de ver a Santander por largos días, aunque en algunas oportunidades coincidíamos en las oficinas de correos en la Plaza de la Catedral. Aun cuando jamás simpaticé con Arnulfo Arias y su Partido Político, en ningún momento de mi vida interrumpí con él, el diálogo respetuoso.
Pero en el mes de mayo de 1951, después de una serie de incidentes de crisis nacional que culminaron con el derrocamiento abrupto de Arnulfo Arias, tras su determinación de derogar la Constitución Nacional, Santander permaneció al lado de sus compañeros de luchas.
Abandonando todas sus responsabilidades, desde el día 8 de mayo Santander se alojó individualmente al Palacio de las Garzas, para darle su apoyo moral a Arnulfo Arias. Como él mismo me señalaba, él era un hombre de paz, enemigo de las armas de fuego y de los actos de violencia, pero sentía que en ese momento cumplía con su deber.
Pero la situación llegó a los extremos de que el Palacio de las Garzas fue rodeado por la gendarmería, y ahí permaneció Santander Alvarado, pese a todos los riesgos personales que ello implicaba, sin negarse a abandonar a sus compañeros de ideales.
Yo recuerdo que el día 10 de mayo de 1951, me tocó presenciar el tiroteo que armó la Guardia Nacional contra los que se encontraban en el Palacio, y quienes carecían de armas de combate. El ataque duró aproximadamente unas dos horas, y cuando fueron desalojadas por la fuerza de los que ahí permanecían nos correspondió ver la forma brusca como la gendarmería maltrataba a los que descendían con las manos en alto.
Ahí estaba Santander, yo pude verlo de lejos y los ojos se me llenaron de lágrimas. Lo condujeron al cuartel de la Policía como un delincuente, que se había atrevido a desafiar la prepotencia de las armas de la Guardia Nacional, y ahí permaneció por varios días.
Yo recuerdo que llamé por teléfono a la ciudad de México a Juan Vicente, quien se sentía confundido por las noticias exageradas que los periodistas difundían a nivel internacional, hablando de multitud de muertos y heridos. Al hablar con él, le aseguré que Santander estaba bien, que no le había pasado absolutamente nada.
Unos años después Santander fue designado Cónsul en la ciudad de Marsella, en donde permaneció por varios años, a su retorno ya Juan Vicente su hijo, había terminado su carrera de medicina y renovamos una amistad que sólo la interrumpió su partida a la patria del infinito.
Me refiero a la fundación de la Unión Nacional Constitucionalista, un grupo cívico que defendía la vigencia de la Constitución Nacional, frente al gobierno de facto de Ricardo Adolfo de la Guardia, quien tras un golpe de gobierno con el apoyo de la Policía Nacional, ascendió al poder como Ministro Encargado de la Presidencia en forma provisoria, pero desconociendo todo precepto constitucional se empeñó en mantenerse en el poder hasta que fue obligado a renunciar por presión popular.
Yo era un niño cuando conocí a Santander Alvarado, su hijo Juan Vicente y yo erámos compañeros de colegio, y de manera frecuente coincidíamos en su oficina ubicada en la Calle Carlos Mendoza, donde nos reuníamos para estudiar y preparar los deberes escolares.
Hombre afable y conversador, Santander hablaba frecuentemente de sus andanzas. Aún cuando por muchos años se dedicó a la venta de medicinas, tenía un elevado concepto de sus deberes cívicos, y en todo momento se vinculó a los afanes de la política partidista.
Sentía orgullo en afirmar que él había sido miembro fundador del Partido Nacional Revolucionario, y que había participado activamente con su hermano Vicente Alvarado Linares en la campaña electoral, que llevó a la Presidencia de la República en el año de 1940, al Dr. Arnulfo Arias por primera vez.
En esa oportunidad fue elegido miembro del Ayuntamiento Provincial, que como una novedad se inició en Panamá como una Cámara Provincial. Disgustado por el giro que tomaron los acontecimientos que llevaron al desplazamiento del poder al Presidente de la República, se reunió con un grupo de amigos, entre ellos José Manuel Varela y Francisco José Linares, quien era miembro de la Asamblea Nacional, y empezaron en forma clandestina a formar una agrupación cívica, emulando el antiguo grupo de Acción Comunal.
Los miembros de la agrupación que formara Santander Alvarado y sus compañeros, adoptaron el nombre de Unión Nacional Constitucionalista, porque señalaban que era necesario restaurar en Panamá el régimen constitucional. Ellos empezaron a editar un periódico combativo que imprimían en la imprenta del diario El Panamá América.
El periódico estuvo circulando en los años de 1943 y 1944, recibiendo el apoyo generoso de muchos simpatizantes de Arnulfo Arias, quien permanecía radicado en exilio en la nación Argentina.
