Pobreza, hambre, desempleo y desorden
Cuando me preguntan si soy chiricano o chorrerano, contesto: Chiricano y Chorrerano. Y es porque, sinceramente, así lo siento. Nací en la Provincia del Valle de la Luna y vivimos, en la infancia, en poblados como Gariché y Manaca Civil. Increíble, pero tengo recuerdos de la infancia que se remontan como a los tres años de edad. Mi madre se sorprende y me increpa diciéndome que cómo es posible que pueda acordarme de situaciones que se dieron siendo yo apenas era un niño tan pequeño. Bueno, los recuerdos se graban en la memoria, con mayor o menor intensidad, dependiendo cuán grande o intenso es el momento que te toca vivir. Hay recuerdos que pesan. Pesan tanto como cadenas de hierro en la memoria.
Después de los siete años, todas mis vivencias pertenecen a la Gran Chorrera de Tomas Martín Feuillet, Moisés Castillo Ocaña, Hortensio De Icaza, Juanita Ureña, Abdénago Domínguez y tantos otros grandes hombres y mujeres que han salido de ese terruño. Parte de la infancia en Chiriquí, la otra parte y la adolescencia lo mismo que la edad adulta transcurrieron en La Chorrera.
Por ello, de ambos lugares tengo los mejores recuerdos. Es una existencia compartida en dos escenarios, cada uno con su impronta imborrable en mi existencia. Los recuerdos, qué decir de ellos. Es como si la memoria guardara archivos en base al grado de importancia, los selecciona y constantemente afloran al pensamiento y nos remontan a hechos y momentos que nunca olvidaremos. Nos vienen a la memoria parajes, personas, anécdotas, situaciones jocosas o tristes, alegrías y amarguras, en fin. Son esos recuerdos los que nos permiten sostener que hemos vivido, con sus pro o contras, pero hemos vivido, sin duda alguna.
A algunos o a muchos, tal vez, les parecerán, nuestras anécdotas, que son cosas tontas o sin mayor importancia, pero en realidad estimo que debemos respetar el patrimonio de recuerdos de cada persona como algo sagrado. Por eso, cuando alguien se me acerca o en diálogos con personas, y me empiezan a relatar sus anécdotas o vivencias personales, procuro escucharlos con atención singular lo que tengan que contarme y sin desatender cada palabra. Miro y remiro sus rostros, algunos ríen, otros concluyen en llanto franco, son encontradas las emociones. Como que las personas cuando cuentan o nos relatan los recuerdos de años pasados hacen que todo ese pasado se les venga encima y sienten, ríen, sufren, lloran, y muestran el lado natural y más humano del ser. No creo que nada ha quedado en el escenario del olvido. Todo está allí, en la memoria, en el disco duro del alma, de los recuerdos mismos. Recordamos lo que queremos, no traemos a la memoria simplemente aquello que no queremos repetir en la habitación de los gratos recuerdos.
Personalmente, mis anécdotas, las que más convoco en la sala de mis recuerdos, pertenecen a esa infancia y a la adolescencia. En los campos de Gariché, detrás del rancho que mi padre había construido con manos propias, de cañaveral y pencas, vislumbro al niño, al pequeño, desnutrido, enfermizo, victimizado y atormentado por las amebas. Fue el doctor, médico sencillo y campechano, según me contaba mi padre, González Revilla quien dio con la medicina ideal para combatirlas: caldo de poroto cocido sin sal y plátano verde, igual sin sal, majado o machacado. Por dos meses. Santo remedio!. Me veo también camino a la escuela de Manaca Civil. Un camino largo, chocolate, tratando de dar un paso hacia adelante entre tanto luchaba para sacar mis piernas enterradas en el lodazal. Al llegar a la escuelita correr hacia la bomba de agua y lavarnos pies, piernas y brazos. Luego a aprender. Las maestras de esa época eran milagrosas: con el librito “Quiero Aprender” y cantando en coros las letras del abecedario y palabras básicas: mamá, papá, escuela, te amo, árbol, etc., ya los dos meses leíamos.
En La Chorrera me veo consciente de todo, luchando contra todo, lleno de vitalidad, de entusiasmo, energías sin límites, estudioso, culto y educado, siempre preocupándome por hacer las cosas bien. Disciplinado y laborioso. Con metas claras por delante, pero entendía que sólo Dios y el estudio me permitirían conquistarlas. También me veo hecho un poeta. Aun tengo el librito de poemas que publiqué a los 18 años. Casi toda La Chorrera me lo compró. Los pueblo aplauden a sus hombres y mujeres cuando advierten en ellos esfuerzo, sacrificio y trabajo honesto. Es allí en la Gran Chorrera en donde hice mis primeros seis años como abogado litigante. Serví con fervor y entrega.
Concluyo diciendo: “Una cosa es ver los toros desde la barrera y otra estar con ellos dentro de esa misma barrera”.