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Planes, propuestas, y credibilidad


Ya fueron divulgados los llamados "planes de gobierno" de los dos principales candidatos a la presidencia. Lo que los candidatos presentan durante la campaña para conquistar el voto de los electores no son ni deben ser un "plan de gobierno" propiamente dicho. Y las razones principales son: La primera, que durante el proceso electoral los candidatos presentan "sus ideas y representan la oferta de un partido o del grupo de partidos que le apoyan". En cambio, los presidentes son "mandatarios de todos los panameños", los que le apoyaron y los que le adversaron. Su responsabilidad es gobernar para todos y no para su partido. La segunda razón es que en el calor de las campañas las promesas con frecuencia desbordan la realidad. Se prometen cosas que después deben ser matizadas para adecuarlas a los recursos y ajustarlas a cronogramas realistas. Los primeros actos del nuevo presidente de los Estados Unidos son un buen ejemplo de la diferencia que existe entre las promesas electorales y la realidad de gobernar.

Bajo la perspectiva de que el presidente, una vez electo, tiene que gobernar para todo el país, en primer lugar, debe revestirse de humildad para reconocer que aunque sus propuestas recibieron el respaldo mayoritario de los electores, los candidatos perdedores también aportaron otras propuestas que merecen ser tenidas en cuenta.

Pero, además, quien sea ungido con el cargo de presidente nunca debe olvidar que los votos aportados por los sectores independientes, especialmente en nuestro país, son los que determinan hacia donde se inclina la balanza electoral. En esos sectores, cuyo voto no se decide por afiliaciones partidarias incondicionales, radican muchas expectativas sobre el gobierno que el país necesita y también pueden recogerse valiosos aportes para estructurar un "plan de gobierno propiamente dicho", con metas mejor precisadas, con la identificación de los recursos tanto económicos como humanos que se necesitarán y los plazos para cumplirlas.

Las propuestas electorales, en términos generales, abordan los mismos problemas. Las diferencias casi siempre radican en cómo resolverlos y en la habilidad de cada candidato "para vender las suyas". Pero, por encima de la fanfarria de la propaganda electoral, al final de las cuentas, la credibilidad es el factor que decide quién gana y quién pierde las elecciones. El índice de credibilidad del candidato ganador, aumentará o disminuirá, una vez asuma la presidencia, dependiendo de la coherencia y viabilidad de su "programa de gobierno", que no debe quedarse estancado en las propuestas electorales sino que debe recoger, hasta el máximo posible, las aspiraciones del conjunto de la sociedad. Su concreción debe ser emprendida al día siguiente de las elecciones. Que tenga como base las propuestas del ganador es legítimo y esperable; pero el éxito de su implementación dependerá de que sea lo más incluyente posible.

Si, como todo apunta, el señor Martinelli gana las elecciones, su triunfo en buena medida lo deberá al desprestigio y la falta de credibilidad de su oponente y del PRD; pero lograda la victoria electoral, la efectividad de su gestión dependerá, entonces, de la coherencia y credibilidad con que en "su Plan de Gobierno" concrete sus promesas electorales, y de quienes escoja para gobernar, especialmente si, como es posible y gracias a las torcidas reglas de nuestro sistema electoral, el PRD retuviera el control de la Asamblea.

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