Planificar para avanzar
Se ha dicho que la palabra “planificar” es fundamental en el manejo de planes, proyectos, aunque no es menos cierto que no hay plan o proyecto alguno que arribe a buen puerto si no ha existido o ha mediado, de modo previo, la debida planificación.
La planificación, se ha sostenido, cumple dos propósitos principales en las organizaciones cuales son el protector y el afirmativo. El propósito protector procura minimizar los riesgos reduciendo la incertidumbre, el desasosiego, las dudas, que rodean al mundo de los negocios y definiendo las consecuencias de una acción administrativa determinada y responsable. El propósito afirmativo de la planificación, por otra parte, consiste en elevar el nivel de éxito de la organización, se trata de redefinir conquistas y metas.
No podemos soslayar que un propósito adicional de la buena planificación es coordinar los esfuerzos y los recursos dentro de las organizaciones. No en vano se ha expresado que la planificación es como una locomotora que arrastra el tren de las actividades de la organización, la dirección y el control.
También podemos considerar toda actividad de planificación como el tronco fundamental de un árbol imponente del que crecen las ramas de la organización, la dirección y el control. No obstante, el propósito fundamental es facilitar el logro de los objetivos de la empresa y por ello hay que tomar en cuenta la naturaleza del futuro ámbito en el cual deberán ejecutarse las acciones antes planificadas.
No hay duda, luego, para considerar al Estado como una gran empresa en la que la labor de planificación es pilar clave para el desarrollo de ésta y para que así, y tan solamente así, podamos concebir el progreso individual y social de todos los que habitamos y constituimos el elemento “población” dentro del Estado.
Luego, la planificación en las cuestiones del Estado, como en la familia, las empresas, deviene en una tarea ineludible, impostergable, que nos habrá de permitir marginar o apartar todo vestigio de improvisación en las actividades, planes o programas del Estado.
Por ello, debo expresar que no podemos, en este país, seguir siendo víctimas de la improvisación: los frutos de este malestar son conocidos: desorden, tareas que se cumplen a medias, planes que nunca arrancan, proyectos frustrados, maquinarias y equipos que devienen en obsoletos, políticas ciegas en educación, salud, vivienda, en fin.
La economía política y las políticas económicas del Estado panameño demandan, a gritos, que las cosas se planifiquen y orienten hacia metas u objetivos concretos que sean cónsonos con los principios y valores constitucionales en cuanto éstos preconizan un catálogo en los que debe insertarse toda la actividad y supractividad del Estado. Esto, obviamente, habrá de depender, también, de la buena fe y voluntad de los gobernantes.