El gobierno de Ricardo Adolfo de la Guardia se caracterizó desde su inicio por sus prácticas represivas, especialmente contra los que le adversaban políticamente, y ello obligó en innumerables oportunidades a que Santander tuviese que refugiarse en la Zona del Canal.
La situación se hizo más difícil sobre todo en los últimos meses del año de 1944, cuando el régimen de Ricardo Adolfo de la Guardia acentuó la persecución contra los grupos que le combatían. Lo que se conocía entonces como la Policía Secreta Nacional, recordarán esa institución especializada en toda clase de mecanismos de amedrentamiento contra los adversarios políticos del régimen, tanto en la calle, como contra los que tenían la mala suerte de llegar a las celdas tenebrosas de su cuartel ubicado en la Calle 11, mejor conocida como la Bajada de Jaén.
Era como una especie de Cámara de la Inquisición en donde pasaban las cosas más imprevistas.
Fueron días difíciles para Santander porque su familia sólo contaba con sus pequeños ingresos para atender los gastos del hogar, pero era hombre capaz de llevar su idealismo a los extremos sin pensar en las consecuencias.
Cuando retornó al país Arnulfo Arias en el año de 1945, Santander fue de los primeros en inscribirse en la nueva agrupación partidista, que adoptó la nomenclatura de Partido Revolucionario Auténtico, y en esa oportunidad, como miembro de los grupos de oposición fue recluido en la cárcel varias veces, sobre todo después del proceso electoral de 1948, que llevó al poder a Domingo Díaz Arosemena.
Víctima de los desmanes del Pie de Guerra, una organización paramilitar del Partido Liberal, fue golpeado y llevado a la cárcel el día 3 de julio de 1948, por el delito de haber permanecido en el recinto del Partido Revolucionario Auténtico (PRA) para denunciar junto a sus compañeros de militancia, el fraude electoral que había desconocido el triunfo de su candidato.
En noviembre de 1949, tras la revisión de las Actas Electorales, la Junta Nacional de Escrutinio reconoció el triunfo de Arnulfo Arias, y al llegar a la Presidencia tuvo para Santander innumerables distinciones.
Yo recuerdo que para esa fecha, ya Juan Vicente, su hijo, había terminado sus estudios en el Instituto Nacional, y había sido enviado por su padre a la Ciudad de México para que emprendiera la carrera de medicina, que había sido su ilusión desde los días de la infancia.
Ante la ausencia de Juan Vicente, dejé de ver a Santander por largos días, aunque en algunas oportunidades coincidíamos en las oficinas de correos en la Plaza de la Catedral. Aun cuando jamás simpaticé con Arnulfo Arias y su Partido Político, en ningún momento de mi vida interrumpí con él, el diálogo respetuoso.
Pero en el mes de mayo de 1951, después de una serie de incidentes de crisis nacional que culminaron con el derrocamiento abrupto de Arnulfo Arias, tras su determinación de derogar la Constitución Nacional, Santander permaneció al lado de sus compañeros de luchas.
Abandonando todas sus responsabilidades, desde el día 8 de mayo Santander se alojó individualmente al Palacio de las Garzas, para darle su apoyo moral a Arnulfo Arias. Como él mismo me señalaba, él era un hombre de paz, enemigo de las armas de fuego y de los actos de violencia, pero sentía que en ese momento cumplía con su deber.
Pero la situación llegó a los extremos de que el Palacio de las Garzas fue rodeado por la gendarmería, y ahí permaneció Santander Alvarado, pese a todos los riesgos personales que ello implicaba, sin negarse a abandonar a sus compañeros de ideales.
Yo recuerdo que el día 10 de mayo de 1951, me tocó presenciar el tiroteo que armó la Guardia Nacional contra los que se encontraban en el Palacio, y quienes carecían de armas de combate. El ataque duró aproximadamente unas dos horas, y cuando fueron desalojadas por la fuerza de los que ahí permanecían nos correspondió ver la forma brusca como la gendarmería maltrataba a los que descendían con las manos en alto.
Ahí estaba Santander, yo pude verlo de lejos y los ojos se me llenaron de lágrimas. Lo condujeron al cuartel de la Policía como un delincuente, que se había atrevido a desafiar la prepotencia de las armas de la Guardia Nacional, y ahí permaneció por varios días.
Yo recuerdo que llamé por teléfono a la ciudad de México a Juan Vicente, quien se sentía confundido por las noticias exageradas que los periodistas difundían a nivel internacional, hablando de multitud de muertos y heridos. Al hablar con él, le aseguré que Santander estaba bien, que no le había pasado absolutamente nada.
Unos años después Santander fue designado Cónsul en la ciudad de Marsella, en donde permaneció por varios años, a su retorno ya Juan Vicente su hijo, había terminado su carrera de medicina y renovamos una amistad que sólo la interrumpió su partida a la patria del infinito.