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Plagio y casualidades


Plagiar, conforme el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, es copiar en lo sustancial obras ajenas, presentándolas como propias. Si escudriñáramos en la historia, hallaríamos tantos ejemplos de plagios y casualidades, que sería cosa de no acabar. Lo cierto es que no debemos considerar plagio sino lo que es, sustancial o íntegramente, producción intelectual ajena.
En nuestro idioma tuvimos en el siglo XIX un caso de mucha repercusión en España. Al inicio de su carrera literaria una pluma joven que estaba adquiriendo nombradía, plagió por completo una obra francesa. Fue un error por falta de madurez con ribetes tragicómicos. El plagio ganó un concurso literario. Descubierto el caso la explicación que se dio fue que se había hecho a propósito para calibrar la idoneidad cultural de los miembros del jurado, cosa no convincente. No obstante, una prolífica y valiosa producción posterior dejó atrás la memoria del pasado que fue reemplazada por mucha admiración y respeto.
Hace más de medio siglo un profesor de Literatura en nuestra Universidad ganó el primer premio en un concurso con un cuento que poco tiempo después se descubrió que había sido un plagio. Pero lo cierto es que hay circunstancias en que se hace difícil tanto negarlo como aceptarlo.
A nadie se le ocurriría, por ejemplo, decir que Shakespeare, esa gloria de la lengua inglesa que es su "Hamlet", que es la tragedia de la indecisión, con la famosa expresión ser o no ser, plagió al poeta persa Omar Kahyyam, quien nació 527 años antes que él. Aquél llegó a escribir que los oradores y sabios silenciosos han muerto sin haber logrado entenderse acerca del ser y no ser.
En música abundan los casos de frases que han servido a otros como punto de partida a otro compositor. Podría llamarse plagio lo que sirvió a ése como motivo de inspiración para algo propio.

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